A CORUÑA / OSG, Varvara y Michael Sanderling: un Ravel deslucido y un sensacional Shostakovich

A Coruña. Palacio de la Ópera. 16-V-2025. Orquesta Sinfónica de Galicia. Varvara, piano. Director: Michael Sanderling. Obras de Ravel y Shostakovich.
No ha tenido demasiada fortuna Maurice Ravel con sus conciertos para piano y orquesta en esta temporada de la Orquesta Sinfónica de Galicia. Si Fazil Say erraba el tiro en una versión que se pretendía transgresora no se sabe muy bien de qué normas en el Concierto en Sol mayor, ahora Varvara (Moscú, 1983) negociaba el Concierto para la mano izquierda con una literalidad que lo privaba de su esencia verdadera, de ese inconfundible sabor raveliano que trasluce de principio a fin, de esa elegancia, en suma, que debe surgir de cada nota desde la idea de que ni sobra ni falta ninguna en semejante obra maestra. Lo que sí faltó fue eso que llamamos estilo. El acompañamiento tampoco alcanzó lo que la pieza merece. Sustituida a veces la brillantez por el volumen, no hubo, por ejemplo, ni misterio al inicio ni intensidad cuando se ha de recoger, con cierta emoción, un punto luminosa, la larga frase inicial del solista. Sí hay que reconocerle a Varvara la aplicación con que supo manejarse en la cadenza de la tercera sección para llegar a fundirse aceptablemente con la orquesta al remate de la misma antes del final. Éxito descriptible y el inevitable e injustificado encore de casi siempre.
En la segunda parte de la sesión el panorama cambiaría por completo con la Sinfonía nº 7 de Dmitri Shostakovich. Habría que decir que como era de esperar, dadas las credenciales de Michael Sanderling (Berlín, 1967), hijo del gran Kurt Sanderling —los aficionados que peinamos canas nos acordamos de su padre nada más verle subir al podio y en este o aquel gesto— y firmante de una magnífica integral de las sinfonías del autor — también especialidad de su progenitor— con la Filarmónica de Dresde, de la que fuera titular entre 2011 y 2019. Su bagaje incluye, por tanto, el magisterio recibido de un experto —que, salvo error u omisión por mi parte, no llegó a grabar nunca esta Leningrado— que conocía muy bien el contexto —años de trabajo en la extinta URSS— y que era amigo personal del propio Dmitri Dmitrievich. De otra parte está el filtro de la edad que, inevitablemente, va desenfocando ese pretexto mientras impone como elemento esencial la extraordinaria calidad intrínseca de esta música. Hay quien lo llamaría el camino hacia la objetividad. En cierto modo sería así, pero es que en una lectura como la del viernes en A Coruña ese camino resulta ser una suerte de meditación interior que no desecha, es verdad, aspectos más directamente descriptivos.
El arranque bien moderado, la tremenda ironía trágica de la evocación en forma de variaciones —inevitable y curioso el recuerdo del Bolero de Ravel— del vals de La viuda alegre —uno de los grandes momentos de la noche— y, sobre todo, la interiorización personal de una situación tan terrible como la de la destrucción y la muerte en uno de los episodios más crueles de la Segunda Guerra Mundial, fueron expuestos con medidísima intensidad por parte de un maestro que conoce a la perfección el terreno que pisa. La larga partitura discurrió sin una sola caída de tensión, no atrapando al oyente por la solapa —ningún sentimiento forzado— sino proponiéndole que escuchara no sólo a partir de la historia colectiva sino de la propia aventura íntima del compositor. Sanderling dominó el difícil arte de las transiciones, tan presentes en la sinfonía y tan coherentes en su propuesta narrativa. Por eso también, el clímax llegaría como un enorme respiro final de una grandeza nada artificiosa sino celebrativa de la victoria luego de tanta desolación.
Olvidado el trazo algo grueso de la primera parte del concierto, Sanderling se encontró con una Orquesta Sinfónica de Galicia en plenitud, sabedora de su competencia individual y colectiva y descubridora compás a compás de que estaba dando uno de los grandes momentos de la temporada. Destacar a cualquiera de sus principales o a determinadas secciones y dejar en el tintero a otros y otras por olvido involuntario sería imperdonable. El maestro compartió con todos el éxito clamoroso con que concluyó una velada que había empezado deslucida.
Luis Suñén


