A CORUÑA / OSG y Lucas Macías: cuando las segundas partes son muy buenas

A Coruña. Palacio de la Ópera. 21-XI-2025. Claudia Walker Moore, flauta. Carolina Rodríguez Canosa, oboe. Steve Harriswangler, fagot. Marta Montes, trompa. Orquesta Sinfónica de Galicia. Director: Lucas Macías. Obras de Mozart y Dvorák.
La Sinfónica de Galicia ha tenido un comienzo de temporada potente, entre otras cosas, por el Mozart dirigido por su titular Roberto González-Monjas: un excelente Réquiem y una extraordinaria Júpiter. Estaba, pues, el terreno abonado para continuar en esa línea. Más aún si tenemos en cuenta que Lucas Macías, el director de este programa de abono, fue, con su mentor Claudio Abbado —algunas de cuyas maneras recuerda en su muy elegante forma de dirigir—, uno de los fundadores de su Orquesta Mozart. Está claro que la Sinfonía Concertante para flauta, oboe, fagot y trompa no se puede tratar como la Júpiter y que era necesario cambiar el contexto a la hora de escucharla. El de Macías, que había brindado para empezar una muy pimpante obertura de El rapto en el serrallo, se situó a medio camino entre la evidente relación de la obra con serenatas y divertimenti cercanas a ella, es decir con esa música al aire libre que tiene siempre tanto por descubrir, y una cierta sentimentalidad señalada aquí y allá. El problema es que ello se expuso de manera demasiado plana, casi sin relieves, mate el color y contenida la brillantez y la gracia de una partitura que tiene las dos cosas. Los cuatro solistas, miembros de la orquesta, hicieron un estupendo trabajo, pero el conjunto resultó a la postre un poco pesante, y la impresión dejada por un maestro tan confiable como Macías —por cierto, alumno de dirección de orquesta de Mark Stringer, como el propio González-Monjas— un algo decepcionante en relación con lo esperado tras experiencias anteriores con la orquesta.
Pero los conciertos tienen dos partes y nada más comenzar la segunda las cosas cambiaron por completo. Desde la primera frase de la cuerda en el Allegro con brío que abre la Octava de Dvorák nos reencontramos con una Orquesta Sinfónica de Galicia en plena forma y con un maestro que domina la materia y que hizo brillar su sonido en el polo opuesto a lo escuchado en la primera parte, capaz de abordar esta sinfonía desde la imprescindible complementariedad entre la inspiración libre de ataduras y la sabiduría del compositor que ya sólo se debe a sí mismo.
La versión respondió también a una idea de continuidad en tantas ideas felices como se nos proponen sin descanso, de fluidez total en su planteamiento —el maravilloso Adagio fue muestra palpable—, de subrayar tanta joya visible u oculta y poner de manifiesto lo excepcional que puede resultar lo que parece tan fácil. Preciosa versión a la que contribuyeron muy especialmente la flautista María José Ortuño, el concertino Ludwig Dürichen, el oboe David Villa, el fagot Alex Salgueiro y el clarinete Juan Ferrer. Especial mención esta vez para los metales, a los que Macías exigió en el límite decibélico en algún momento del primer movimiento. El maestro dirigió todo el programa de memoria, lo que se resalta aquí más por ser tan raro hoy lo que ayer era normal. En fin y en resumen: cómo pueden cambiar las cosas después de un descanso de quince minutos.
Luis Suñén


