ARANJUEZ / 61 cuerdas para una conjunción planetaria

ARANJUEZ / 61 cuerdas para una conjunción planetaria

Aranjuez. Capilla del Palacio Real. 15-V-2019. Festival de Música Antigua de Aranjuez. MUSIca ALcheMIca. Directora y viola d’amore: Lina Tur Bonet. Obras de Marais, Mr. Grobe, Biber y Mozart.

Escuchar una viola d’amore no es frecuente en nuestros días (tampoco es que lo fuera hace trescientos años). Escuchar dos violas d’amore juntas es algo extraordinariamente inusitado. Y si ya ponemos junto a las dos violas d’amore un baryton, pues entonces llegamos al convencimiento de que lo que estamos presenciando es un acontecimiento único en la historia de la música. Si tenemos en cuenta que el baryton alcanzó su cenit entre 1766 y 1775 (cuando a Haydn le dio por componer como un loco para este instrumento, al objeto de que su patrón Nickolaus Esterházy pudiera disfrutar tocándolo) y que para ese entonces la viola d’amore hacía ya bastantes años que había declinado, la conclusión es que lo que anoche se vivió en la Capilla del Palacio Real de Aranjuez fue algo sin precedentes.

Tampoco es habitual que se reúnan cuanto instrumentistas y que entre los cuatro sumen, de golpe, 61 cuerdas. La viola d’amore y el baryton montan sus correspondientes cuerdas frotadas de tripa, pero añaden un buen número de cuerdas simpáticas de metal (de resonancia). Así que, sumando, observamos que la viola d’amore de Lina Tur Bonet llevaba seis cuerdas frotadas y otras tantas simpáticas; que la viola d’amore (en realidad, una violetta alla’inglesa) de Valerio Losito llevaba seis cuerdas frotadas y doce simpáticas; que el baryton de Mauro Valli llevaba seis cuerdas frotadas y diez simpáticas, y que la tiorba de Jadran Duncumb contaba con quince cuerdas (siete en un mástil y ocho, las de trastear, en el otro mástil). El sonido que produce el conjunto de estos cuatro instrumentos es atronador, créanme. Casi como el de una orquesta de tamaño medio tirando a grande.

Todo esto habría quedado en pura anécdota si no fuera porque la música escogida para la ocasión fue excelente: ni más ni menos que la Partita VII de la Harmonia Artificioso-Ariosa de Biber (una de las pocos otras, quizá la única, originalmente compuesta para dos violas d’amore y bajo continuo) y una de las Sonatas del Rosario, la duodécima (La Ascensión de Jesús), de este mismo autor, que está, obviamente, escrita para el violín, pero cuya scordatura coincide con la afinación de la viola d’amore. Se añadió al programa una Partita para viola d’amore, viola d’gamba y bajo continuo de un enigmático Mr. Grobe (localizada en la Biblioteca Musical de Uppsala) y cuatro arreglos de arias de la Mozartiana Don Giovanni (Deh, vieni alla finestra, Giovinette che fate all’amore, Il mio tesoro intanto y Là ci darem la mano) realizados por Losito siguiendo la costumbre de la época. Aunque no figuraba inicialmente en el programa, Tur Bonet, como si de una propia previa se tratara, comenzó el concierto desde las alturas (desde el lugar reservado a los reyes en la capilla para asistir a la misa) con un acertadísimo arreglo propio de La Rêveuse de Marin Marais. Sorprende comprobar lo natural que suena en una viola d’amore la música compuesta para viola da gamba.

El ‘experimento’, si es que así podemos denominarlo, funcionó a la perfección desde el primer momento. El sonido de las violas d’amore es cautivador (no es de extrañar que Vivaldi sintiera inclinación por ellas y compusiera ad hoc un puñado de conciertos), y el bajo continuo de dos auténticos maestros como el veterano Valli y el joven Duncumb aportó un plus de excelencia. Tur Bonet es una innovadora nata, que no se conforma con tocar exquisitamente las obras de repertorio (sea cual sea ese repertorio, ya que es una todoterreno del violín, tanto con el barroco como con el moderno), sino que busca siempre dar un paso más allá, indagando donde casi nadie lo hace. No se me ocurre, por otrolado, escenario más adecuado para la experiencia vivida anoche: Farinelli, tan vinculado a Aranjuez y a su palacio, fue un apasionado diletante de la viola d’amore (la tocaba siempre que se lo permitían sus múltiples ocupaciones cortesanas) y la obra más conocida del único español que compuso para viola d’amore, José Herrando (precisamente, seis sonatas dedicadas a Farinelli), lleva por título El jardín de Aranjuez. Fue todo como una conjunción planetaria.