ÁMSTERDAM / Mäkelä, el gran mahleriano de hoy

Amsterdam. Het Concertgebouw. 30-X-26. Real Orquesta del Concertgebouw. Director: Klaus Mäkelä. Mahler: Sinfonía nº 7.
La Séptima de Mahler plantea al director un desafío que va más allá de resolver sus dificultades técnicas: hay que dar continuidad a una compleja arquitectura de contrastes, surcada por marchas, visiones nocturnas, constantes cambios de tempo y una perspectiva sonora ambigua. Y todo ello sin desdibujar su singularidad armónica. Klaus Mäkelä superó la difícil prueba con una interpretación muy sólida, sostenida por un conocimiento profundo de la obra, que había estudiado utilizando la partitura de Mengelberg (que la dirigió en los años veinte del siglo pasado) y un admirable control del equilibrio sonoro. Los tempi, más bien ligeros, favorecieron la movilidad del discurso, mientras que las transiciones, enlazadas con gran naturalidad, permitieron darle un sentido coherente al conjunto.
A sus treinta años, el finlandés se ha familiarizado con la música de Mahler en apenas un lustro, un tiempo en el que ha dirigido ya sus nueve sinfonías completas y el Adagio de la Décima. En la Séptima, incorporada al repertorio el pasado año con la Filarmónica de Oslo, se percibe una necesidad por parte del director de clarificar la densa polifonía temática y dotar a la obra de una unidad, de modo que sus cinco movimientos se perciban como partes de un mismo arco expresivo.
El Concertgebouw pertenece por derecho propio a la historia de la interpretación mahleriana y conserva aún hoy esa condición. En esta misma sala, Mahler dirigió en 1909 el estreno neerlandés de la obra. Esa tradición sigue teniendo hoy una expresión tangible en la calidad y personalidad del sonido de esta sensacional orquesta. Willem Mengelberg, el primer apóstol mahleriano del siglo XX, recogió el testigo del compositor y dirigió con la orquesta del Concertgebouw las nueve sinfonías completas del compositor austriaco de origen bohemio, como figura en el programa del Festival Mahler de Ámsterdam de 1920, celebrado bajo su dirección del 6 al 21 de mayo.
Mäkelä ha dirigido ya con la Orquesta del Concertgebouw, además de la reciente Séptima, las Sinfonías n. 1, 3, 5, 6, 8 y el Adagio de la Décima. La primera sinfonía de Mahler que dirigió fue la Sexta “Trágica” el 19 de agosto de 2022, en la sala del Concertgebouw, que luego llevaron en gira por Alemania (inauguración del Festival de Berlín y Colonia).
Lo más convincente de la lectura del joven director finlandés fue la forma que tuvo de conciliar el impulso rítmico con la claridad de texturas. Mäkelä mantuvo el pulso interno de la música sin precipitar nunca el discurso narrativo. En el extenso primer movimiento, la fluidez de las diferentes y complicadas transiciones resultó decisiva para sostener la tensión entre la gravedad de la marcha fúnebre inicial y la expansión lírica posterior. La obra avanzaba con pulso firme, con el espacio suficiente para que los continuos cambios de tempo y color orquestal adquiriesen una identidad propia.
La cuerda estuvo excelente por su cohesión, flexibilidad y riqueza de matices. El grupo de trompas, siempre sonó empastado y con broncínea sonoridad; fueron las grandes protagonistas de la noche junto a las trompetas, que han de sonar en unas tesituras extremas, casi imposibles. Las maderas, por su parte, aportaron profundidad al mosaico orquestal y contribuyeron a que las resonancias de la partitura conservaran su poder evocador. La calidad instrumental tuvo además una función estructural: ayudar a percibir los vínculos entre las diferentes familias orquestales y mantener la continuidad de una escritura de extraordinaria complejidad.
En la primera Nachtmusik deslumbraron el oboe solista y los clarinetes, con una intervención especialmente brillante de Carlos Ferreira. El diálogo entre las maderas desplegó una gran variedad de acentos y colores moldeando el tapiz sonoro que envuelve la obra entre lo reconocible y lo inquietante. El Scherzo central encontró también una magnífica respuesta de toda la orquesta y en especial de la flautista Emily Beynon, que sobresalió en su espléndido solo, mientras Mäkelä intentaba mantener el pulso en esta danza sombría dentro del contexto general, preservando su carácter oscilante.
En la segunda Nachtmusik, situada en cuarto lugar, disfrutamos de uno de los momentos más líricos de la obra. La guitarra y la mandolina se escucharon con total claridad, abriéndose paso en la intimidad de una serenata cuya delicadeza exige del director una atención extrema para conseguir el balance dinámico justo entre los dos instrumentos de cuerda y el flujo sonoro de una orquesta enorme.
En el Rondó final, Mäkelä imprimió una tensión constante, palpitante (contagiosa). La ligereza del tempo aportó a todo el movimiento una energía especial para que el tema principal se fuera fundiendo con los contrastantes episodios sonoros hasta desembocar en la conclusión apoteósica de la obra. El entusiasmo del público, que había agotado las entradas para los tres conciertos de abono, rubricó un gran éxito. Una Séptima persuasiva por su solidez, continuidad narrativa y la extraordinaria calidad de una orquesta que sigue haciendo honor a su historia.
Antonio Moral
(foto: Eduardus Lee)


