ALMADA / Mandy Fredrich y Matthias Samuil celebran el tema del 6º Festival dos Capuchos: ‘Amores y Humores’

Almada. Convento dos Capuchos. 31-V-2026. 6º Festival dos Capuchos. Mandy Fredrich (soprano), Matthias Samuil (piano). Obras de W. A. Mozart, R. Strauss, Robert y Clara Schumann y Dora Pejačević.
Después de su brillante concierto de apertura, el 6º Festival dos Capuchos ofreció, en la gran sala del convento dos Capuchos, un recital de una exigencia y generosidad poco comunes. ¿El programa? Nada menos que dos Lieder de W. A. Mozart, los Dichterliebe de Robert Schumann (dieciséis poemas de Heine musicados, una cumbre absoluta del género), los Vier letzte Lieder de Richard Strauss, una Romanza para piano de Clara Schumann, dos Melodías de Dora Pejačević, y luego otros dos Lieder de Richard Strauss (Allerseelen y Zueignung) y para terminar, como propina, a pesar de un programa ya “XXL”, l’aria a la luna extraída de Rusalka de Antonín Dvořák. En resumen, un festín y una apuesta loca que concluyó con un legítimo triunfo.
Mandy Fredrich, soprano alemana de presencia escénica inmediata, y Matthias Samuil, pianista de una sensibilidad poco común, asumieron el desafío de semejante programa con una soltura pasmosa. Desde los dos primeros Lieder de Mozart —”Als Luise die Briefe ihres ungetreuen Liebhabers verbrannte” (donde Luisa quema las cartas de su amante infiel…) y “Abendempfindung an Laura” (ese sueño crepuscular tan agridulce)— comprendimos que íbamos a vivir algo bastante único. La voz de Fredrich, clara, vibrante, capaz de la mayor intimidad como de los arrebatos más desgarradores, se metió en la piel de esas heroínas mozartianas con una gracia increíble. Matthias Samuil, por su parte, no se limitaba a acompañar: dialogaba, susurraba, respondía, como un perfecto compañero de baile.
Luego llegaron los famosos Dichterliebe de Robert Schumann, opus 48: dieciséis Lieder, dieciséis poemas de Heinrich Heine donde el amor se mezcla con la ironía, la amargura y la locura tierna. Desde «Im wunderschönen Monat Mai», esa aspiración desesperada, se notó que Fredrich y Samuil habían encontrado la alquimia secreta. La soprano encarnó sucesivamente al poeta enamorado, al soñador, al desesperado y al irónico. El famoso «Ich grolle nicht» (No te guardo rencor) fue un auténtico momento de teatro: la voz que se contiene, luego explota, luego se quiebra… Samuil, al piano, hacía cantar las armonías schumannianas con una transparencia de cristal, subrayando el humor negro que asoma bajo la melancolía. “Amores y Humores”, rara vez el tema de un festival habrá llevado mejor su nombre.
Después de semejante cumbre, ¿qué se podía añadir? Los Vier letzte Lieder de Richard Strauss, precisamente. Estos cantos del crepúsculo, escritos sobre textos de Joseph von Eichendorff («Im Abendrot») o Hermann Hesse («Frühling», «September», «Beim Schlafengehen»). Mandy Fredrich supo encontrar la rara justeza de estas obras últimas: no resignación, sino una serenidad deslumbrante, una despedida del mundo que se convierte en himno a la vida. Su voz, en agudo, planeaba como una luz rasante, mientras Matthias Samuil desplegaba en el teclado paisajes sonoros de una riqueza orquestal pasmosa.
Se podría haber creído que la velada terminaría ahí, pero no… el programa incluía aún una Romanza para piano de Clara Schumann, momento de pura felicidad intimista donde Samuil, solo en el escenario, recordó con qué talento esta compositora, demasiado tiempo subestimada, merecía su lugar en el firmamento. Luego dos melodías de Dora Pejačević, esa gran dama olvidada de la música croata: «Ich glaub, lieber Schatz» y «Traumglück», donde se encontraba esa misma vena romántica teñida de una modernidad discreta. Finalmente, dos últimos Strauss —«Allerseelen» y «Zueignung»— para terminar en apoteosis con una declaración de amor deslumbrante.
Pero la velada no había terminado. Ante la ovación de pie que ya saludaba el final del programa oficial, Mandy Fredrich y Matthias Samuil ofrecieron una propina que renovó el entusiasmo del público: l’aria a la luna extraída de Rusalka de Antonín Dvořák. Ese canto de la náyade que confía su tristeza al astro nocturno… La voz de Fredrich se elevó, pura como el agua de un lago, con ese vibrato tan particular que hace latir los corazones. Samuil, al piano, tejía bajo ella un tapiz de notas líquidas y plateadas.
Triunfo, sí, y largas ovaciones de pie… Rostros emocionados, ojos brillantes, porque Mandy Fredrich y Matthias Samuil dieron carne, voz y alma a este programa monumental, haciendo rimar “Amor” con “Humor”, y Tristeza con Asombro. ¡Gracias por este concierto encantador!
Emmanuel Andrieu
(fotos: Andreia Carvalho)

