A CORUÑA / OSG, Say y González-Monjas: Un Ravel decepcionante y un Strauss afirmativo

La Coruña. Palacio de la Ópera. 10-I-2025. Orquesta Sinfónica de Galicia. Orquesta Joven de la Sinfónica de Galicia. Fazil Say, piano. Director: Roberto González-Monjas. Obras de Ravel y Richard Strauss
Además de pianista brillante, Fazil Say (Ankara, 1970) es compositor. Y a juzgar por lo que conocemos de su creación, un compositor muy interesante, como demostró en el encore con que cerró su actuación con la Sinfónica de Galicia, la impresionante Kara Toprak (Tierra negra). Por eso cuesta entender que, en lugar de presentarse con alguna de sus obras para piano y orquesta —por ejemplo su Concierto nº 3 “Silencio de Anatolia”, que tocará en Holanda dentro de un mes—, lo hiciera ofreciendo una versión tan pobre del Concierto en Sol mayor de Maurice Ravel en la que daba la sensación de que la aparente transgresión conceptual enmascaraba en realidad su falta de sintonía con la pieza. El trabajo de Say estuvo ayuno de sentido rítmico en el Allegramente, de poesía en un pedestre Adagio assai en el que la solista de corno inglés, Carolina Rodríguez Canosa, le explicó sin querer cómo hay que cantar esa melodía inefable, y de técnica verdaderamente trascendente en todo momento —no deja de ser significativo que tocara con partitura una pieza que cualquier pianista con una carrera como la suya debiera dominar. Su errático discurrir, puntuado con algún gesto para la galería, pareció, además, contagiar a la orquesta —que aquí está destinada a lucirse de verdad—, y menos mal que Gonzalez-Monjas supo controlar el tráfico con profesionalidad y solvencia, que las dos cosas son un grado. Saben ustedes, como yo, que el público siempre tiene razón. Así que si la tenía el de aquellos tiempos del cuplé que no pasaba una y hubiera protestado a modo, la tiene igualmente este que ovacionó a Say hasta arrancarle el citado encore en el que nos mostró qué otra hubiera sido nuestra sensación con un repertorio mejor escogido.

En la segunda parte se unió a la OSG su Orquesta Joven para enfrentarse a la Sinfonía Alpina de Strauss, esa mezcla de descripción en primera instancia, dominio total de la materia sonora y su puesta en pie, orquestación apabullante y momentos extraordinarios, de la calma a la tempestad y vuelta. La versión transcurrió de la llanura de lo bien hecho a la evidente subida a la cumbre de lo mucho mejor, vía la soltura que supone en tales riesgos saber que se cuenta con el pertrecho necesario para semejante excursión. El punto de inflexión afirmativo fue el número 13, En la cima, donde a partir de los solos del oboe David Villa pareció concitarse una suerte de chute de adrenalina que hizo que todo se elevara finalmente a las alturas que González-Monjas y la(s) orquesta(s) eran capaces de alcanzar. De ahí y hasta el final asistimos a una lectura verdaderamente ejemplar de la partitura straussiana, incluida una magnífica, emocionante conclusión, respetada por un público que no aplaudió hasta bastante después de que se apagara el último acorde. Todos los atriles, veteranos y noveles, dieron lo mejor de sí y sonaron como es debido, empastados los metales, cálidas las maderas, sutil el órgano de Fernando Buide, entregadas las percusiones y diáfanas las cuerdas, con una mención muy especial para los primeros violines liderados por Raquel Areal. El éxito fue enorme.
Luis Suñén


