ALMADA / El 6º Festival dos Capuchos arranca con amor y humor

Almada. Teatro Joaquim Benite. 22-V-2026. 6º Festival dos Capuchos. Orquestra Consuelo. Director y violonchelo: Victor Julien-Laferrière. Obras de Schumann y Brahms.
Para el concierto de apertura de la 6ª edición del Festival dos Capuchos, que tuvo lugar en el Teatro Joaquim Benite de Almada (ciudad residencial frente a Lisboa, en la otra orilla del Tajo), la sala presentaba un lleno absoluto. El aire ya vibraba con una energía poco común, mezclando la emoción de los asiduos al festival y la curiosidad de los recién llegados, todos reunidos este año bajo una temática tan deliciosa como audaz: «¡Amores y Humores!»
Antes incluso de que los músicos afinaban sus instrumentos, la velada adquirió aires de fiesta oficial cuando Inês de Medeiros, la Alcaldesa de Almada, subió al escenario. Elegante y cálida, saludó esta «maravillosa efervescencia» que cada año transforma la ciudad en la capital cultural del sur. A su lado, Filipe Pinto-Ribeiro, el visionario director artístico del festival, recordó con picardía que «el amor y el humor son las dos alas de un mismo corazón». El público, conquistado, respondió con una salva de aplausos cómplices. El tono estaba dado: íbamos a reír, amar y vibrar.
Luego llegó el momento tan esperado. La Orquesta Consuelo se instaló y, bajo la dirección llena de brío de su joven prodigio (desde su violonchelo colocado en el centro de la orquesta) —el joven director francés Victor Julien Laferrière, gran habitual del certamen portugués—, la velada se encaminó de inmediato hacia lo grandioso. En el programa, primero, el Concierto para violonchelo y orquesta op. 129 de Robert Schumann. ¡Y qué interpretación! Con su violonchelo «histórico», Julien-Laferrière cantó, lloró y esperó, navegando entre la melancolía schumanniana y los destellos solares. La orquesta, reunida en círculo a su alrededor, lo envolvió con una dulzura trágica, transformando el langsam en una verdadera declaración de amor intemporal. ¿Humor? Quizás no ahí, pero amor… sí… un amor triste, loco, absoluto.
Luego, la Sinfonía nº 3 de Brahms cambió las reglas del juego. Desde el ataque del Allegro con brio, la sala comprendió por qué este director es una revelación. Laferrière esculpe a Brahms con una claridad juvenil: los contrastes son asombrosos, las respiraciones compartidas entre las cuerdas y las maderas. El famoso tercer movimiento, ese Poco Allegretto de una ternura crepuscular, se deslizó sobre el público como una confidencia. Y ahí, en ese gesto casi imperceptible del director, se sintió el humor brahmsiano —esa luz que atraviesa la melancolía germánica, esa sonrisa de reojo del compositor.
El programa oficial terminó, pero el milagro no había concluido. Como propina, la Orquesta Consuelo ofreció un conmovedor Vals triste de Sibelius. Un momento de tiempo suspendido. Un encaje helado, un torbellino nórdico que, bajo los dedos de los músicos, se transformó en una elegía danzante. Donde se esperaba un final alegre, se recibió una belleza sobrecogedora, casi dolorosa.
Y entonces, fue la explosión. En la última nota suspendida del vals, el silencio duró tres segundos —como una eternidad—, y luego el Teatro Joaquim Benite tembló bajo las largas ovaciones de pie. Bajo el lema «Amores y Humores», la Orquesta Consuelo nos recordó que la gran música, al final, es un acto de amor. Y un amor, cuando está tan bien servido, bien merece que riamos… de felicidad. ¡Que llegue pronto lo que sigue, y larga vida al Festival dos Capuchos!
Emmanuel Andrieu
(fotos: © Andreia Carvalho)


