A CORUÑA / OSG y González-Monjas: lo que Mahler nos sigue diciendo

A Coruña. Palacio de la Ópera. 25-IX-2026. Yajie Zhang, mezzosoprano. Coro Femenino y Coro de Niños de la OSG. Orquesta Sinfónica de Galicia. Director: Roberto González-Monjas. Mahler: Sinfonía nº 3.
Ya sabemos que, como él mismo decía, para Mahler una sinfonía debe abarcar el mundo y, por ende, contenerle a él también, desde el murmullo de la naturaleza con que arranca la Primera hasta la desolación absoluta —la que aún mantiene una esperanza imposible —, patéticamente atravesada por el nombre de una Alma que ya estaba en otros mundos, del Finale de la Décima (gracias le sean dada a Deryck Cooke).
En esa progresión, que es también una indagación vital con unas herramientas formales revolucionarias —el otro polo sería un Richard Strauss que acabaría descansando en la tranquilidad de la siempre agradecida nostalgia imperial—, la Tercera Sinfonía cumple con la comunión panteísta con un mundo que, a pesar de los pesares —recordemos esa frase tan inteligente de Bernard Haitink: “Mahler tenía talento para sufrir”— le resulta todavía perfectamente accesible sin más contradicciones ni más lastres que los que asume porque no queda más remedio. Es lo que le dice la vida a su alrededor más la impresión ante un Nietzsche —dolor, placer y eternidad en el texto que acompaña a esta sinfonía— que le aviva el deseo de no ser olvidado, más aún cuando el paso obligatorio al catolicismo para ser director de la Opera de Viena no le acaba de resolver la cuestión de la vida eterna. Des Knaben Wunderhorn le echará una mano, como luego en la Cuarta.

Valga este par de párrafos, seguramente innecesarios para los lectores de SCHERZO, que conocen perfectamente esta historia, y generalmente de sobra en una pieza que es simplemente la crítica de un concierto, para recordar la base de la que ha de partir la interpretación de una obra semejante, hasta qué punto la objetividad (no) es suficiente y cómo la partitura pide una complicidad que la trascienda. Mahler es así: entre Boulez y Horenstein hay una panoplia de posibilidades y a Celibidache no le gustaba.
Era esta la primera vez que Roberto González-Monjas dirigía la Tercera de Mahler con los resultados esperables de quien cada vez es menos una promesa y más uno de los mejores directores de su generación mundo adelante —por cierto, en 2028 debutará con la Filarmónica de Berlín. Lo ha hecho, además, con sus propias huestes pues una obra así entra, como él ha dicho alguna vez, en las obligaciones de un director titular, como sucedió en su día con Víctor Pablo Pérez —en tres ocasiones— y con Dima Slobodeniouk —en 2015. Hay, pues, en la OSG un interesante poso mahleriano que, como le sucede con Bruckner, aflora cuando se le llama.

Ha sido la de González-Monjas una lectura perfectamente orientada a mostrar lo proteico de ese mundo del que hablábamos al principio. Y ello desde ese enorme movimiento inicial, tan difícil de poner en pie, del que Pablo Sánchez Quinteiro, en sus excelentes y orientadoras notas al programa, dice que “constituye por sí solo casi una sinfonía”. A partir de esa premisa la versión se fue desarrollando en intensidad y en hondura, manteniendo cuidadosamente cada elemento de semejante suma —no tanto lo que dicen las flores del prado o los animales del bosque sino cómo lo dicen—, alcanzando en el tercer movimiento quizá la mayor altura de toda la sesión, incluyendo la lección de virtuosismo y musicalidad que supuso la admirable labor de Yael Fiuza Souto, gallego de Vila de Cruces y trompeta de la Deutsche Oper berlinesa, impecable en sus solos al posthorn. Tras ese momento excepcional se mantuvo la tensión emocional con la estupenda mezzosoprano china Yajie Zhang, perfectamente adecuada para un cometido en el que a veces se prefieren voces más graves —recordemos a Ewa Podles, Norma Procter o Marilyn Horne— y que ella negoció con la unción necesaria antes de que coro femenino y el de niños —irreprochables ambos— se encargaran de contrastar la concentrada digresión nietzscheana con la ingenuidad del poema popular.
El último movimiento es una conmovedora apelación al amor a través de una auténtica apoteosis de la forma como portadora del contenido de un corazón que todavía no se ha roto, exultante aún ante lo que le rodea. González-Monjas lo tradujo sin trampa ni cartón. Así, con la naturalidad y el orden necesarios —es triunfo, no drama—llegó el que es uno de los finales más sublimes de la historia de la música. El amor a la naturaleza y al ser humano mismo se imponía, al menos en el escenario de una sala de conciertos, sobre una realidad que pareciera desmentirlo todos los días. El maestro demostró comprender muy bien que Mahler es una suerte de contemporáneo permanente.
La Orquesta Sinfónica de Galicia ha vuelto en este primer programa de la nueva temporada en la misma magnífica forma con la que despidió la anterior. Todos sus atriles brillaron como acostumbran y esta vez hay que destacar al trombón Jon Etterbeek, la concertino Olatz Ruiz de Gordejuela y los timbaleros Fernando Llopis y José Belmonte en la inconmensurable coda.
Luis Suñén
(Foto: Pablo Sánchez Quinteiro)


