Anécdota

Anécdota

La memoria y la fatiga han devaluado un tanto lo que uno va a contar. No conviene, sin embargo, que la palabra anécdota lleve a engaño, pues posee una ilustre heráldica. El poeta Heinrich von Kleist, a lo largo de su vida breve, dio muchas sustanciosas a la imprenta, y el mejor de los libros que he leído de esa gran narradora de historias que fue Isak Dinesen, se titula, precisamente así: Anécdotas del destino. En lo referente a la música culta, hay un amplio volumen del connotado historiador José Subirá y Puig, Historia y Anecdotario del Teatro Real de Madrid que, editado en 1949, lleva sin desdoro la misma palabra en el título.

Festival de Granada,  años 90 del siglo anterior. Era la segunda vez que oía en vivo al entonces joven guitarrista, pero ya muy acreditado, Costas Cotsiolis. La primera había sido en Madrid, durante el Festival Internacional Andrés Segovia, que entonces organizaba  el guitarrista Pablo de la Cruz. En esa ocasión, tras el concierto, llevé un breve cuestionario al camerino, para entrevistar a este hombre afable. Estaba presente otro, que me pareció retinto.

Como quería disimular mis pocos saberes sobre el tema que tratábamos, en seguida le pregunté por Agustín Barrios, llamado Mangoré, de quien acabábamos de oír una de sus obras más famosas, posiblemente La catedral, con un Patio de la Alhambra como marco. El griego Cotsiolis glosó la significación del gran autor paraguayo en la historia guitarrística. El tercer hombre puntualizó algún aspecto, o dio su anuencia a otros.

Preguntado sobre Villa-Lobos, Cotsiolis elogió la belleza de sus obras para guitarra, pero mientras le escuchaba no pude evitar creer que primaba lo cuantitativo.

– Aunque hermoso, Villa-Lobos sólo escribió un concierto para guitarra y orquesta -dijo-, mientras que Leo Brouwer ha escrito cinco.

Nuestra charla, cada vez más distendida, se llevó lejos mis nervios. Cerca de su fin, Cotsiolis mencionó entre su catálogo predilecto El colibrí, la deliciosa obra de Julio Sagreras. No perdí la única oportunidad, algo naíf, de lucirme, elogiando una reciente grabación realizada para Philips por el gran Pepe Romero. Me habría gustado departir más tiempo con el encuestado.

Finalizado el encuentro, salimos los tres a un patio florido, enfundado en calor. Me volvía hacia Cotsiolis y le pregunté:

– Oiga… ¿quién es este señor que sabe tanto de guitarra?

Él sonrió durante un par de segundos:

– Leo Brouwer.

Tragué entero un cóctel humillante y admirativo.