A CORUÑA / Slobodeniouk y la OSG: la madurez bien visible

A Coruña. Palacio de la Ópera. 5-VI-2026. Orquesta Sinfónica de Galicia. Director: Dima Slobodeniouk. Obras de Debussy, Falla y Ravel.
Que la madurez es un grado quedó demostrado en este penúltimo concierto de abono de la Orquesta Sinfónica de Galicia. Su anterior titular, Dima Slobodeniouk, a quien tanto debe la formación coruñesa, y que tan bien se fogueó con ella, es hoy huésped habitual en Berlín, Boston, Cleveland y otras plazas de primera, su nombre suena para titularidades de altura y acaba de ser nombrado director principal de la Ópera de Finlandia sucediendo en el puesto a Hannu Lintu. Slobodeniouk acaba de cumplir los cincuenta y uno, que es una edad en la que la madurez artística empieza a aflorar y a manifestar sus mejores síntomas cuando ha sido adecuadamente buscada. Pues bien, en este programa se ha puesto claramente en evidencia esa madurez en marcha que se corresponde, además, con la seguridad y la soltura que produce el trato habitual con grandes orquestas en las que preguntas y respuestas se plantean y se resuelven casi al mismo tiempo.
A eso hay que añadir la coherencia del programa elegido. Las obras que lo integraban se habían compuesto en un periodo de sólo treinta años y, salvo la Rapsodia española de Ravel estaban escritas o pensadas —recordemos la frustración de este cuando Diaghilev rechaza La valse— para la escena. Añadamos el interés de colocar a Falla en un contexto del que bebió primero para luego irse liberando mientras se autoafirmaba desde su muy peculiar vida interior.
Empezamos con una excelente lectura del Preludio a la siesta de un fauno de Debussy que nos permitió ver algo muy interesante cuando hablamos de madurez, de lo que se advierte, pero también de lo que se intuye. Y es que dio la sensación de que todavía Slobodeniouk puede ahondar en el discurso prodigioso del autor. Todo fluyó con coherencia, intensidad y belleza sonora pero aún quedó por expresar el punto último de voluptuosidad no exenta de emoción —no faltaba más— que propone la partitura en ese momento álgido que todo amante de esta música conoce y espera al borde de su butaca.
De El amor brujo se escogió la suite de la versión del estreno en 1925, es decir, sin los episodios vocales —en el programa de mano figuraba el índice de la edición completa, lo que desconcertaba un poco. La OSG, que ya había mostrado sus credenciales fallescas con Roberto González-Monjas en esta misma temporada —para la próxima se anuncia La vida breve— respondió a la perfección al concepto del maestro ruso-finés, que no rehúye la densidad sonora propia del orgánico abundante que Falla quiso para el estreno del ballet definitivo. Eso permitió que pudiéramos escucharlo en una propuesta que ha perdido enteros en las programaciones frente a versiones anteriores que permiten la presencia de cantaoras —de las mezzos olvidémonos— a veces distorsionadas por amplificaciones inadecuadas. Ya sabemos que hay que llegar como es debido a “Las campanas del amanecer” y a la gloria de Candelas, y aquí se llegó de sobra.
De Ravel, hace algunas temporadas, Slobodeniouk había ofrecido una sobresaliente Daphnis et Chloé completa que mostraba ya una indudable afinidad con el compositor vascofrancés y que aquí se manifestó radiante en la Rapsodia española y, sobre todo, en La valse. La primera estuvo magníficamente articulada en esa antología de mesura expresiva y de riqueza tímbrica que manifiestan los tres primeros movimientos. La luminosísima Feria, estupendamente resuelta en sí misma, resultó, además, un anticipo de lo que enseguida sería La Valse: el momento culminante del concierto y uno de los más grandes de la temporada y de muchas temporadas, de esos que quedan en la memoria de cualquier aficionado. Con un Slobodeniouk dominador y relajado al mismo tiempo, consciente de lo que una Orquesta Sinfónica de Galicia a la que conoce a la perfección es capaz de dar en este su mejor momento de siempre, firmó una versión colosal de semejante obra maestra. El virtuosismo de los primeros atriles más la redondez sonora del conjunto permitieron que todo lo que la pieza tiene de brillantez y de ironía, de luz y de sombra —“ese gran y trágico vals”, como lo llamara Jankélévitch— apareciera en plenitud. Hubo concepto y estilo —muy francés a veces, muy pre-Poulenc— y un desempeño técnico ejemplar por parte de batuta y orquesta sin el que aquí nada es posible. Esos “desmayos” que casi al final nos conducen por el equívoco crescendo conclusivo fueron muestra señera de un extraordinario concierto.
Luis Suñén

