A CORUÑA / OSG y González-Monjas: músicas del dolor

A Coruña. Palacio de la Ópera. 31-X-2025. Maëlys Robinne, soprano. Carlos Mena, contratenor. Rodrigo Carreto, tenor. Ferran Albrich, barítono. Coro de la Orquesta Sinfónica de Galicia. Orquesta Sinfónica de Galicia. Director: Roberto González-Monjas. Obras de Haydn y Mozart.
Esta era la primera de las dos únicas actuaciones que el Coro de la Orquesta Sinfónica de Galicia va a tener esta temporada. Muy poca cosa al lado, por ejemplo, de las siete intervenciones que tendrá en la de la Orquesta Nacional de España su coro homónimo. La comparación es palmaria pero la realidad la relativiza profundamente. Y es que no es nada fácil recomponer una agrupación amateur como la gallega, que ha sufrido cortes drásticos en sus gastos asumiéndolo sus miembros con una deportividad digna de semejante causa. Por eso siempre acabamos diciendo que a quien da todo lo que tiene no se le puede pedir más.
Pues bien, en esas estamos, pero también con la sensación de que poco a poco las cosas van mejorando hasta la próxima —y última— ocasión de comprobarlo esta temporada, a finales del mes de enero. El Coro —al que se sumó con entusiasmo el propio gerente de la orquesta, Juan Antonio Cuéllar, en lo que bien podía parecer una implícita muestra de apoyo— se ha entregado a fondo tras una OSG rutilante, que parece decidida a que la audiencia agote los calificativos positivos que le llueven tras cada concierto. El entendimiento con González-Monjas es pleno mientras, a su vez, el titular va ahormando la orquesta a su concepto. Lo dejó claro en Mozart la pasada semana y lo ha vuelto a hacer en esta con Haydn y de nuevo con el salzburgués.
De Haydn se nos brindó una versión puro Sturm und Drang de la Sinfonía nº 44, la llamada “Fúnebre”, en línea con la ofrecida de la “Júpiter” hace siete días. González-Monjas ha conseguido en este repertorio un equilibrio muy inteligente y muy sensato entre algunos aspectos que ha ido imponiendo la interpretación históricamente informada y los afectos que necesariamente brotan de esta música, en el caso de Haydn más anímicos y en el de la 41 mozartiana más, por así decir, olímpicos. Esta vez fue la cuerda la que se erigió en protagonista con un sobresaliente muy especial para violas y contrabajos.
Del Réquiem de Mozart se nos propuso la edición a cargo de Robert Levin (Nueva York, 1947), publicada en 1993, la más afortunada de cuantas han tratado de aclarar la realidad de lo que pudo haber llegado a ser una partitura en realidad inacabada, por encima seguramente de Simon Andrews, Franz Beyer, Duncan Druce, Howard Arman, Richard Maunder, Masato Suzuki, H. C. Robbins Landon o el inevitable Benjamin- Gunnar Cohrs entre otros. Todas estas versiones tienen su interés y muestran cómo la leyenda del encargo y frustrada escritura de la pieza se ha convertido en una cuestión musicológica sumamente entretenida. Recordemos que, frente a toda esa carga investigadora, la ventaja de la versión de Süssmayr es que nos asegura, al menos y no es poca cosa, un textus receptus que se origina en el círculo más cercano a Mozart. Y precisamente Robert Levin ha dejado muy clara la situación del discípulo en todo este rompecabezas: “La posición histórica de Süssmayr le garantiza una perspectiva única, y ninguna otra versión del Réquiem puede entenderse más que a través de lo que él intentó”.
González-Monjas —que antes del concierto se dirigió al público para explicar las relaciones de estas músicas con el dolor mientras fuera se hacía fuerte el jolgorio propio del día— ha interpretado el trabajo de Levin no ya como un ejercicio de lógica musicológica sino como una posibilidad para traducir el Réquiem desde una expresividad despojada de ganga a la que contribuyen las decisiones orquestadoras del editor. A partir de ahí toda la lectura tuvo un muy especial sentido dramático, una continuidad narrativa sostenidos en un aprovechamiento pleno de los medios a su disposición que ya venían estupendamente rodados tras la sesión de la semana pasada y la primera parte de esta. Destacaron en el orgánico el trombón tenor Iago Ríos, que hizo casi física la introducción al Tuba mirum, mientras los corni di bassetto Iván Marín y Pere Anguera y los fagotes Steve y Mary Ellen Harriswangler, situados los cuatro al frente de la orquesta —esta vez los tres contrabajos atrás— cumplían con excelencia una función que nos llevaba de la escritura mozartiana vía Levin a ese papel de apoyo que tuvieron los bajones en tanta gran polifonía renacentista.
Dentro de la visión dramática, directa, nada estática de González-Monjas el Coro estuvo francamente bien dentro de sus posibilidades y destacó en momentos como el Dies irae, el Ofertorium –“Libera eas”, “Quam olim Abrahae”— o la resolución del Hostias aunque pasó algún apuro en un cierto descuadre al comienzo del “Hosanna” con el que concluye el Sanctus. En cualquier caso, su mejor prestación en años en un ejemplo de la nada fácil tarea emprendida por Carlos Mena, su director artístico, y Javier Fajardo, su director musical. Precisamente Mena destacó claramente —mientras el oyente cambiaba el paradigma de la usual voz de contralto femenina— en un cuarteto vocal podríamos decir que irregular y en parte falto de una cierta prestancia frente a la solidez orquestal y la entrega del coro. La soprano francesa Maëlys Robinne, que ha sido alumna de Mena en la Schola Cantorum Basiliensis, de voz casi infantil, está todavía muy verde y se quedaba siempre corta a la hora de rematar su fraseo arriba. Al tenor portugués Rodrigo Carreto, y como corresponde a un discípulo de Christie y Herreweghe, no le falta estilo, aunque sí le hubiera venido bien más empuje en su decisivo “Mors stupevit”. Ferran Albrich cumplió sin problema alguno y negoció muy bien el Tuba mirum.
El éxito fue enorme, con la colaboración, como siempre que actúa el coro, de una entusiasta legión de incondicionales que lo aclamaron con pasión. Al salir, ochocientos años después de que la liturgia de difuntos se aposentara definitivamente en el ritual católico, la calle era un hervidero de máscaras y disfraces de Halloween, del Día de Muertos y de Samaín. Es lo que hay.
Luis Suñén
(Foto: Pablo Sánchez Quinteiro)


