A CORUÑA / OSG y González-Monjas: exquisitez y grandeza

A Coruña. Palacio de la Ópera. 24-X-2025. Orquesta Sinfónica de Galicia. Director y violín: Roberto González-Monjas. Obras de Ravel y Mozart.
Tres de tres llevamos esta temporada con la Sinfónica de Galicia. Tres conciertazos con una orquesta metida en problemas económicos y que, sin embargo, pareciera en el mejor momento de su trayectoria, pletórica de moral y con unos resultados artísticos excepcionales de los que hemos dado cuenta en estas páginas. Ya sabemos eso de que las crisis han de servir para repensar el presente y mirar el futuro con esperanza y buen sentido. Y aquí el tópico se está revelando, por una vez, muy certero. Como certera ha sido igualmente la elección de Roberto González-Monjas como director titular de la orquesta, todavía con menos programas al año de lo que nos gustaría a todos —es lo que tiene las agendas repletas, sobre todo al principio de estas etapas— pero con una influencia en el devenir técnico y artístico de la formación ya verdaderamente notorio. En cada concierto, y el de este viernes fue un ejemplo muy especial, se advierte una sintonía entre podio y atriles que comienza en la sonrisa y culmina en el hacer estos lo que pide aquel. Una sensación a la que contribuye el propio estilo del maestro, ese gesto amplio y abarcador al que se une un crecimiento en la técnica de batuta que se refleja cada vez más claramente en los resultados, en la delineación de planos, en la cuidada dinámica, en la intensidad equilibrada de los momentos culminantes del discurso.
Todo lo dicho quedó de manifiesto en este programa que reunía a Ravel con Mozart de manera, en principio, algo curiosa. Se podría haber empezado por una obertura del salzburgués y teníamos un monográfico, pero por qué privarnos de una obra tan maestra en su aparente sencillez como lo es en su evidente grandeza la Júpiter que cerraba programa. Por otra parte, nada mejor para mostrar esa extraordinaria forma de los sinfónicos coruñeses que darles la oportunidad de lucir como puede hacerse en Ma mère l’oye. Ortuño, Villa, Ferrer, Spadano, Rodríguez Canosa, Harriswangler, Schielmann, Gómez Naval, Landelle, González Permuy, Trigueros —y perdonen los que acudieron al Palacio de la Ópera por cualquier olvido involuntario, pero añadan a quien crean que falta— fueron ejemplo de ello en una versión exquisita. Llamó la atención de este crítico que González-Monjas colocara la Conversación de la Bella y la Bestia —dicha como una suerte de vals à la Poulenc— en penúltimo lugar en vez de tras la Pavana inicial. Quizá la espera antes de El jardín de las hadas —una de las piezas más hermosas de la historia de la música— se prolongó demasiado, perdiéndose en su inicio parte del maravilloso efecto que se consigue al hacerlo attaca tras Laideronette cuando se sigue el orden habitual.
Del González-Monjas violinista hemos hablado aquí cuando hizo con la OSG los conciertos de Mozart en gira por Galicia. Este crítico no pudo estar el día en que ofrecieron Segundo y Tercero en Ourense, pero sí en Lugo, en la coquetona sala del Círculo de las Artes, polo opuesto al Palacio de la Ópera de A Coruña, con Cuarto y Quinto. Lo escrito entonces vale para definir al director como violinista impecable técnicamente con su Guarneri “filius Andreae” de 1710 prestado por cinco familias de Winterthur y la Fundación Rychenberg, de sonido poderoso que casa muy bien con el concepto directorial. “Vibrato controlado en las cuerdas, tempi naturales, ataques enérgicos pero no agresivos de manera que sus versiones fueron luminosas e intensas, equilibradas en cuanto al volumen sonoro”, decíamos en nuestra crítica de entonces y citamos ahora con idéntica impresión recordando también que él mismo es el autor de las cadenze. No querría olvidarme de la complicidad manifiesta entre el oboe David Villa y el maestro en el cierre del Rondó del Concierto nº 3.
Y para concluir la sesión nada menos que la Júpiter. Y qué Júpiter, señoras y señores. No debía ser una sorpresa para quienes conocíamos la extraordinaria versión discográfica del vallisoletano con Musikkollegium Winterthur, pero hete aquí que los conciertos siguen teniendo algo que los discos no poseen, y es esa inmediatez, esa comunión difícil de definir entre los que tocan y los que escuchan —sí muy simple todo pero muy real— y que desemboca en eso que llamamos emoción. Pero, claro, para eso hay que saber lo que se pretende y llevarlo a cabo compás a compás. La lectura de González-Monjas —que dirigirá La flauta mágica en la Mozartwoche de Salzburgo a partir del 23 de enero— fue impecable e implacable, concentradísima, también sabedora de los guiños operísticos que aparecen aquí y allá, del Mozart que desde la precariedad de la vida diaria está atendiendo a su propio genio, más allá de si estaba llevando o no el estilo clásico a su máxima expresión, de si cabe o no plantearse qué hubiera pasado en una 42 o si esta Júpiter es la Primera de Beethoven. Una versión de las que se escuchan en tensión permanente —importante en ese punto el timbal de José Belmonte—, sin un momento de descanso, pero en la que no faltó ninguna de las sutilezas necesarias, ni un concepto de las dinámicas tan narrativo —y a veces tan potente escénicamente como ese dejar caer los brazos tan peculiar— como el que luce González-Monjas.
Todo en la sinfonía mozartiana fue magnífico y por momentos arrebatador. Y ese todo se coronó con un Molto allegro simplemente extraordinario, de una admirable claridad en la que no se perdía nada de lo que culmina ese monumento inmarcesible de la historia de la sinfonía. Uno, que peina ya todas las canas, pensaba en lo que hace años suponía de decepción para muchos aficionados que un programa concluyera con Mozart, como si eso fuera poca cosa. A la postre quedaba claro que eso es pasado del más rancio abolengo mientras el público ovacionaba a un maestro y a una orquesta que se han ganado su respeto y su cariño y salía comentando la suerte que su ciudad tiene con ellos.
Luis Suñén


