BARCELONA / Danzan los campesinos y danzan los dioses

BARCELONA / Danzan los campesinos y danzan los dioses

Barcelona. Palau de la Música. 13-II-2020- Orchestre Révolutionnaire et Romantique. Director:  John Eliot Gardiner. Beethoven, Sinfonías nº 6 (“Pastoral”) y nº 7.

“Pastoral”, pero no “pastoril” es la Sexta Sinfonía en fa mayor de Beethoven. El segundo adjetivo se usa preferentemente para designar las estilizaciones literarias (“Bucólicas”, “Arcadias” etc.) de unos ficticios pastores que cantan sobre el fondo de una naturaleza idealizada. Es un género inventado por Teócrito de Siracusa y definitivamente reelaborado por Virgilio, que se reinventará en el Renacimiento y, lánguidamente, proseguirá hasta bien entrado el siglo XVIII. Lejos de eso, esta “Pastoral”, donde nada hay de lánguido ni la estilización suena falsa, sobre todo porque como el propio Beethoven dejó bien claro es “más expresión de sentimiento que pintura.” Y la música de Beethoven, aunque música absoluta, sí permite recrear en el ánimo del oyente algunos de esos sentimientos.

El primero y, sobre todo, el segundo movimientos son un remanso tras la agitación de la Quinta. Y el maestro Gardiner parece encontrarse mejor en la agitación y el movimiento que en la calma. Por eso quizá lo mejor fue su versión del cuarto, “Tempestad”. Eso no quiere decir que en los anteriores y en el también sereno Allegretto final no diera muestras de una invención en la exposición de la melodía y de una transparencia y cuidado de las voces orquestales exquisitos. Pocas cosas tan hermosas, por ejemplo, como su manera de evocar la “Alegre reunión de campesinos”, que constituye el tercer movimiento, en cuya segunda sección hizo sonar con humor un a manera de una danza campestre —clarinete, oboe, trompa y fagot remendando rústicos instrumentos, el fagot empecinado en sus sempiternas dos únicas notas, Fa, Do, Fa; Fa, Do Do, Fa, que son como torpe acompañamiento de la melodía del oboe—. Fue una pura delicia escuchar a esos instrumentistas casi moldeados por las manos de Gardiner.

Fue Wagner quien llamó a la Séptima “La apoteosis de la danza”, y la denominación hizo fortuna. Y, como dice Richard Kinermann, “ninguna otra composición de Beethoven está tan intensamente animada por el poder del ritmo como la Séptima;” solo que ese ritmo que atraviesa toda la sinfonía, alcanza tanta brillantez en el Presto (tercer movimiento) y tal vértigo en el Allegro con brio final, que la danza sería la danza dionisíaca propia de los dioses. Y aquí Gardiner estaba especialmente en su elemento. Pero que íbamos a estar ante una versión de rara excelencia ya lo anunció en su densa ejecución del acorde de La mayor confiado al tutti con que empieza la sinfonía, en su exposición de la introducción Poco sostenuto (exquisitamente lenta y amplia en esta sinfonía tan vibrante), en el tratamiento de la transición al Vivace, con el que consiguió una especie de suspense (esa vacilación expresada sabiamente por la combinación de silencios y de la sola nota Mi que se resuelve al fin por la explosión que comienza el Vivace). En fin, toda una versión extraordinariamente sabia, que dio justa cuenta de la inspiración dionisíaca que parece animar toda la obra, en agudo contraste con la apacibilidad —incluso si pasajeramente alterada— de la Sexta y con la delicada Octava.