A CORUÑA/ Urbieta-Vega se hace con Tosca a la primera

A Coruña. Palacio de la Ópera. 24-X-2026. Temporada Lírica de Amigos de la Ópera.Miren Urbieta-Vega, Ragaa Eldin, Carlos Álvarez, Javier Agudo, Valeriano Lanchas, Enrique Martínez, Pedro Martínez Tapia, Daniela Quiza y Antonio Facal. Orquesta Sinfónica de Galicia. Coro Gaos Coro Infantil Cantabile. Director musical: Oliver Díaz. Director de escena: Paul-Émile Fourny. Puccini: Tosca.
Tras el descubrimiento de Jenufa, los Amigos de la Ópera de A Coruña han cerrado su brevísima temporada con la vuelta al repertorio más manido: Tosca de Puccini. La producción del Opéra-Théâtre de Metz Métropole, estrenada en 2017, resulta funcional y cómoda para el espectador a excepción de la presencia entre absurda e inútil de unos figurantes que moviéndose a ritmo de Bill Viola acompañan a los protagonistas con una intención analítica que a este crítico se le escapa. Uno ha visto ya de todo, pero esto, al menos, y sobre ser innecesario, posee la impagable ventaja de no molestar demasiado una vez que se toma la decisión de pasarlo por alto. La escenografía es clara, definida por unos neones en los laterales del escenario y en determinados momentos se añaden unos videos de efecto igualmente discutible, así en la imagen que pinta Cavaradossi como, sobre todo, en el tercer acto, donde lo evanescente se come dos referencias importantes: el paisaje que evoca el canto del pastor y la visión de la Roma a la que hacía temblar Scarpia. Reduce igualmente el drama a su final al convertir el suicidio de la protagonista en una inmersión en un magma coloreado. Mejorable la dirección de actores, con esa manía ya tradicional de hacer que Cavaradossi cante su “E lucevan le stelle” de rodillas no se sabe muy bien por qué. Lo mejor resultó el segundo acto, desarrollado en el despacho de un Scarpia que no necesita adornar su crueldad con demasiada pompa. ¿Podía pedirse más? Pues se supone que no demasiado dadas las circunstancias presupuestarias y el manifiesto contento general al salir a saludar el responsable de la producción.

En lo canoro el nivel fue muy estimable. La donostiarra Miren Urbieta-Vega debutaba Floria Tosca y dejó muy claro que puede ser uno de los grandes papeles de una cantante que va claramente a más. Posee la voz, el grano dramático, la densidad necesaria y la flexibilidad anímica de quien sufre de celos y es capaz de asesinar por el amor a su hombre y a la libertad. El tenor egipcio Ragaa Eldin cumplió en “Recondita armonia” y se creció en un “Adiós a la vida” que le procuró los aplausos que se le negaron en su aria de salida. Urbieta-Vega y él mismo no acabaron de dar la intensidad necesaria a su dúo del primer acto, mientras que aquella y Scarpia sí que aprovecharon el drama que Puccini les hace compartir en ese lugar “donde sólo hay lágrimas”. Carlos Álvarez mostró su indiscutible magisterio como tantas otras veces. Su aparición y su proclamación depredadora en el Te Deum empezaron a mostrar que es un artista de los de verdad, de esos que demuestran que lo son con sólo estar. Lástima que la potencia sonora de la orquesta, añadida a la deficiente acústica del Palacio de la Ópera, lo tapara demasiado en ese fin del acto primero. Su Scarpia es una creación que sabe incidir con inteligencia en la crueldad del personaje y hasta sus limitaciones respecto de los momentos álgidos de su carrera se convierten aquí en posibilidades de profundización en el mismo.

Párrafo aparte para dos secundarios de muy distinto origen. El colombiano Valeriano Lanchas fue un Sacristán de lujo, por físico y por voz, como si hubiera nacido para ese papel aunque sepamos que excede igualmente en otros —se va a Bogotá a hacer la Novena de Beethoven. Y mucho ojo con la jovencísima Daniela Quiza, que hizo un pastor de antología al que no ayudó ni la escenografía ni el vestuario. Esos minutos inefables que Puccini le concede en el amanecer romano son un bocado exquisito que la coruñesa supo aprovechar con excelencia. Cumplió sin apuros el resto del elenco. Muy bien los coros bajo la dirección de Fernando Briones y Pablo Carballido.

La dirección de Oliver Díaz resultó en general muy pucciniana y aunque sobrara potencia en el primer acto el resto transcurrió de manera ejemplar. Una orquesta como la OSG es un lujo en el foso que muy pocos teatros pueden procurarse. En plena forma como está, se sabe dueña de ese poderío que, sin embargo, requiere adaptarse a lo específico del trabajo en la ópera. El maestro asturiano fue embridando tanta brillantez hasta cuajar una estupenda versión en la que solistas de clarinete y violonchelo fueron como las muestras individualizadas de la clase del conjunto.
Luis Suñén
Fotos: Alfonso Rego


