Alina Ibragimova: “Busco la diversidad”

Alina Ibragimova: “Busco la diversidad”

Alina Ibragimova (Polevskoy, 1985) es siempre noticia, ya que hablamos de una de las violinistas más importantes que han irrumpido en el panorama internacional en los últimos años. Pero en esta ocasión es noticia por doble motivo, que tiene que ver con sendas novedades discográficas. Una es su grabación del Concierto para violín de Dmitri Shostakovich; otra es una nueva entrega del aclamado Chiaroscuro Quartet —del que es fundadora— con cuartetos de Franz Joseph Haydn. Ibragimova nos atendió telefónicamente desde su domicilio de Greenwich, solo tres días antes de ofrecer su primera actuación tras el largo paréntesis causado por el confinamiento anticoronavirus. El concierto tuvo lugar el 16 de junio en el Wigmore Hall de Londres, todavía sin público (fue transmitido en directo por la BBC y por la web del auditorio). La violinista rusa tocó la Sonata para violín en La menor D 385 de Schubert y la Sonata para violín nº 5 en Fa mayor op. 24, “Primavera”, de Beethoven, acompañada por Kristian Bezuidenhout, que en esta ocasión tocaba el piano.

Imagino que el disco de BIS es la primera entrega del Op. 76 y que, como ya hizo el Chiaroscuro Quartet con el Op. 20, grabarán los tres cuartetos restantes.

En efecto, creo que el segundo cd aparecerá dentro de poco. De hecho, ya está grabado. Pero, con todo esto del coronavirus, no sabemos exactamente cuándo estará disponible. Tenemos también grabados los seis cuartetos del Op. 18 de Beethoven, ya que, siendo su año, queríamos rendirle tributo. No obstante, soy incapaz de indicarle ahora mismo, ni siquiera de forma aproximada, cuándo se publicará ese disco. Son tiempos difíciles los que estamos viviendo, rodeados de incertidumbre en todos los sentidos.

El de Shostakovich es quizá uno de los conciertos para violín más importantes que se compusieron en el siglo XX y, a la vez, uno de los más difíciles a los que se puede enfrentar un violinista.

Tengo que admitir que es un concierto que está muy bien escrito. Pero lo que más destaca en él es su tremenda carga emocional, su gran expresividad… En ese aspecto, resulta una obra devastadora. Si pones en cada nota todo lo que realmente hay que poner, resulta extenuante. Es extraordinariamente exigente en el aspecto físico. Después de la cadenza, que te ha llevado al límite, llega el último movimiento, que está igualmente cargado de gran dificultad. No hay nada en él que resulte fácil, y eso tiene que ver con el propio tema de la obra: sufrimiento, tormento, angustia, aflicción… Huelga recordar en qué circunstancias compuso Shostakovich este concierto. De todas formas, quiero destacar que se trata de un concierto difícil para todos, no solo para el violín solista; es decir, para el director y para la orquesta también lo es. Se trata de un reto mayúsculo, por esa carga emocional tan poderosa que presenta.

Usted es nativa de Rusia, aunque a los diez años se estableció con sus padres en el Reino Unido. Su origen ruso, ¿supone alguna ventaja a la hora de afrontar este concierto?

Creo que es importante conocer la historia y sentir la historia. He hablado con gente que vivió aquella época y ello me ha ayudado a la hora de entender lo que quería transmitir Shostakovich en su concierto. Es necesario comprender el sentimiento de destrucción y de frustración que experimentaba aquella gente. Llego a la conclusión que una tragedia así nos mueve a buscar el amor y a mirar hacia adelante en nuestra vida, nos cambia radicalmente.

Después de tantos años fuera de su país natal, ¿se considera usted a sí misma una violinista rusa, una violinista británica o simplemente una violinista internacional?

Es una pregunta complicada. Cuando llegué a Londres, seguí estudiando con profesores rusos, así que la conexión rusa siempre estuvo ahí. Pero después tuve varias influencias: estudié con Christian Tetzlaff, con Gordan Nikolic, luego me metí con el violín barroco y las interpretaciones históricamente documentadas… Creo que soy una mezcla de todo ello y no, no puedo decir de mí misma que pertenezca a una única corriente musical, aunque… sí, mis raíces siguen siendo rusas.

Lo debe de llevar en el ADN, ya que sus padres son músicos. Precisamente se trasladaron a vivir a Inglaterra cuando su padre fue contratado como primer contrabajo de la London Symphony Orchestra.

La música en mi familia ha sido una constante a lo largo de varias generaciones, así que supongo que eso no se pierde nunca.

En estos meses de confinamiento por la Covid-19 habrá tenido, supongo, tiempo suficiente para hacer lo que no puede hacer en su vida cotidiana. Me ‘soplan’ que ha aprovechado para grabar los 24 Caprichos para violín de Paganini.

Está bien informado. Me vi recluida en casa, con todos los conciertos que tenía en mi agenda cancelados… Pero me podían las ganas de tocar, de hacer algo que no fuera sencillo acometer en mi actividad diaria y que, al mismo tiempo, ofreciera un plus de dificultad para obligarme a practicar más incluso de lo que practico en circunstancias normales. Fue cuando me vino a la cabeza Paganini. Sus caprichos no son algo que haya hecho mucho en mi carrera. Son obras que llevan a cualquier violinista al límite de su capacidad técnica. Los he estado ensayando durante horas y horas, con una dedicación casi absoluta, a lo largo de tres meses. De día y de noche, se lo puedo asegurar. Comprendí que se trataba de un proyecto de gran envergadura y que necesitaba dejar testimonio de él, así que opté también por grabarlo. Fue una grabación un tanto singular, porque, debido a las medidas sanitarias, yo estaba en una sala y los ingenieros de sonido estaban en otras salas, por lo que no nos podíamos ver. Saldrán publicados en Hyperion, pero, de nuevo, por favor, no me pregunte cuándo, porque no le puedo dar una fecha concreta; seguramente, el próximo año. (…)

 

(Extracto de la entrevista publicada en el nº 364 de SCHERZO, de julio-agosto de 2020)

[Foto: Eva Vermandel]