A CORUÑA / OSG y Andrew Litton: lealtad y excelencia

A Coruña. Palacio de la Ópera. 28-II-2025. Orquesta Sinfónica de Galicia. Director: Andrew Litton. Obras de Grieg, Bizet y Ravel.
Cada visita del neoyorquino Andrew Litton a la OSG es esperada con un interés especial por parte de músicos y de público, una de esas citas que se señalan en rojo cuando se presenta la temporada. Las razones se hicieron evidentes desde la primera vez que el neoyorquino se puso al frente de la orquesta. Técnica y concepto, pero también afinidad, confianza, respeto y admiración mutuos. Por eso de cada concierto que protagoniza el actual director musical del New York City Ballet sale alguno de los mejores momentos de cada año. Y este no ha sido una excepción.
Comenzaba la sesión con una Suite nº 1 del Peer Gynt de Edvard Grieg cuidadosísimamente tratada, con una atención muy especial a cada acento y a cada petición de expresividad en la partitura. Así, la que tenemos por música asimilada desde que empezamos a ir a los conciertos o a escuchar discos nos aparece fresca y, con una dirección como la de Litton —no en vano fuera director titular de la Filarmónica de Bergen—, presta a manifestarnos nuevos y ocultos rincones. La lectura fue tan natural como virtuosística, y cada episodio una página luminosamente ilustrada.
Seguía esa especie de milagro que es la Sinfonía en do de Georges Bizet, la obra de un chaval de diecisiete años, una de las mejores sinfonías del siglo XIX francés que no se programa demasiado y suele sorprender a quien no la ha escuchado nunca. La versión de Litton y los sinfónicos coruñeses, con ser muy estimable, no alcanzó el grado mayor de vitalidad, de frescura, de sutileza que la obra propicia. Estuvo muy bien hecha —sensacional el oboe David Villa— y se apreció su relación con el Schubert de las primeras sinfonías, pero quedó algo falta de transparencia y, en el Adagio, de tensión.
La segunda parte estaba dedicada en exclusiva a Maurice Ravel con los Valses nobles y sentimentales y La Valse. Excelente la primera, elegante como es debido y marcando muy claramente el maestro en el Moins vif que de ahí iba a venir La valse. Y llegó enseguida porque Litton tuvo la buena idea de abordar la pieza sin solución de continuidad. Y ahí, señoras y señores, se produjo lo mismo que en Grieg pero con mayor facundia, es decir, la evidencia de estar ante una de las joyas de la temporada. Sin duda alguna tuvo que ver la amplísima experiencia de Litton dirigiendo ballet —de hecho, hará La valse en Nueva York en un programa titulado All Ravel con coreografías de Robbins y Balanchine—, pues a la emoción de la casi mise en abyme que la obra propone no le faltó el gesto coréutico que le da su sentido pleno. Litton entiende la página a la perfección y la desarrolló con excelencia: claridad en los planos, intensidad en las intenciones más abruptas, control en dinámicas —siempre admirable a lo largo de la sesión—, dominio de la masa sonora en la que se plasma el drama subyacente. Toda la orquesta contribuyó de manera ejemplar a tan excepcional resultado.
Luis Suñén
(Foto: Pablo Sánchez Quinteiro)


