ARANJUEZ / Cantos primaverales en otoño

ARANJUEZ / Cantos primaverales en otoño

Aranjuez. Teatro Real Carlos III. 22-XI-2020. XXVII Festival de Música Antigua de Aranjuez. L’Apothéose. Obras de Telemann, Herrando, Vivaldi, Schultze, Rameau y Haendel.

El Aranjuez otoñal se viste de primavera. Son las cosas que viene la Covid-19. El Festival de Música Antigua ribereño, que llega a su XXVII edición, no pudo celebrarse en las fechas habituales debido a la pandemia. Trasladado ahora a los meses de noviembre y diciembre, se abría ayer con un programa titulado El Jardín de Aranjuez con cantos de pájaros y otros animales. Los pájaros pasaron la primavera en Aranjuez, ajenos al virus y a las preocupaciones de los seres humanos, pero hace ya tiempo que emigraron a regiones más cálidas. Por fortuna, la música sigue sonando aquí y goza todavía del respaldo del público, que agotó todas las entradas puestas a la venta por el Teatro Real Carlos III.

El concierto corría a cargo de L’Apothéose, formación que ha pasado bien entretenida las dos últimas semanas (actuación en el Auditorio Nacional de Música, dentro del ciclo Universo Barroco del CNDM, y en la Basílica de San Miguel de Madrid, dentro del FIAS, programas muy distintos entre sí). La obra sobre la que orbitaba el programa era la ya enunciada El Jardín de Aranjuez con cantos de pájaros y otros animales, de José Herrando (1720-1763), violinista valenciano que pasó la mayor parte de su vida en Madrid, ejerciendo tanto en los teatros de la ciudad como en la Capilla Real. Apenas se ha conservado nada de su producción (destaca una serie de seis sonatas para violín de cinco cuerdas —que seguramente era una viola d’amore — compuesta ex profeso para su amigo Carlo Broschi, “Farinelli”), ya que la mayor parte de producción se encontraba depositada en el madrileño Palacio de Liria, que fue pasto de las llamas durante la Guerra Civil española.

El Jardín de Aranjuez con cantos de pájaros y otros animales es música programática, que pretende evocar, con el violín como protagonista, el sonido de diversas aves que anidaban por primavera en los jardines del Palacio Real arancetano: canarios, cucos, ruiseñores, codornices, palomos… Completaban el programa la Intrada en Re mayor TWV 42:D10 de Telemann, el Concierto para flauta, violín y b.c. en Re mayor RV 84 de Vivaldi, el Aria paysane (canto di gl’augello e rosignole, il crivo, eco) del músico clasicista Martin Christian Schultze, La poule (de las Nouvelles suites de pièces de clavecin) de Rameau y la Sonata en trío nº 2 op. 5 HWV 397 de Haendel. Todas ellas, obras relacionadas con la primavera, con los cantos de las aves o, el menos, con ese ambiente bucólico al que tan dados eran los europeos del siglo XVIII.

En su formación cuartetística estable (la flautista Laura Quesada, el violinista Víctor Martínez, la violonchelista Carla Sanfélix y el clavecinista Asís Márquez, que estuvo espléndido en su intervención a solo con La poule), L’Apothéose proporcinó una amenísima matinal a los asistentes, que disfrutaron tanto con la música (desenfadada y jovial, pero no por ello falta de profundidad) como con la vívida actuación del grupo. Hay que reflejar el acierto a la hora de elegir las piezas del programa, sobre todo de la Intrada en Re mayor TWV 42:D10. Telemann es, probablemente, el compositor más prolífico de la historia. Su producción de música de cámara es ingente. Pero siempre se programan las mismas obras suyas. Esta Intrada es un auténtico bellezón, en la que no ha reparado casi nadie, pues tan solo existe una grabación de la misma (en el sello Musica Ficta), a cargo del grupo Les Esprits Animaux, del que forman parte varios músicos españoles: el violinista Javier Lupiáñez, el violista David Alonso Molina y el violonchelista Roberto Alonso Álvarez. Con protagonismo para la flauta travesera, la lectura que hizo ayer de Quesada fue antológica, cubriendo la sala con sus notas de un halo de encantamiento.

Como broche final, L’Apothéose ofreció otra hermosísima pieza, difícil también de escuchar en salas de concierto: la Passacaille de la Sonata nº 4 op. 5 HWV 399 de Haendel (en realidad, una de las labores de reciclaje que hacía con tanta frecuencia el compositor sajón, ya que esta Passacille forma parte de las danzas que ya había empleado antes en la ópera Radamisto).