ÁMSTERDAM / De sorpresa en sorpresa

Ámsterdam. Het Concertgebouw. 29-X-2026. Academia de la Orquesta del Concertgebouw. Directores: Klaus Mäkelä y Aurel Dawidiuk (también solista de órgano). Carlos Ferreira, clarinete, y Santa Vižine, viola. Obras de E. Grieg, M. Bruch y C. Saint-Saëns. 31-X-2026. Nederlands Philharmonisch. Director invitado: Hannu Lintu. Alisa Weilerstein, violonchelo. Obras de W. Marsalis e I. Stravinsky. 1-XI-2026. Philzuid. Director invitado: Samy Rachid. Jonathan Fournel, piano. Obras de M. Ravel, C. Saint-Saëns y C. Franck.
El principal motivo de nuestro viaje a Ámsterdam el pasado fin de semana era escuchar la Séptima sinfonía de Mahler con Klaus Mäkelä y la Real Orquesta del Concertgebouw, de la que el joven maestro finlandés se convertirá en su octavo director titular a partir de la próxima temporada (véase la crítica publicada ayer en Scherzo). Pero el fin de semana nos iba a deparar otras inesperadas sorpresas, todas ellas en la fabulosa sala del Concertgebouw, uno de los espacios más idóneos para escuchar el gran repertorio sinfónico y, muy especialmente, las obras de Mahler y Bruckner.
Entre los dos primeros conciertos dedicados a la Séptima de Mahler, el jueves 29 de octubre, Mäkelä se puso al frente de la Academia de la Orquesta del Concertgebouw para conmemorar sus primeros veinticinco años de brillante trayectoria. Una institución que ha servido de trampolín para que un buen número de jóvenes músicos se incorporasen, a lo largo de este cuarto de siglo, a la legendaria orquesta neerlandesa, una de las mejores formaciones del mundo. El concierto contó con la presencia de la reina Máxima de los Países Bajos y comenzó con unas palabras del director general de la orquesta, Dominik Winterling, quien elogió la creación y continuidad de este proyecto educativo, nacido durante el mandato artístico de Riccardo Chailly (1988-2004).
El programa se repartió entre Mäkelä y el joven director y organista Aurel Dawidiuk (Hannover, Alemania, 2000), asistente del maestro finlandés durante los tres últimos años en Ámsterdam y actual responsable musical de los jóvenes de la Academia. Dawidiuk, que actuó la pasada temporada en Madrid como organista en el ciclo Bach Vermut del CNDM, es un músico de formación muy completa, que sobresale por su versatilidad y una madurez técnica poco habitual a sus 26 años. Su sólida preparación como organista parece influir decisivamente en su concepción orquestal, pues posee una especial habilidad para desentrañar las texturas contrapuntísticas y conseguir que cada sección se escuche con absoluta claridad. Así pudimos comprobarlo en una bien trazada Suite nº 1 de Peer Gynt, de Grieg, en la que destacó el delicado lirismo de los pasajes más reposados. Llaman igualmente la atención la elocuencia gestual y la eficacia de su técnica de dirección, ajena a cualquier teatralidad exagerada y puesta al servicio de una comunicación directa y musical con los jóvenes —y no tan jóvenes— integrantes de la orquesta, formada por antiguos y actuales miembros de la Academia.
A continuación, Mäkelä tomó la batuta para hacerse cargo de una obra infrecuente, el Concierto para clarinete, viola y orquesta, op. 88, de Max Bruch, en el que brilló con luz propia Carlos Ferreira, clarinete solista de la orquesta titular, de sonido francamente hermoso. La violista Santa Vižine, integrante de la sección de violas del Concertgebouw, pasó, en cambio, prácticamente inadvertida en una obra cuyo equilibrio instrumental no termina de funcionar, pues la viola queda constantemente eclipsada por el clarinete solista o por la propia masa sonora de la orquesta. Ya en la segunda parte, Mäkelä en el podio y Dawidiuk al órgano ofrecieron una brillante ejecución de la Sinfonía nº 3, «con órgano», de Camille Saint-Saëns. Obra de carácter marcadamente dramático, agitado y sombrío, en la que se advierten ecos del Dies irae, asociados simbólicamente a la muerte, que encuentran su contrapunto en los episodios de mayor lirismo y serenidad. Especialmente hermoso resultó el Poco adagio, con el cálido canto de la cuerda sostenido por los suaves acordes del órgano, admirablemente tocado por Dawidiuk.
El buen sabor de la Nederlands Philharmonisch
El sábado (31/10) por la tarde, en la misma sala, la Nederlands Philharmonisch, principal orquesta residente de la Ópera Nacional de los Países Bajos, demostró ser un conjunto sinfónico de primera división. No posee la finura ni la inconfundible personalidad de su hermana mayor, la Real Orquesta del Concertgebouw, pero ya nos gustaría contar por estos lares con muchas formaciones de semejante nivel. Equilibrada en todas sus secciones, destacó especialmente el excelente grupo de viento-madera, con mención particular para el fagot solista en el dificilísimo comienzo de La consagración de la primavera, de Stravinsky. También en la segunda parte, cuando el contrafagot y los fagotes graves se unen para crear aquellas texturas sombrías y primitivas que parecen surgir de las entrañas de la tierra durante la Evocación de los antepasados. Espléndido estuvo asimismo el clarinete en Mi bemol, el más pequeño y agudo de la familia, que Stravinsky utiliza para lanzar sonidos estridentes y penetrantes por encima de la masa orquestal, aportando un color salvaje a los juegos rituales. Por su parte, la sección de flautas abandonó cualquier vestigio de dulzura pastoral para adentrarse en ese universo sonoro áspero y primitivo tan característico de la obra. En la introducción, sus líneas se entrelazaron en vertiginosas escalas superpuestas, evocando una naturaleza inquietante y misteriosa. El flautín añadió su timbre incisivo a los episodios de mayor tensión, mientras los oboes aportaron esa sonoridad penetrante, nasal y rústica que Stravinsky explota magistralmente para recrear una atmósfera de paganismo ancestral.
La cuerda se comportó por momentos como una gigantesca máquina de percusión, convertida en un poderoso bloque sonoro de ritmos brutales, texturas ásperas y acentos impredecibles. Los violentos staccati y la constante ruptura de las simetrías rítmicas tradicionales adquirieron una precisión admirable, sin que por ello se perdieran los contrastes expresivos que encierra la partitura. Estupendos los dos timbaleros, que se convirtieron en el auténtico corazón rítmico de La consagración. En esta obra, el timbal deja de ser un mero instrumento de refuerzo para asumir un protagonismo casi solista, impulsando con implacable energía la maquinaria del sacrificio. No menos impresionante resultó la colosal sección de metales, que Stravinsky lleva al límite de sus posibilidades técnicas y expresivas, exigiendo una potencia sonora extraordinaria sin renunciar a la precisión y al equilibrio del conjunto.
El finlandés Hannu Lintu (Rauma, 1967), otro de los excelentes directores salidos de la «factoría Panula», fue el maestro invitado para la ocasión y afrontó este exigentísimo programa con enorme seriedad y un dominio absoluto de la orquesta, que nunca llegó a desbocarse. No solo consiguió poner orden y concierto en una partitura de endiablada complejidad, repleta de compases irregulares y constantes cambios de métrica, sino que evitó que la obra se transformase en una masa sonora indiferenciada, donde la percusión y los metales acabasen sepultando a las maderas y las cuerdas. Lintu posee una magnífica claridad gestual, especialmente eficaz a la hora de marcar las subdivisiones irregulares y coordinar los complejos entramados rítmicos con ambos brazos. En una obra como esta, donde la menor vacilación puede provocar el descarrilamiento de una maquinaria orquestal de más de un centenar de músicos, semejante precisión resulta fundamental. Y Lintu la consiguió sin sacrificar la tensión dramática ni el carácter primitivo y feroz de la partitura.
En la primera parte habíamos escuchado el estreno europeo del Concierto para violonchelo de Wynton Marsalis, con una buena solista, la canadiense Alisa Weilerstein. El célebre músico de jazz escribió este concierto para Yo-Yo Ma, quien lo estrenó mundialmente en marzo de este año bajo la dirección de Cristian Măcelaru, en el Corson Auditorium del Interlochen Center for the Arts, en Michigan (Estados Unidos). Concebida en cinco movimientos y una duración aproximada de cincuenta minutos, la obra propone un recorrido musical por los orígenes y la historia de Estados Unidos mediante una fusión de géneros muy característica del compositor, tendiendo puentes entre la tradición clásica occidental, el jazz y el blues. La escritura solista incorpora técnicas infrecuentes en el repertorio clásico, como el pitch bending, esa expresiva flexión de la altura del sonido tan propia del lenguaje del blues.
El segundo movimiento destaca por incorporar los ritmos y el espíritu de los cantos de trabajo de los afroamericanos esclavizados, evocando musicalmente la resistencia y la capacidad de supervivencia de la comunidad negra. El movimiento final, Cakewalk, cierra el concierto con una sucesión de danzas populares y una instrumentación ingeniosa, que incluye efectos de cantos de aves en los flautines. En el clímax, toda la sección de violonchelos se une a la solista y al resto de la orquesta en una suerte de celebración colectiva. Sin embargo, tras su escucha, hay que reconocer que la partitura resulta un tanto farragosa y excesivamente larga. La acumulación de episodios y referencias estilísticas acaba debilitando su cohesión, pese al indudable oficio y la imaginación instrumental del compositor. Su anterior Concierto para violín (2015) nos parece una obra más actual, innovadora y convincente.
La sorpresa de lo desconocido
Por insistencia de dos buenos amigos, la violinista Annebeth Webb y Marco Riaskoff, creador y responsable durante más de treinta años del ciclo Maestros del Piano del Concertgebouw —desaparecido en 2021 a consecuencia de la pandemia—, me acerqué a escuchar un concierto matinal en la misma sala (1/11), protagonizado por un pianista, un director y una orquesta completamente desconocidos para quien firma esta crónica. La sorpresa fue mayúscula. En primer lugar, por el descubrimiento del joven pianista francés Jonathan Fournel (Sarreburgo, 1993), que bordó el dificilísimo Concierto para la mano izquierda de Ravel. Su interpretación llamó poderosamente la atención desde la primera intervención del piano, con una cadencia espectacular y de extraordinario virtuosismo, después del sombrío y misterioso comienzo orquestal. Excelente fue también el entendimiento entre solista y orquesta en el breve scherzo central, donde afloraron con especial viveza las influencias del jazz, el blues y los giros rítmicos de sabor español. La obra culminó con un retorno a la solemnidad inicial, una segunda e imponente cadencia del solista, magníficamente resuelta, y el abrupto final orquestal.
La formación era la Philzuid (Filarmónica del Sur de los Países Bajos), una orquesta de sorprendente calidad global, muy alejada de la imagen que solemos asociar a una desconocida formación de provincias. Pero lo más interesante —y todavía más inesperado— de aquella matinée fue el descubrimiento de su director, el franco-marroquí Samy Rachid (Cergy, Francia, 1993), un nombre que hasta entonces jamás habíamos escuchado. Rachid es un joven maestro de excelentes maneras, que utiliza ambas manos con absoluta independencia y recurre, cuando la música lo requiere, al movimiento de todo el cuerpo, especialmente en los episodios de mayor carácter danzable. Su batuta posee una precisión admirable para establecer los tempi, graduar las dinámicas y anticipar con exactitud las entradas de los diferentes instrumentos, siempre con una gestualidad natural y una comunicación extraordinariamente eficaz.
Con la partitura permanentemente abierta en el atril, aunque apenas necesitó consultarla, el joven director sacó petróleo de esta excelente orquesta, especialmente en la brillante Danza macabra, op. 40, y en la orientalista Bacanal de la ópera Sansón y Dalila, op. 47, ambas de Camille Saint-Saëns. El programa se completó con el poema sinfónico Le Chasseur maudit (1882), de César Franck, obra poco frecuente en las salas de conciertos, que destaca por su vibrante orquestación, su intensa atmósfera dramática y su narrativa musical de carácter fantástico y terrorífico, plenamente inscrita en la tradición del romanticismo tardío francés. Sobresale el protagonismo de los metales, especialmente de las trompas, encargadas de evocar las llamadas de caza, así como los ágiles y agitados pasajes de la cuerda que transmiten la desesperación del conde del Rin en su infernal huida.
Un delicioso concierto matinal, de aproximadamente una hora de duración, que congregó a numeroso público joven, atraído también por unos precios populares. Tomen buena nota del nombre de este joven director: Samy Rachid. Estoy convencido de que en poco tiempo dará mucho que hablar. Y, si no, al tiempo. Hasta la pasada temporada fue asistente de Andris Nelsons en Boston, cuya legendaria orquesta dirigirá en un concierto de abono de la presente temporada. También tiene previstos compromisos con la Orquesta Nacional de Francia, la Royal Scottish National Orchestra y las orquestas de Rotterdam, Auckland, Montpellier y Ulster, entre otras.
Antonio Moral


