ALICANTE / ADDA·Simfònica y Josep Vicent, Wagner sin palabras y sin fisuras

Alicante, Auditorio de la Diputación de Alicante (ADDA), 26-IX-2026. ADDA·Simfònica Alicante. Dirección: Josep Vicent. Wagner: El Anillo sin palabras
Josep Vicent y ADDA·Simfònica han abierto temporada con el cartel de sold out y una apuesta poco habitual: Der Ring ohne Worte, la síntesis instrumental del Anillo wagneriano que Lorin Maazel realizó en 1987. Lo difícil aquí no es tanto dejar que la orquesta cuente por sí sola las casi quince horas de la Tetralogía, sino sostener la plantilla tan extensa que exige Wagner, con sus peculiaridades, y hacerlo, como explicó en la charla previa la concertino Ayako Tanaka, condensando tantos pasajes en tan poco tiempo, algo que genera una dificultad que no es solo técnica, sino también emocional. Tampoco es casualidad la fecha, ya que se cumplen 150 años de aquel primer ciclo completo estrenado en Bayreuth.
Como explica José María Perea en sus notas al programa, Maazel aceptó el desafío de condensar la música de la Tetralogía bajo condiciones muy estrictas: no compondría música nueva, no añadiría notas de su propia cosecha y mantendría las transiciones naturales de la historia a través de los leitmotivs originales de Wagner.
Si algo caracteriza a Josep Vicent y a ADDA·Simfònica es la voluntad de innovar, de buscar siempre algo distinto que aportar a un concierto. Esta noche fue una iluminación dinámica que acompañaba a la música, junto a una proyección que, en algunos momentos, representaba escenas de la propia ópera y, en otros, mostraba en vídeo tanto a Vicent como a los propios músicos. El uso de la luz funcionó muy bien; las escenas proyectadas convencieron menos, aunque aquí entra ya el gusto de cada cual, y no todos las echarán en falta del mismo modo.

Al frente de la orquesta, vimos a un Vicent muy tranquilo, que condujo con una exquisita autoridad, de gesto claro y muy emocional, casi sin gesto de más. Se le notó mucha concentración en una obra de más de setenta minutos sin pausa, en la que cualquier vacilación se paga de inmediato. Sostuvo el pulso de principio a fin sin que el conjunto perdiera nunca la orientación, aunque alguna transición entre los cuatro dramas resultó algo más brusca que las demás. Dirigió sin batuta, y dejó que fuera la orquesta, sin ninguna voz que la ayudara, quien sostuviera por sí sola la carga dramática que en la ópera original recae en el canto. Aquella declaración suya de que Maazel “logra condensar la inmensidad de la Tetralogía sin perder su fuerza narrativa” quedó confirmada con creces.
Ya en la obra, el preludio de El oro del Rin no tuvo un arranque fácil. Ese acorde que tiene que crecer durante varios minutos sin moverse de sitio resultó algo impreciso en los ataques y la afinación, aunque se fue asentando por el camino. A partir de ahí, la noche fue de menos a más: las maderas encontraron enseguida el brillo que pide el motivo del oro, los yunques de la fragua sonaron con su requerida teatralidad y el Valhalla llegó sin que los metales tuvieran que forzar demasiado. La Cabalgata de las valquirias, el momento más conocido de la obra, cumplió a la perfección, con unos metales brillantes y la cuerda marcando el ostinato sin despistarse ni un momento, sosteniendo la tensión.
Después llegó uno de los mayores contrastes de la noche. En el bosque de Siegfried, los Murmullos del bosque piden a las maderas solistas una intimidad muy fina, un cambio radical justo después del fragor de la Cabalgata, y la orquesta resolvió ese salto con gran sutileza en la que cada solista aportó personalidad propia, tejiendo entre todos una textura casi de cámara, muy delicada, que costaba imaginar tras tanto metal. Ya en la cuarta parte, la que cierra el ciclo, la orquesta remató de una manera redonda, equilibrada y sin fisuras después de haber sostenido setenta minutos seguidos sin un solo respiro.
El público, sin embargo, no dejó que la música reposara en el silencio y cortó, en apenas dos segundos, el breve momento que sigue al último compás antes de tiempo. Fue, aun así, el modo en que quiso agradecer una noche tan exigente como excelente.
Darío Pérez Andrés


