A CORUÑA / OSG y Josep Planells: Un concierto raro

A Coruña. Palacio de la Ópera. 15-V-2026. Orquesta Sinfónica de Galicia. Director: Josep Planells. Obras de Wagner, Gaspar y Rihm.
Un concierto raro este que ofrecía la Orquesta Sinfónica de Galicia dentro de su abono y como parte de RESIS, el Festival de Música Contemporánea de A Coruña, ya en su novena edición. Raro por el programa y raro por su devenir casi con la única pausa del intermedio y pasando de Wagner a Gaspar y de Rihm a Wagner prácticamente sin solución de continuidad. A veces estas convivencias tienen sentido, pero en otras ocasiones hay que sacárselo un poco como con fórceps, tal y como, al entender de este crítico, fue el caso. Pasar de Tutuguri a la Liebestod de Tristán e Isolda sin tiempo suficiente como para reflexionar un poco sobre lo escuchado, recobrar el aliento y prepararse para una de las cimas de la creación musical de todos los tiempos no debiera ser, como resultó en realidad, una especie de ducha escocesa.
Con todo y la presencia wagneriana —junto a la citada Muerte de amor, los preludios al primero y tercer acto de Lohengrin—, lo que mejor salió de la sesión resultó ser, con diferencia, las dos obras digamos contemporáneas que ofrecieron Josep Planells y la OSG. Creo que si una sola palabra pudiera definir Ars Umbrae, con la que Jacobo Gaspar (Mos, 1975), alumno de José Manuel López López, ganara el Premio Ysan Yung en 2013, esa sería elegancia. Ya sabemos que el término puede ser equívoco pero también lo que quiere decir cuando se cumple como debe y cuando se alcanza con los elementos necesarios. Contaba este sábado Rafa Rodríguez en El País cómo en el mundo de la moda el marketing y la curaduría de la imagen de marca se enfrentan a la realidad de un patronaje sin el cual no hay vestido posible, pues es precisamente ese oficio de la costura lo único que puede hacer realidad la idea. Pues bien, salvando las distancias, aquí pasa lo mismo pero ofrecido y resuelto en la misma operación. La idea de Gaspar se plantea tras su propia realización como una suerte de línea quebrada expresiva que debe ser transitada con la mayor delicadeza posible sin renunciar a ninguna de sus posibles asperezas, siempre estupendamente rematadas. Es el recorrido por un paisaje al mismo tiempo —y ahí está la clave— interior y manifiesto, en el que es fundamental el gesto sonoro, su exposición y su desarrollo casi simultáneos, siempre sutil pero también siempre intenso, capaz de sostener un discurso de admirable equilibrio, desde su densidad hasta algo tan aparentemente simple pero siempre difícil como su duración. Desde Debussy hasta Rihm hay, además, una asunción de la tradición de esa modernidad a veces difusa pero igualmente explicable que permite también un acercamiento confiado por parte del oyente. Lo advirtió así el público coruñés, que premió con una ovación la presencia del autor en el escenario tras concluir la excelente versión de Josep Planells (Valencia, 1988) con los sinfónicos coruñeses.
El maestro firmó igualmente una gran lectura de esa pieza potentísima que es la segunda sección —Danza negra y roja— de Tutuguri de Wolfgang Rihm, que se nos dio en su versión inicial, la de 1980, de cuando el autor tenía veintiocho años. Sobre la experiencia tarahumara de Antonin Artaud la música de Rihm construye un edificio de una tensión apabullante, a veces casi brutal, cobijada en ocasiones por las sombras poderosas de Stravinsky y Varèse. Excelente la OSG y muy especialmente su sección de percusión que no para de trabajar en toda la obra.
Treas quedarnos casi sin aliento entramos sin suficiente respiro en una Liebestod que resultó desde su inicio muy prosaica y que llegó a un final carente de emoción, dicha entre la corrección que aquí es naturalmente exigible y el piloto automático que siempre ayuda pero nunca deslumbra. Una decepción en la que seguramente tuvo que ver, como decíamos, el discurrir de un concierto apresurado, sin descansos ni físicos ni mentales. Arrancaba con un preludio del acto I de Lohengrin en el que el divisi de los violines pudo, a pesar del cuidado de todos, haber refulgido algo más, pero en el que finalmente se obtuvo un apreciable resultado. También se cumplió en el del acto III, cuyo final sonó algo desconcertante por culpa de un aplauso impaciente e impertinente.
Luis Suñén
(Foto: Xurxo Gómez-Chao – Festival RESIS)

