A CORUÑA / Perianes y la OSG culminan su gran aventura beethoveniana

A Coruña. Palacio de la Ópera. 29-V-2026. Orquesta Sinfónica de Galicia. Piano y director: Javier Perianes. Beethoven: Conciertos 2, 4 y 5.
La relación de Javier Perianes con los conciertos para piano y orquesta de Beethoven ha crecido a lo largo del tiempo en hondura y en extensión, de manera que cada uno de ellos ha adquirido en sus manos una manera cada vez más personal de negociarlos —la sombra de Barenboim, si un día fue tutelar, hoy ya no es alargada— mientras, al mismo tiempo, el conjunto aparece como un desafío que aúna lo que de proeza tiene el abordarlo como tal con el resolver las diferencias y las similitudes entre sus cinco componentes, porque si se proponen juntos, aunque sea en dos mitades, es por y para algo.
Tras ofrecer, en 2019, la integral en dos días consecutivos con Juanjo Mena y la Filarmónica de Londres en Madrid y en la capital británica, Perianes se encerró el 22 de junio del pasado año con los cinco miuras en el Auditorio Nacional de Madrid en un par de memorables sesiones en una misma jornada con la Orquesta de la Comunidad Valenciana y el propio pianista onubense como solista y director. En estos días, de nuevo con la magnífica formación levantina y también en el doble papel, ha rematado la grabación del ciclo para Harmonia Mundi, su casa madre discográfica desde que la gran Eva Coutaz le tirara los tejos y el joven artista decidiera sagazmente desoír otros cantos de sirena que por entonces trataban de atraerlo.
En octubre de 2024 Perianes y la Sinfónica de Galicia ofrecían, con Primero y Tercero, una primera sesión que se completaba este fin de semana con Segundo, Cuarto y Quinto. No hace falta pensar en la proeza madrileña para darse cuenta de que incluir en un solo programa estas tres muestras del genio beethoveniano es ya de por sí todo un desafío para la concentración de intérpretes y público y, sobre todo, para la idea, la técnica y la resistencia de quien hace doblete frente al teclado. Respecto del concepto compositivo, la propia sucesión de las obras lo atestigua perfectamente, desde el poso clasicista hasta ese dominio del creador como demiurgo que aparece en el Emperador como en la Tercera Sinfonía, en la Novena y, sobre todo, en la Missa Solemnis.
Quizá esa variedad de valores conceptuales y expresivos permita, en cierto modo, que la escalada hasta la cima pueda ser más llevadera, prepararse con una cautela que no debe nunca manifestar temor ante lo que se avecina. Tal vez por eso Perianes hizo como los corredores de fondo, no salir de una manera explosiva sino ir ordenando la esencia y su circunstancia. Por cierto, con gesto rector en el que la mirada tiene una importancia muy especial. El Segundo —en realidad el primero en el orden de escritura— fue decididamente clásico, partiendo de un orgánico muy bien medido, aunando ligereza y transparencia. El maestro tomó la decisión de no utilizar la larga y un tanto desequilibrante cadenza original de Beethoven y preferir la mucho más breve y funcional de Wilhelm Kempff, empañada en sus instantes finales por un teléfono móvil criminal.
El Cuarto se ha convertido en una de las obras fetiche de Perianes, indudablemente seducido por lo que tiene de originalidad entre sus compañeros de catálogo, con ese arranque verdaderamente inefable. Aquí la cadenza sí fue la del autor y el de Nerva la negoció con la maestría propia del caso, es decir, sabiendo que tiene pleno sentido su desarrollo no ya como afirmación del solista sino como parte esencial del movimiento todo. Tras un intensísimo Andante con moto, en el fulgurante Rondó —con una OSG incandescente— se produjo una de las cimas de la velada: los pasajes en los que se unió al piano el violonchelo de Raúl Mirás, quien, por cierto, colaboró en la grabación citada con la OCV. Maravillosa, casi fugitiva música de cámara como muestra de una idea que aflora constantemente en el trabajo rector de Perianes.
El Emperador, enérgico pro vivaz, resultó de una frescura que quizá pudiera sorprender al respetable más hecho a versiones directamente musculadas pero que se agradeció en cuanto permitía escuchar una música a menudo impostada más de la cuenta y sin perder para nada su facundia sinfónica. El momento culminante para muchos entre los que me encuentro es el de la transición attacca entre el Adagio un poco mosso y el Rondó. Hay que hacerla bien porque, si no es así, la grieta afeará el conjunto. Perianes lo hizo estupendamente, y de ahí hasta el final la alternancia propia del caso resultó plenamente gozosa.
Una feliz Orquesta Sinfónica de Galicia volvió a mostrarse como el magnífico instrumento que es, con esa confianza en sí misma que ayuda a que aflore toda la calidad que atesora y que se está mostrando a raudales en estas últimas sesiones de la temporada. Aplaudió a Perianes tanto como lo aclamó el público que colmaba el Palacio de la Ópera tras lo que fue una sesión larga, intensa y reconfortante.
Luis Suñén
Foto: Pablo Sánchez Quinteiro

