A CORUÑA / Trigueros, Ferrer y la OJSG: entusiasmo y aprendizaje

A Coruña. Palacio de la Ópera. 10-I-2026. Orquesta Joven de la Sinfónica de Galicia. Álvaro Ferrer, clarinete. Director: José Trigueros. Obras de Verdi, Mozart y Chaikovski.
Los conciertos de las jóvenes orquestas son siempre, aquí y allá, motivo de celebración. El entusiasmo del escenario, la emoción de la audiencia, en buena medida familiar, lo asequible muchas veces del repertorio y la felicidad que destilan los jóvenes músicos contribuyen a que la sesión sea lo más parecido a una fiesta, incluidos naturalmente, los aplausos entre movimiento y movimiento y los gritos que de un tiempo a esta parte se añaden a los bravos de toda la vida. Da igual. El aficionado a quien no gusten estas cosas lo tiene difícil y más le vale acostumbrarse a que es lo que hay. Como el crítico a relativizar sabiendo que lo que tiene ante sí no es una orquesta profesional ni, desde luego, la Gustav Mahler Jundgenorchester.
Buena costumbre es igualmente incluir en el abono de la Sinfónica de Galicia un concierto de su hija artística, que cumple ya los veintidós años, pues ello hace que esta sea vista como lo que es en realidad, un vivero para la orquesta madre y un acicate para preparar aún mejor el proyecto, para hacer todo lo posible para sacar buena nota. De otra parte, a la vista de los ahorros necesarios para la OSG la idea resulta no sólo artística sino además económicamente rentable.
El concierto comenzó con la obertura de La forza del destino de Verdi en una versión en la que José Trigueros primó precisamente lo que la pieza podía tener de prólogo al melodrama, como si nada más terminar fuera a abrirse un telón imaginario. Primó el sentido teatral y el resultado fue una lectura muy interesante, un punto áspera, pero muy verdiana también por eso, por mor de la fuerte impronta de los metales, y en la que el director desgranó muy bien cada tema principal. Le seguiría el Concierto para clarinete de Mozart con Álvaro Ferrer como solista. De formación amplia y con ocupación múltiple por el mundo adelante, lució, además de bello sonido y sobrada competencia técnica, una envidiable desenvoltura escénica. Trigueros planteó la pieza partiendo de la evocación de un estilo galante que para Mozart y para el mundo había desaparecido para llegar hasta ese desenlace aparentemente feliz que pasa por la peculiar melancolía del memorable tiempo lento. Como encore, el Tico-tico, de Zequinha de Abreu, en el que Ferrer fue acompañado por el maestro con unas maracas de esas que tienen forma de huevo y con el que se metió al respetable en el bolsillo.
La Cuarta de Chaikovski fue muy directamente al grano. No faltaron ni el dramatismo en su punto de los avisos dramáticos de los metales al inicio, ni la voluntad expresiva en el diálogo de las maderas luego. Bien la oboe en el Andantino in modo de canzona y resuelto con gracia suficiente el pizzicato del Scherzo – con la pícolo echando el resto a continuación, en su tan traicionera parte. El Finale respondió al planteamiento general con ese punto exultante que habíamos advertido en Verdi. Pero del mismo modo hay que decir que Trigueros procuró en todo momento conducir la obra por senderos expresivos que requerían un cuidado especial, independientemente de cómo se lograra resolverlos. Me parece que eso es muy importante en el encuentro de una orquesta joven: saber qué hay que hacer y saber que sin esa exigencia el resultado podrá ser muy brillante, pero incompleto. Hizo trabajar bien las dinámicas, la expresividad de cada atril principal y del conjunto en una labor que creo que aportó muchas cosas positivas a la formación de quienes tienen como espejo a la Orquesta Sinfónica de Galicia.
Luis Suñén
(Foto: Pablo Sánchez Quinteiro)


