A CORUÑA / Trigueros y la OSG: de la mejor música española

A Coruña. Palacio de la Ópera. 12-VI-2026. Orquesta Sinfónica de Galicia. Director: José Trigueros. Obras de Del Puerto y Albéniz/Guerrero.
La Orquesta Sinfónica de Galicia ha apostado por la música española para su último programa de la temporada. Por la gran música española, diríamos yendo más allá, y afrontando ese riesgo inherente al caso que supone ofrecerla en esa cita postrera que se supone ordinariamente tan festiva. Cambiar ese gran repertorio más habitual —Albéniz es grande pero no habitual en este formato— es una muestra de madurez por parte de la OSG que, además, ha sabido conformar una propuesta de más que evidente coherencia interna, con un estreno absoluto que liga a su autor con su maestro aunque este se nos aparezca esta vez como traductor orquestal de esa absoluta genialidad pianística que es Iberia.
El estreno era la Sinfonía nº 6 de David del Puerto (Madrid, 1964), un compositor de un catálogo amplio y repartido en muy diversos formatos que incluyen el instrumento solista, las canciones, la ópera, la zarzuela de bolsillo, la electrónica y la música para orquesta. La nueva obra es un encargo de la Asociación Española de Orquestas Sinfónicas para su estreno por la OSG, quien ya ofreciera la Sinfonía nº 5 en Santiago, el 11 de agosto de 2023, bajo la dirección de Pablo Rus Broseta en el contexto de Música en Compostela. En su Sexta el compositor madrileño muestra sobradamente su madurez, su sabiduría y esa autodefinición que cita Teresa Cascudo en sus notas: el ser “irremediablemente sincero”. Ya sabemos que la sinceridad no es en el arte un valor en sí mismo si no se traduce, primero, en la libertad de hacer lo que uno quiere y luego en el pertinente logro estético de las intenciones. A partir de ahí cuenta la relación entre recursos técnicos y eso que llamamos inspiración. El resultado es aquí magnífico. A partir de una cita de la Pasión según San Juan de Schütz —y con rasgos que remiten por momentos a Michael Tippett o a Huw Watkins —, las células se originan y se combinan, los climas se suceden y se complementan, se muestran y se reconocen. Todo ello con una fluidez que no ceja en su contenido emocional, que admira y seduce al mismo tiempo en su discurrir sin pausas. Acaba de escribir Del Puerto un Concierto para orquesta pero esta Sexta tiene ya mucho de eso y los atriles de los sinfónicos coruñeses, estupendamente concertados por ese seguro de vida que se llama José Trigueros, respondieron de largo a la exigencia planteada por el autor. Un estreno servido como debiera ser siempre.
La segunda parte unía a Del Puerto con su maestro Francisco Guerrero (Linares, 1951-Madrid, 1997) de quien se ofrecían sus orquestaciones de cinco fragmentos de Iberia de Albéniz: Corpus Christi en Sevilla (Fête-dieu à Seville en la partitura), Almería, El Albaicín, El Polo, Málaga y Jerez —de la que le comentaba a su amigo Joaquín Malats que “sin ser de González Byass espero habrá de agradarte”— y que en 2006 la Sinfónica había grabado bajo la dirección de José Ramón Encinar. Guerrero dejó inconclusa la tarea de trasladar a la orquesta la suite completa y su también alumno Jesús Rueda se hizo cargo del resto, por supuesto a su manera propia.
Habría que partir de la base de que Iberia es muy difícil de orquestar, casi se diría que imposible —basta escuchar una buena versión del original pianístico—, más difícil seguramente que Cuadros de una exposición de Mussorgski, que tan buena fortuna tuvo con Ravel. No llegó a eso ni mucho menos Enrique Fernádez Arbós —que se benefició por contrato de la exclusiva pero no llegó a rematar la tarea— en la más conocida y habitual de las transcripciones, demasiado externa por más que brillante, ni Carlos Suriñach, algo parecido, ni Stokowski —sólo el Corpus— ni Peter Breitner —el único de ellos que consiguió llegar al final—, más de lo mismo. La línea divisoria entre las citadas y la de Guerrero —en la modesta opinión de este crítico, la mejor de todas— es la superposición inevitable de la creación propia sobre la creación ajena, autoafirmarse en el estilo sin negar el objeto, asumir la realidad de este sin traicionarla porque no coincida con la de aquel, sortear, en suma y con suficiencia, la tentación de la paráfrasis. Lo explicó muy bien Trigueros en sus palabras previas y lo llevó a cabo con soltura y compromiso con una orquesta que tiene entre sus miembros a un formidable transcriptor de Iberia, en su caso para quinteto de vientos: el oboísta David Villa. Trigueros sirvió con excelencia a Albéniz y a Guerrero enfrentándose con acierto a algún problema de la propia orquestación —que los micrófonos de una grabación pueden soslayar más fácilmente—, como el peligro de que en los momentos más exaltados de Corpus Christi en Sevilla metales y percusión oculten demasiado a las maderas en el contrapunto en el que se ocupan del tema principal. Y captando algún guiño no baladí como el linarense parece hacer a Maurice Ravel en El Albaicín.
Un sobresaliente concierto y un aleccionador final de temporada con música española de primera clase. El éxito fue enorme y, a su término, la orquesta ovacionó con cariño y energía a quien es su director asociado y un músico de la cabeza a los pies.
Luis Suñén
(Foto: Pablo Sánchez Quinteiro)


