A propósito de ‘Tránsito’, de Jesús Torres: la Generación de Max Aub

A propósito de ‘Tránsito’, de Jesús Torres: la Generación de Max Aub

“El teatro se compone de cuatro elementos; el uno, accesorio, los otros fundamentales. El primero es el edificio; los otros el actor, la obra y el público. Sin el primero puede existir el teatro; sin los otros, no” (Max Aub)

Al reseñar el estreno de la ópera Tránsito, de Jesús Torres, anuncié continuar con el autor Max Aub, en uno de cuyos dramas breves se basa el libreto.

Pertenece Max Aub a lo que suele llamarse “generación de la República”, que está formada por al menos cuatro grandes grupos. Primero, el de los que son sobre todo poetas, la que Dámaso Alonso llamó con buena voluntad y bastante torpeza generación del 27, pero qué iba a hacer el hombre, aquí, en su exilio interior, no podía ni mencionar la República, salvo en clave denigratoria, y eso no iba con él. Con tal apelativo se ha quedado, ay. Es la generación de Alberti, apenas un año mayor que Max Aub, la de Federico, la de Cernuda, el que murió en México, no lejos de Max, convencido de que en su patria lo habían olvidado; es la que llega hasta Gil Albert, la de Salinas y Altolaguirre, la de Prados y Gerardo Diego. La otra es la de Max Aub, Juan Chabás y Arturo Barea, entre otros. Son narradores o ensayistas traumatizados por una guerra que nunca debió estallar, pero que unos cuantos monárquicos prepararon con cuidado, y con desidia de las autoridades republicanas, desde el mismo 14 de abril de 1931, muy pronto en conspiración con una potencia extranjera, la Italia de Mussolini; lo explica muy bien y con documentos, no con fantasía castiza, el historiador Angel Viñas, en ¿Quién quiso la guerra civil? Historia de una conspiración (Crítica, 2019), mas también en otros libros. La tercera es la de los humoristas, la que José López Rubio denominó “la otra generación de 27”: Edgar Neville, Jardiel, Ugarte, Tono, incluso Mihura, y el propio López Rubio (todos, con la sombra o la luz de Ramón Gómez de la Serna, de la generación anterior), hábiles, magistrales dramaturgos y a veces cineastas, los que marcharon a Hollywood para escribir diálogos cuando aún no se había inventado el soundtrack. Estos no apoyaron a la República, al contrario. Felizmente, en lo artístico hubo gente como ellos en la España devastada de las dos décadas siguientes.

Ahora bien, hay otra generación de la República, o el del 27, tal vez más cercana a lo que se suele tratar en Scherzo, la generación de músicos como Adolfo Salazar, que fue compositor antes que ensayista y teórico; Julián Bautista, Salvador Bacarisse, Gustavo Pittaluga, Rodolfo y Ernesto Halffter, Robert Gerhard, Fernando Remacha… y muchos más. El exilio destrozó la carrera creativa de algunos de ellos; el exilio interior ensombreció la creatividad y la vida de casi todos los que se quedaron, como Remacha. Hay que repetirlo, no solo para no olvidar, sino sobre todo para hacerse cargo del desastre: lo que se perdió por la guerra es algo tan enorme que acaso no nos hayamos recuperado de ello en lo cultural, ni siquiera en el campo de la historia, todavía falseada por los detentadores de una victoria que, según parece, se hereda sin impuesto de sucesiones.

Y es que mientras se exiliaba lo mejor de la cultura española, salvo los fusilados, en España quedaba el poema del ángel aquel, hoy pieza de comicidad involuntaria cuando se puede acceder a ella; su autor, un tal Pemán, pluma perpetuamente recompensada hasta su muerte en 1981. Y grandes novelistas como García Serrano o Agustín de Foxá, aguerridos acusadores del terror rojo. El olvido que los cubre no solo se debe al escaso valor de sus obras, es que nuestro pueblo es poco leído y poco memorioso. El caso es que eso quedaba aquí, y se marchaba gente como Max Aub, que no había cumplido treinta y tres años en aquel mes de enero de 1939, y había hecho el año anterior una película con André Malraux, L’Espoir, Sierra de Teruel. Y teatro con La Barraca y con García Lorca.

“La guerra, para la gente de mi generación, y la de las dos anteriores, y la posterior, ha sido la Gran Cosa, con mayúsculas; lo determinante de nuestra manera de vivir, si no de entender el mundo y morir” (Max Aub).

Nota: En la foto que ilustra esta noticia aparecen Max Aub, a la izquierda, y André Malraux, con una cámara, durante el rodaje de Sierra de Teruel.