ALICANTE / Rafael Aguirre, figura emergente de la guitarra

ALICANTE / Rafael Aguirre, figura emergente de la guitarra

Alicante. Auditorio ADDA. 14-XI-2020. ADDA-Simfònica. Rafael Aguirre, guitarra. Director: Juan Carlos Lomónaco. Obras de Copland, R. Halffter, Revueltas y Villa-Lobos.

Como viene siendo habitual en las últimas temporadas, cada año el ADDA programa un ciclo de guitarra en colaboración con el ‘Máster en Interpretación de Guitarra Clásica de Alicante’, que es considerado a nivel internacional, dado los grandes maestros que participan en él impartiendo cursos y clases magistrales, como uno de los más prestigiosos del mundo. Para inaugurar tal colaboración la orquesta ADDA-Simfònica ha contado con el guitarrista malagueño Rafael Aguirre y con el director mejicano Juan Carlos Lomónaco, interpretando un repertorio hispanoamericano que atraía por ser poco habitual en las salas de conciertos y por la gran dificultad de la obra concertante, el Concierto para guitarra y pequeña orquesta de Heitor Villa-Lobos, que justificaba y daba sentido al siempre esperado ‘Día de la Guitarra’ del auditorio alicantino.

Para crear ambiente el programa se inició con los Tres esbozos latinoamericanos del estadounidense Aaron Copland en los que la orquesta mostró su habitual color sonoro con amplitud y detalle tímbricos, contrastado con un primer trompeta realmente portentoso en el Estribillo que abre la obra, siendo la última que Copland añadió a estos esbozos en 1971. El maestro Lomónaco, en las dos obras que el compositor escribió en Acapulco en 1959, empezó a destacar su técnica dirigiendo la sección de madera del segundo episodio, Paisaje mexicano, identificado con sus ritmos, como también ocurrió en la Danza de Jalisco que construyó queriendo realzar su apreciable cromatismo.

Rafael Aguirre se presentaba en el ADDA con el aura de ser uno de los guitarristas más premiados en concursos nacionales e internacionales, y bien que lo demostró en la última obra para guitarra que compuso el gran músico carioca. Con un sonido limpio y bien articulado expresó los arpegios, pasajes percutidos y escalas del primer tema del Allegro preciso inicial, demostrando su capacidad de canto en la melodía de balada que sustenta el segundo, aderezada por una detallada traducción de las progresiones típicas del músico brasileño que hicieron más sorpresivo su abrupto final, dejando pendiente para el oyente una imaginable continuación de su discurso, hecho que fue patente en el conclusivo gesto abierto del director.

La sonorización de la guitarra, implemento acústico permitido por Villa-Lobos a pesar de Andrés Segovia, dedicatario de la obra, se manifestó algo excesivo en el sosegado movimiento central, lo que no impidió un manifiesto equilibrio expresivo entre la guitarra y la orquesta, hasta llegar a la gran cadenza, en la que Rafael Aguirre estuvo a la altura de sus elevadas exigencias técnicas, exponiendo con reflexiva dicción su concentrado mensaje de reelaboración temática y así demostrar su atesorada musicalidad guitarrística. Con destacado carácter rapsódico interpretó el Allegretto final, llamando la atención el diálogo central con el fagot antes de la caleidoscópica conclusión llena de notas sin destino y de estimulantes acordes intensamente acentuados, que dejaban en todo momento una sensación de muy alto virtuosismo.

Dos obras del repertorio orquestal mejicano sirvieron para ocupar la parte final del concierto: La madrugada del panadero de Rodolfo Halffter y la Suite Redes de Silvestre Revueltas. En ambas se pudo apreciar la alta escuela de dirección del maestro Lomónaco, claro en el gesto y determinante en expresión, cualidades que llevaron a elevar el valor de la obra del compositor madrileño, inspirada en un divertimento coreográfico de José Bergamín, de manera destacada el Nocturno que tiene un imaginativo obstinado del piano que fue muy bien secundado por el violonchelo antes de la Danza final transmitida con precisa claridad expositiva.

Junto al concierto de Villa-Lobos, el otro momento culminante de la velada fue la idiomática versión que el maestro Lomónaco hizo de la suite orquestal Redes de Silvestre Revueltas, cuya música fue seleccionada de la banda sonora del realista docu-film del mismo nombre rodado por el cineasta mejicano Emilio Gómez Muriel en colaboración con el gran Fred Zinnemann en 1935 y el mítico fotógrafo modernista Paul Strand. En el Allegro agitato final se pudo disfrutar de las excelencias de la orquesta y su buena sintonía con el director azteca, loable seguidor de las enseñanzas del Curtis Institute of Music de Filadelfia, una de las mejores escuelas de música del mundo.