A CORUÑA / OSG, Trigueros, Fernández Arias y Estévez Pazó: pidiendo paso

A Coruña. Palacio de la Ópera. 13-III-2026. Javier Fernández Arias, trombón. Nuno Estévez Pazó, acordeón. Orquesta Sinfónica de Galicia. Director: José Trigueros. Obras de Kodály, David y Chaikin.
Tras la sorpresa de la violonchelista Eva Arderíus, ganadora del Premio Son Cello, no se quedaban atrás los galardonados en el Concurso de Solistas del Conservatorio Superior de Música de A Coruña. Si la escurialense demostró la semana pasada un altísimo nivel, no le fueron a la zaga el trombonista betanceiro Javier Fernández Arias y el acordeonista compostelano Nuno Estévez Pazó. Como sucedía con Arderíus, se trata de muy jóvenes músicos que están ya a las puertas de la plena dedicación profesional mientras continúan su formación en las mejores manos, así en el currículo de Fernández Arias se cita a Jon Etterbeek y Christian Lindberg y en el de Estévez Pazó a Iñiaki Alberdi y Teodoro Anzellotti. Aquel es miembro de la EUCO y este desarrolla su actividad en Viena. Quiere decirse que nada más lejos en los tres casos de lo que quizá algún abonado pudiera pensar: chavales recién salidos del conservatorio profesional, con defectos más o menos evidentes todavía por pulir y que causarían más simpatía que admiración entre la audiencia. Pues bien, no fue el caso en absoluto. Como pudo verse con su colega violonchelista, aquí hay excelente calidad, margen muy esperanzador para ir llegando a la excelencia buscada, técnica por arrobas y una expresividad más que notable.
El problema inevitable es que los instrumentos de estos dos jóvenes talentos no disponen de un repertorio formado, salvo excepciones, por obras de auténtica facundia creadora. Afortunadamente, esa carencia de entidad no oculta, sino muchas veces todo lo contrario, la valía del solista por mor de la exigencia mecánica que se le plantea. En el caso del Concertino, op. 4 —denominado Concierto en el programa de mano— de Ferdinand David nos encontramos con una de tantas piezas románticas, obedientes a esquemas manidos —es curiosa la reminiscencia mozartiana de la primera frase del trombón en el Allegro maestoso inicial y que reaparece en el Finale—, previsibles, tan carentes de genio como bien construidas. La falta de gancho de música tan grata no fue óbice para que Fernández Arias se entregara a fondo y mostrara toda su panoplia de virtuoso ya más que en ciernes.
El Concierto para bayán (acordeón) y orquesta del ucraniano Nikolái Chaikin, de 1952, es la típica obra que hubiera encantado a las autoridades soviéticas de la época: simple, melódico, accesible, moderadamente folclórico y hasta pegadizo, con homenaje incluido a Chaikovski cuando el clarinete evoca en el Andante non troppo mosso el inicio de su Segunda Sinfonía. Nada más lejos, para hacernos una idea, de Fachwerk de Gubaidulina. Pero, en fin, cada uno es cada uno. La obra de Chaikin se benefició del virtuosismo arrollador de Nuno Estévez Pazó, que consiguió que la escritura del autor no nos distrajera de su formidable pericia —sensacional en la enorme cadenza del primer movimiento—, muy por encima del ligero entramado sobre el que el joven acordeonista lució una musicalidad de muchos quilates.
El concierto se abrió con unas Danzas de Marosszék de Kodály en las que José Trigueros demostró de nuevo —tras su Háry János del propio Kodaly, su Weiner o su Bartók— una especial afinidad con el repertorio magiar. Excelentes concertino, flauta, oboe y flautín. El acompañamiento a los jóvenes solistas fue simplemente modélico, una lección de saber estar y hacer que seguramente no olviden. Estos, para cerrar la sesión, ofrecieron como encore, a dúo, el arreglo de una pieza del romántico coruñés Marcial del Adalid.
Luis Suñén


