A CORUÑA / OSG: sorpresa Yoon y decepción Goerner

A Coruña. Palacio de la Ópera. 6-II-2026. Nelson Goerner, piano. Orquesta Sinfónica de Galicia. Director: Hankyeol Yoon. Obras de Schumann, Chopin y Brahms.
Para los conciertos de este fin de semana de la Orquesta Sinfónica de Galicia estaba prevista la presencia del parisino Fabian Gabel, titular de la austríaca Tonkünstler-Orchester Niederösterreich, quien causó baja por razones que desconocemos y fue sustituido por el surcoreano de treinta y un años Hankyeol Yoon, quien, a su vez, venía de reemplazar a Robin Ticciati al frente de la Sinfónica de Montreal. Ya sabemos lo que a veces cuesta encontrar una batuta solvente que pueda asumir una sustitución con poco tiempo por delante, pero alguien debió susurrar al oído de la OSG que Yoon podía hacerlo con garantías, sin cambiar el programa —de absoluto repertorio, eso sí y, excepto en Chopin, de memoria— y con el valor añadido de tratarse de un joven director que bien podría resultar una sorpresa para la audiencia. Y así ha sido. Yoon, que ganara en 2023 el Premio Karajan de Salzburgo para jóvenes directores y antes, en 2019, el Neeme Järvi y que está desarrollando una carrera que le ha llevado ya, desde las orquestas de su país, a la Filarmónica de Múnich, la Filarmónica de Los Ángeles, o la Mozarteum de Salzburgo, es un valor a seguir. Con todo y lo que en él hay —perdón por la expresión— de pulible, desde el primer compás de la Obertura “Manfred” de Schumann, que abría programa, presentó sus credenciales en forma de un concepto muy claro a través de la fogosa traducción de una obra que es todo pasión, como el personaje que refleja y el autor de su pretexto literario.
El Brahms de la Cuarta Sinfonía, que ocupaba la segunda parte, se relacionó por momentos con su amadísimo mentor en una pieza crepuscular a la que se diría que Yoon dotó de la misma pasión que a Manfred. Claro que era posible más reposo, pero ¿cabe pedírselo, como sujeción a la norma, a un joven maestro que trata de aportar su clave personal de lo que en tantas batutas admirables se acerca más a la sombra implacable que a la recuperación de la luz vivida? Como sucedió con la Primera Sinfonía que propuso casi a principio de temporada Ana María Patiño —el otro gran descubrimiento de esta temporada que está sabiendo hacer de la necesidad virtud— el coreano refrescó lo asimilado, iluminó lo que creyera que podía quedarnos un poco difuso y planteó lo que bien pudiera entenderse como una de esas lecturas de nueva generación que tanto irritan a algunos aficionados con sus escalafones estancos. No le pidamos a un treintañero que nos haga un Brahms cansado. A este crítico le gustó especialmente, tras una muy correcta puesta en escena del Allegro non troppo, la búsqueda de la hondura en el Andante moderato, con una segunda mitad magnífica, el planteamiento estupendamente equilibrado entre energía y lirismo del Allegro giocoso y la forma de plantear y resolver el último movimiento con esa Passacaglia muestra señera de la grandeza brahmsiana que desembocó como es debido. Estupendos en ella los trombones en su entrada y luego en el coral, como lo estuvieron aquí flauta, oboe y clarinete y las trompas en todo momento. Grandes ovaciones del público y el reconocimiento de la propia orquesta premiaron a un Yoon que se ha ganado, con creces, volver.
El argentino Nelson Goerner (San Pedro, 1969) es a sus cincuenta y seis años uno de los indiscutibles del teclado actual. Su reciente recital en Madrid, dentro del Ciclo de Grandes Intérpretes de la Fundación Scherzo, que mereció en estas páginas los elogios de mi compañero y sin embargo amigo Rafael Ortega Basagoiti, lo demostró con creces, y por eso su presencia en el abono de la OSG era esperada con ganas. Demostró sin duda que es un magnífico pianista, pero su versión con Yoo del Concierto nº 2 de Chopin no resultó convincente. El director insistió en demasía en la brillantez un algo insustancial del acompañamiento orquestal y el pianista pasó con demasiada levedad por su parte, que es la que debiera haber dado la pauta de la interpretación en su conjunto. Por momentos parecía como si la orquesta tocara para cualquier otro solista y este… pues más bien a lo suyo. Habría que añadir a ello la mala acústica del Palacio de la Ópera de la que ninguno de los protagonistas tiene la culpa. El caso es que la aparente falta de sintonía llevó a que el conjunto resultara algo cansino, monótono, esperando siempre que saltara al menos un destello de una música que con su compañero de catálogo cambió el paradigma solista en los conciertos para piano. Y más teniendo a un protagonista como el argentino. Aunque algunos echamos de menos al Goerner que admiramos, el público arrancó como encore el Preludio en re mayor, op. 23 nº 4 de Rachmaninov, algo pálido en su inicio pero finalmente bien resuelto.
Luis Suñén
(Foto: Pablo Sánchez Quinteiro)


