BARCELONA / Apoteósico recital de Piotr Beczala con el Palau a sus pies

Barcelona. Palau de la Música Catalana. 13-IV-2026. Piotr Beczala, tenor. Sarah Tysman, piano. Canciones y arias de Karłowicz, Moniuszko, Dvořák, Chaikovski y Rachmaninov.
Sorprendió bastante que el Palau de la Música tuviera un aforo mediado, con muchas localidades vacías a pesar de la superlativa calidad del intérprete programado dentro del ciclo “Grandes voces”. Sin embargo, casi se agradeció, ya que propició una total comunión con el artista, el tenor lírico Piotr Beczala, sin la incordiante plaga de toses a destiempo y sin cubrir de los meses invernales.
Todo quedó pues muy recogido y permitió a Beczala lucir galones, con la autoridad y tranquilidad de una inteligencia canora infrecuente hoy en día, pues a sus 59 años su voz suena fresca, libre, sin tensiones y se proyecta con una naturalidad ejemplar, sin esfuerzo alguno. Sabiduría técnica y excelente buen gusto en la elección y distribución de un repertorio del todo eslavo, consagrado a compositores polacos —Karłowicz y Moniuszko—, checos —Dvořák— y rusos —Chaikovski y Rachmaninov—, aunque en los bises hizo un espléndido viaje a latitudes mucho más cercanas.
Combinó así ciclos de canciones con un aria de ópera en medio y al final de la primera parte, mientras que en la segunda, entre el ciclo de canciones de Chaikovski y Rachmaninov insertó la conocida aria de Lensky “Kuda, kuda, vi udalilis” de Eugene Onegin. Supuso un inteligentísimo modo de combinar un repertorio de calidad desigual y desconocido con arias que supusieron toda una sorpresa, como el aria con carrillón de la ópera estrenada en 1865 Straszny Dwór (La casa embrujada) de Stanislaw Moniuszko o recordar los fastos vocales y escénicos de la temporada pasada en el Liceu con él mismo en el rol protagonista masculino gracias al aria del príncipe “Vidino divná přesladká” o Visión maravillosa, de la ópera Rusalka, de Dvořák.
En la primera parte viajamos a la Polonia decimonónica mediante diversas melodías de Mieczyslaw Karłowicz, más conocido por sus poemas sinfónicos que por su corpus de canciones, del que Beczala ofreció un ramillete de piezas, la mayoría amorosas o melancólicas, donde el tenor mostró un acariciante centro, un fraseo pulidísimo —demos gracias siempre al sobretitulado— que pudo apreciarse con nitidez y sobre todo por unos pianísimos arrebatadores en el registro agudo en medio de un Palau silencioso y concentrado ante tanta belleza desplegada. En otros temas, alternó esa sutileza de los pequeños gestos del enamorado feliz o afligido con unos solares agudos, perfectamente bien ensamblados con un centro mórbido y natural. El piano de Sarah Tysman aludió con certeza y precisión al carrillón citado en el aria de la ópera de Moniuszko, con unos cantables en tres partes, donde se pudo apreciar desde la ingenuidad de un hombre que recuerda su infancia a la pena por su madre fallecida y el dolor que aún no ha superado. Todo espléndidamente apoyado por el cómplice toque de Tysman como ya he dicho.
De la Polonia musical pasamos a Chequia con Dvořák y el ciclo Canciones gitanas, op. 55, repletas de alternancias rítmicas propias del folklore cíngaro centroeuropeo y su correspondiente color variable, desde lo melancólico a lo reivindicativo y desacomplejado. Terminó Beczala con el aria del Príncipe de la Rusalka, que hizo alternar al crítico los ojos abiertos atento al escenario con los ojos cerrados, como si quisiera volver a las funciones de la temporada pasada en el Liceu, donde Asmik Grigorian y él mismo estuvieron simple y unánimemente excelsos. Perfectamente expuestos quedaron las dudas y los arrebatos principescos ante la mudez y el misterio de la ondina fuera de su mundo, gracias a una voz lírica, cálida y aterciopelada, de reflejos áureos, desplegada con entusiasmo y sin trucos de gato viejo, pues Beczala parece haber hecho un pacto fáustico al no haber mella del paso del tiempo en sus cuerdas vocales.
La segunda parte nos llevó a la Rusia musical gracias a unas bien escogidas canciones de Piotr Ilich Chaikovski y Sergei Rachmaninov. Su fraseo impecable e impactante fue de la mano de un instrumento elegante al servicio de un temperamento a veces muy intenso por la ilusión o por el reproche, aderezado con deslumbrantes smorzature, de pianísimo a fortísimo y de nuevo a pianísimo, y una panoplia de reguladores que hicieron del binomio de compositores rusos un paseo emotivo con la mayor concesión a la pasión lírica de la mano del aria de Lensky, donde su cercano final quedó bien presagiado en su voz, de conmovedor lamento. Las bellísimas canciones de Rachmaninov, sobre todo “Ne poj, krassawiza”(No cantes, oh bella), op. 4/4, fueron la perfecta conclusión a un recital de una calidad insospechada, que tocó la fibra del público.
En los bises recaló en España e Italia, de la mano de la archifamosa “No puede ser”, de La tabernera del puerto, de Sorozábal, con una dicción impecable, con solo la sombra de unas jotas algo aspiradas, aunque ya querrían muchos intérpretes foráneos cantar con el estilo y la pasión desplegadas por Beczala. Sonaron ecos de tenores del pasado en su gola con esa pieza y con la posterior “Granada” de Agustín Lara, otro paseo triunfal, aunque aquí sí se percibió un mayor afán de controlar la emisión y no cometer un desliz con el texto y el acompañamiento de la pianista.
La última propina fue un extraño contrasentido, pues “Non ti scordar di me”, napolitana de Ernesto de Curtis que humedece los párpados si se pone el alma en ella, fue cantada impecablemente, con ese timbre solar, diáfano y emotivo que hacía imposible olvidar al tenor que tan buen sabor de boca nos estaba dejando. Un recital inicialmente algo frío por desconocimiento cultural fue caldeado con sus poderosos y frescos medios. Consiguió así culminar el recital con salvas de aplausos que en otro escenario barcelonés habrían hecho temblar hasta los cimientos. Inolvidable y apoteósico Beczala en el apogeo de su voz, desde una boyante naturalidad que hizo felices a todos los afortunados asistentes.
Josep Subirá
(fotos: Toni Bofill)


