ÁMSTERDAM / Las ‘Bodas de Fígaro’ de Serebrennikov: sin espacio para Mozart y Da Ponte

Amsterdam. Ópera Nacional de los Países Bajos. 10-V-2026. Olga Kulchynska, Emily Pogorelc, Cecilia Molinari, Véronique Gens, Björn Bürger, Michael Nagl, Anthony Robin Schneider. Netherlands Chamber Orchestra. Dirección musical: Francesco Corti. Dirección escénica: Kirill Serebrennikov. Mozart: Le nozze di Figaro.
El programa de mano de esta coproducción de la Ópera Nacional de los Países Bajos y la Komische Oper Berlin nos recuerda que, para Kirill Serebrennikov, la versión original de Las bodas de Fígaro ya no conecta con el público actual. Por ese motivo, el director de escena intenta «recodificar» la obra mediante una serie de intervenciones, y esta «recodificación» la describe su dramaturgo, Daniil Orlov, como «traducir la obra de un lenguaje cultural a otro, cambiando la forma (el ‘cómo’) para mantener la esencia (el ‘qué’), con objeto de evocar emociones y percepciones similares». Lo que quiera decir con ello se le escapa a este comentarista, pero no el resultado: apenas queda nada en su puesta en escena de la concepción original de Mozart y Da Ponte.
En un decorado que, en la mayoría de las escenas, carece de color y a menudo se antoja sobrecargado, Serebrennikov presenta los dos niveles de una mansión en una especie de versión actualizada de la serie británica Arriba y abajo, con una batería de lavadoras y un vestuario para el personal de servicio en el sótano. En la parte superior ubica un gran espacio evidentemente destinado a mostrar la riqueza de la familia Almaviva a través del arte moderno, incluyendo un objeto luminoso con el texto «El capitalismo mata el amor». Además, acorta los recitativos, a la vez que añade música: un trío de Così fan tutte al comienzo del tercer acto, una sección del cuarteto Las disonancias cuando el Conde Almaviva cambia de opinión al final, e incluso unos compases de la Tosca de Puccini cuando Cherubino salta por la ventana en el segundo acto.

Más drástica es la incorporación de un actor (Georgy Kudrenko) que interpreta a Cherubino como un joven sordomudo, mientras la excelente Cecilia Molinari camina a su lado como una intérprete de lengua de signos para cantar su parte. Por desgracia, la ocurrencia resulta del todo contraproducente durante la escena en la que Cherubino se disfraza de chica, convirtiendo una idea potencialmente divertida en una broma visual prolongada y de mal gusto. En otros momentos, Serebrennikov también intenta animar la representación con actores que no cantan y se entregan a comportamientos burlescos, lo que conduce a un exceso escénico que oscurece repetidamente las acciones de los personajes reales.
En medio de todo esto, poco queda de la comedia de Mozart, y tienen que ser principalmente unos cuantos solistas los que mantengan el interés de la representación. En primer lugar, la joven estadounidense Emily Pogorelc, que brindó una Susanna juguetona y vivaz, secundada por la perfecta Marcellina (en esta producción, una galerista que suministra arte moderno a Almaviva) de la aparentemente indestructible Véronique Gens, que incluso resultó convincente en la complicada -y poco interpretada- aria «Il capro e la capretta». La ucraniana Olga Kulchynska mostró menos personalidad, pero interpretó a una Condesa cálida y prometedora, mientras que Michael Nagl encarnó a un robusto -a veces en demasía- Figaro. En el papel de Almaviva, Björn Bürger cantó su parte con excelencia, pero resultó menos convincente como seductor elegante y autoritario.
Al frente de una nutrida Orquesta de Cámara de los Países Bajos, el director Francesco Corti desplegó un flujo musical ayuno de matices, con un fraseo fragmentado que parecía interrumpir constantemente el ritmo musical. Por su parte, el clavecinista Pedro Beriso aportó mucha vida al recitativo, pero recurriendo a una mezcolanza de citas e imitaciones de tonos de llamada que distraían , en lugar de reforzar su significado y su atmósfera.
Paul Korenhof
Foto: Ben van Duin


