LA CORUÑA / OSG: tragedia, pretexto y texto

LA CORUÑA / OSG: tragedia, pretexto y texto

La Coruña. Coliseum. 5-III-2021. Orquesta Sinfónica de Galicia. Director: Dima Slobodeniouk. Obras de Soutullo, Brahms y Schubert.

Sin anunciarlo como tal, ahora que los programas temáticos están tan de moda, lo trágico, en su acepción más directa, en su matización más o menos retórica, en su consideración más allá de los sucesos que lo rebelan, fue el hilo conductor del último concierto de la Orquesta Sinfónica de Galicia. Una buena oportunidad para reflexionar sobre el concepto y su aplicación y una demostración de que hasta en el formato más reducido y en el local menos habitual pueden hacerse las cosas con criterio.

Volvía Eduardo Soutullo (Bilbao, 1968) a los atriles de la OSG después de la estupenda impresión dejada por su Alén hace algo más de tres meses, en programa correspondiente a esta misma temporada. Su nueva pieza, I can’t breatheNo puedo respirar— forma parte del Proyecto 2020(21) que supone el encargo por parte de la OSG de veinte obras a veinte compositores gallegos de distintas generaciones y estéticas. El título, naturalmente, hace alusión a las últimas palabras pronunciadas tanto por George Floyd en 2020 como por Eric Garner en 2014 antes de morir ambos a manos de la policía estadounidense. La relación entre título y texto es un clásico de la crítica de poesía —hay apasionante bibliografía al respecto—, más aún de lo que puede serlo la que hay entre subtítulo y partitura en el caso de la música.

Para la audiencia el título no deja de ser una suerte de línea que pareciera dirigir el proceso de escucha. Algo así como si esperase un relato sonoro que confirmara lo que espera. Pues bien, en el caso de I can’t breathe ese encuentro no se produce y esa guía se convierte en una indagación no por más compleja menos estimulante. No hay drama, ni oscuridad, ni horror en esta música que más bien pareciera llevarnos a un terreno más allá de esa incapacidad para respirar y, por tanto, para seguir atado a la vida. Es decir, una vez que la tragedia se ha consumado y pareciera abrirse un espacio para una trascendencia intuida. El inicio, con la presencia indudable de Messiaen y de algunas músicas “ciudadanas” norteamericanas —Copland, Creston— parece marcar lo que después —la obra podría dividirse muy claramente en partes sucesivas— será más una presencia de ese alén (más allá en gallego) que la evidencia terrible del sufrimiento que conduce a la muerte: más un dejar de respirar que un no poder hacerlo. Hay, sí, un momento suavemente explícito a cargo de los soplidos de maderas y metales antes de que todo concluya. El resultado es una magnífica pieza orquestal de algo más de diez minutos de duración en la que el valor del conjunto viene dado también por detalles de músico cumplido, así la serie que aparece en lo que podríamos llamar la segunda sección. El pretexto, tan duro, ha dado un texto muy bello, que pareciera ir directamente a una segunda lectura de aquel; nada denotativo y, por ello, también arriesgado en cierto modo. Sería estupendo poder escuchar más veces esta música.

Tras el estreno llegaría una Obertura Trágica de Brahms a la que quizá le faltara algo de intensidad, de tensión dramática y también, todo hay que decirlo, de espacio sonoro más favorable que el del Coliseum. La Cuarta de Schubert, que forma parte de esas sinfonías del autor eclipsadas casi por completo por sus dos hermanas mayores, funcionó muy bien. Slobodeniouk matizó con acierto ese concepto de “Trágica” que marca —vean ustedes lo dicho antes— su subtítulo, empezando naturalmente por el contraste Adagio molto-Allegro vivace con que se abre.  Resultó excelente el Andante, muy bien expuesto cada motivo y sus cambios de humor —o sus tonos de lo dramático, si se prefiere. Pimpante el trío del Menuetto y muy sólido un Allegro conclusivo en el que se mostró el concepto que ya Slobodeniouk tenía de esta música cuando dirigió la Quinta a finales de 2017, es decir, su posición entre clasicismo y romanticismo, entre Mozart y Beethoven o en medio de los dos. El maestro, como entonces, volvió a usar un amplísimo contingente de cuerda, lo que aportando opulencia sonora no restó transparencia y utilizó, como señalaba en dato muy de agradecer Xoán M. Carreira en sus notas al programa, la nueva edición Bärenreiter de 1998.