AIX-EN-PROVENCE / ‘Don Giovanni’, otra ocasión perdida

Aix-en-Provence. Grand Théâtre de Provence. 14-VII-2025. Andrè Schuen (Don Giovanni), Magdalena Kozená (Donna Elvira), Golda Schultz (Donna Anna), Madison Nonoa (Zerlina), Amitai Pati (Don Ottavio), Krzysztof Baczyk (Leporello), Clive Bayley (El comendador), Pavel Horodyski (Masetto). Estonian Philarmonie Chamber Choir. Orquesta Sinfónica de la Radio de Baviera. Dirección musical: Sir Simon Rattle. Dirección de escena: Robert Icke. Mozart: Don Giovanni.
El Don Giovanni de Mozart es posiblemente el título más complejo y complicado del repertorio operístico de todos los tiempos. Quizás esta apreciación parezca algo exagerada para buena parte de los aficionados, sobre todo los amantes de Wagner o Verdi, pero, sin ánimo de polemizar, pienso que el equilibrio y la perfección que encierra la obra maestra del genio de Salzburgo no tiene parangón. Wagner afirmó sobre ella “que era la ópera de las óperas” y Verdi reconoció que él mismo tenía talento para el drama, pero que Mozart era el compositor con más talento para la conseguir la belleza. La complejidad surge precisamente en cómo conseguir esa belleza de la que hablaba Verdi, y recrear a partir de una partitura y los medios humanos disponibles, un universo único.
¿Y la complicación? Pues aquí está el quid de la cuestión. La complicación radica en poder conseguir y equilibrar una obra abierta que permite infinitas lecturas. No basta con tener un reparto vocal perfecto, disponer de una orquesta de calidad y que posea en su ADN el estilo mozartiano, contar con un maestro capaz de entender la compleja psicología de sus personajes y que además sea capaz de traducir los intríngulis que encierran todas esas notas, sin perder durante tres horas largas un ápice de la tensión dramática y emocional que posee la obra. Pues bien, quizás todos estos mimbres juntos no sean suficientes para alcanzar la belleza del Don Giovanni de Mozart y Da Ponte.
Durante casi medio siglo de militancia musical activa y desde mi primer Don Giovanni, allá por 1977, he tenido la oportunidad de presenciar en vivo 55 producciones diferentes y cerca de 300 representaciones. Yo mismo impulsé seis propuestas diferentes de esta ópera imposible: cuatro en el Festival Mozart de Madrid (1988 – 1997), una en el Mozart de A Coruña (2000) y la última en el Teatro Real (2005). Fue el primer título (heredado) de mi gestión artística en el teatro madrileño. ¡También fue mala suerte! Pues bien, reconozco que no acertamos con ninguna de esas producciones escénicas. Siempre faltó algo. Y de las 55 que he presenciado en vivo, no ha habido una sola que me haya convencido plenamente.

Viene a cuento toda esta prolija perorata como reflexión personal tras haber asistido a una nueva propuesta de esta ópera mozartiana en la septuagésimo séptima edición del Festival de Aix-en-Povence. Ha sido la cuarta que he podido presenciar en vivo, tras aquella histórica producción de 1988, estrenada por Daniel Harding y Claudio Abbado (por este orden). Aquel Don Giovanni supuso el espaldarazo internacional de Abbado a un jovencísimo y desconocido director británico, que aún no había cumplido los 23 años. Fue la propuesta escénica que más me impactó en 25 años, pues Peter Brook no pudo hacer más con menos. La producción se repuso en dos ocasiones más, 1999 y 2002, pero solo con Daniel Harding en el foso. La evolución musical de aquel chico de Oxford fue in crescendo, pero sin alcanzar nunca altas cotas interpretativas. Tampoco ayudaron los diferentes repartos.
Una ópera emblemática en Aix
El Festival de Aix ha estrenado en total ocho producciones diferentes de la obra maestra de Mozart, desde aquellas históricas representaciones de 1949 en la segunda edición de un incipiente festival, que inauguraba el Théâtre de l’Archevêché y utilizó por primera vez la actual denominación: “Festival international de Musique d’Aix-en-Provence”.
La penúltima producción, estrenada en 2017, fue diseñada por el dramaturgo Jean François Sivadier, gran conocedor de la obra desde una perspectiva tanto operística como teatral, pero no terminó de cuajar, aunque se salvaron los muebles gracias a los buenos oficios musicales de Jérémie Rhorer, al frente de su Cercle de l’Harmonie y un reparto solo correcto.
Peores notas obtendría la fallida producción del controvertido director ruso Dimitri Tcherniakov (2010) y un discreto Louis Langrée al frente de la Orquesta Barroca de Friburgo. La producción llegó en 2013, tras su reposición en Aix, al Teatro Real de Madrid, de la mano de Mortier, quien consiguió empeorarla (aún más) con Alejo Pérez en el foso.
Pues bien, con este precedente resultaba comprensible que el nuevo Don Giovanni, que se escenificaba por primera vez en el Gran Teatro de Provenza, despertara una gran expectación. Sobre todo, por la presencia de Sir Simon Rattle en el foso al frente de su sensacional Orquesta Sinfónica de la Radio Bávara. Aunque el maestro británico nunca fue un gran mozartiano, sí es un director extraordinario. Años atrás tuve la oportunidad de escucharlo en vivo con esta misma ópera en el Festival de Glyndebourne (1994), al frente de la orquesta de The Age of Enlightement, con una rompedora producción de Deborah Warner que levantó ampollas.
El veterano director de Liverpool, que este año ha cumplido los setenta, plantea un Mozart de corte moderno, dinámicas muy contrastadas, poco vibrato en las cuerdas, tempi ligeros y una claridad de texturas ejemplar. Es posible que su visión de hoy de la partitura mozartiana no tenga el desparpajo de aquellas desenfadadas funciones de Glyndebourne, de tiempos aún más rápidos. Pero ahora hay mayor enjundia.
Rattle consigue momentos bellísimos, especialmente en el acompañamiento de algunas arias (Dalla sua pace de Don Ottavio, Mi tradì de Donna Elvira) y crea una tensión arrebatadora en la escena final, con unos ataques secos y precisos de los metales, logrando así un impacto sonoro subyugante. Escuchar a la orquesta bávara (con 49 músicos) en el foso es un verdadero regalo de los dioses. Las maderas son excelsas, especialmente el primer clarinete y la flauta solista; las cuerdas no pueden ser más aterciopeladas y los metales, nunca estridentes, están perfectamente empastados. Por destacar algo, los tres trombones (naturales) consiguieron un efecto sonoro conmovedor en la escena de la estatua del Comendador.
Las voces
Decía Thomas Hampson que Mozart es el ADN para un cantante de ópera y no es solo una cuestión de estilo. No le faltaba razón. La distribución vocal estuvo encabezada por el barítono italiano Andrè Schuen como Don Giovanni. Fue el único que cantó en lengua canónica y con una dicción clara. El conjunto del reparto parecía una reunión de la ONU: dos polacos (Leporello y Masetto), una sudafricana (Donna Anna), una checa (Donna Elvira), un samoano (Don Ottavio), un inglés (Il Commendatore) y una neozelandesa (Zerlina). Siete acentos diferentes y un italiano deficiente en general.
Schuen encarnó un Don comedido, con una bellísima línea de canto (sensacional su delicada Serenata del segundo acto) y puso arrojo en la famosa aria del champán. Su actuación escénica fue sobresaliente, teniendo en cuenta las exigencias dramáticas, tan absurdas como exageradas del regista. Vestido con un chándal blanco de chico de barrio marginal, se pasó la función deambulando por el escenario medio zombi con una postura desgarbada y las manos en los bolsillos.

El sirviente Leporello fue cantado por el bajo-barítono polaco Krzysztof Baczyk, un hombretón de casi dos metros de altura, de voz enorme, correcta dicción italiana, pero poco refinado. Visualmente parecía que se había cambiado el papel con el amo. Vestido con elegante chaqueta blanca y pantalón negro, parecía un gentleman o quizá un camarero del Café Gijón de Madrid.
Es justo destacar la interesante voz del joven bajo Pawel Horoddyski, de apenas 25 años, aún en periodo de formación y con una buena carrera por delante. Posee una voz importante, fresca y bien proyectada. Fue la sorpresa de la noche.
Amitai Pati es un tenor que canta con gusto, pero con voz muy pequeña y aniñada. Muy probablemente no pasaría de la primera ronda de un concurso tan exigente como Operalia. El veterano bajo británico Clive Bayley encarnó un Comendador con muy poco interés vocal o escénico. Una actuación para el olvido que supuso un lastre para la aterradora secuencia final.
Las dos damas estuvieron bien vocalmente. El rondó de Donna Anna Non mi dir fue lo mejor de la noche en la atractiva voz de Golda Schultz, una soprano que lució rico material canoro y un penetrante metal. Una pena de dicción, que no le permitió brillar como debiera al fascinante personaje de Anna.
Magdalena Kozená, es una mezzosoprano aguda con una importante carrera a sus espaldas. Canta con buen gusto. No obstante, el exigente rol de Donna Elvira le quedó un tanto justo por arriba, ya que no es su tesitura vocal. Sin embargo, si fue una excelente actriz otorgándole a la esposa del libertino ese punto de histerismo tan adecuado. Por último, a la Zerlina de Madison Nonoa —de voz muy ligera, proyección justa y un italiano ininteligible— le faltó gracejo. No es casual que ninguna de sus dos arias no fuera aplaudida, cuando suelen ser las favoritas del público.
La producción
No me voy a extender demasiado sobre la dirección de escena. No merece la pena. Tan solo anotar que la escenografía, muy abierta y escueta de Hildegard Bechtler, era demasiado oscura y poco atractiva. Los videos de Tsi Yarden tampoco aportaron nada especial al desarrollo dramático y resultaron molestos en los primeros planos de los cantantes porque no estaban sincronizados con el canto. Lo peor de todo fueron los diversos ruidos pregrabados, que solo ensuciaron el desarrollo natural de la acción.
El director de escena, Robert Icke (Stockton-on-Tees. Reino Unido, 1986), es ya un reconocido dramaturgo en el Reino Unido y Estados Unidos (debut profesional en 2011). Cinco años después, en 2016, se convirtió en el ganador más joven del Premio Laurence Olivier al mejor director teatral. Alumno de Peter Brook, no deja de ser curioso que haya sido elegido para escenificar esta complicada ópera en Aix y debutar en el mundo lírico. Sin duda, una mala elección.

Para desarrollar su propuesta escénica Robert Icke parte de una pregunta, la que hace Leporello a Don Giovanni al final del duelo inicial: “¿Quién ha muerto? ¿Tú o el anciano?” La cuestión parece absurda, pero tiene su miga. En el inicio del drama original: un anciano es asesinado por un joven, quien luego parece querer escapar, al final regresa el anciano y arrastra al joven a la muerte.
Empieza la función a telón abierto, pero sin música, tan solo oiremos una larga e injustificada sucesión de ruidos amplificados. Al fondo del escenario, en un piso superior, un anciano (El Comendador) sufre un infarto de miocardio, mientras escucha Las Bodas de Fígaro en un viejo gramófono. Pero no muere, como nos descubrirá el regista en la escena final de la ópera tras su fatal reencuentro con Il dissoluto punito. Don Giovanni desaparece del mundo debajo de la mesa de la cena y el Comendador será conducido a una UCI improvisada, para dar paso a la tradicional moraleja conclusiva, auténtico anticlímax de este impactante drama jocoso.
La peregrina idea de Robert Icke estriba en que Don Giovanni y el Comendador pudieran ser una misma persona. El libertino sale mal herido del duelo con un progresivo deterioro físico y psicológico durante la acción teatral (nada nuevo, pues esto ya lo había inventado Claus Guth en el Festival de Salzburgo de 2010). Se suceden las escenas y el Comendador sigue deambulando por el escenario hasta su reaparición final. Es como si estuviera vigilando las fechorías de Il dissoluto punito. Entre tanto, se suceden una serie de estúpidas invenciones y absurdas adulteraciones del libreto original, que no aportan nada coherente a la obra, pero si pueden confundir al respetable. Un público que, a tenor de las crónicas, se empleó a fondo con sus abucheos en la noche inaugural. Y a partir de este punto, sinceramente no merece la pena comentar nada más. Al final, fue otra ocasión perdida.
(foto: Monika Rittershaus)


