A CORUÑA / OSG, Litton y Arderíus: mucho más que una joven promesa del violonchelo

A Coruña. Palacio de la Ópera. 5-III-2026. Eva Arderíus, violonchelo. Orquesta Sinfónica de Galicia. Director: Andrew Litton. Obras de Wagner, Chaikovski y Dvorák.
Aprovechando la presencia en A Coruña de Andrew Litton con ocasión de los ensayos para las actuaciones de la Sinfónica de Galicia en el festival bilbaino Musika-Música, y teniendo en cuenta que quien es uno de los directores más queridos tanto por la orquesta como por su público no tenía esta temporada presencia en el abono, se nos proponía un concierto extraordinario, en día no habitual como es el jueves pero con un programa muy atractivo para una audiencia de las que, digamos, se reserva para estos repertorios. A pesar de la celeridad propia del caso —no hubo siquiera una hojita volandera a modo de programa de mano— el Palacio de la Ópera presentó una aceptable entrada que, en condiciones normales hubiera sido un lleno hasta la bandera. En cualquier caso, bien le viene a la formación coruñesa un suplemento económico por inesperado que sea.
El concierto incluía la presentación de la joven violonchelista Eva Arderíus (San Lorenzo de El Escorial, 2001), ganadora del último premio Soncello de este año, alumna en la Escuela Reina Sofía del 2018 al 2024 de un grupo de ilustres profesores y ya con cierta experiencia en diversos concursos. La sorpresa ha sido mayúscula porque Arderíus lo tiene todo para hacer una carrera sobresaliente. En su versión de las Variaciones rococó de Chaikovski lució una técnica impecable que le permitió sortear con absoluta pericia las dificultades de la partitura —modélica la cadenza—, una expresividad de extraño equilibrio entre lo intenso y lo relajado, un dominio de la situación y una elegancia natural de las que no se compran por ahí y una musicalidad de esas que se advierten desde la primera frase. A este crítico la ocasión le recordó a la primera vez que escuchó a Pablo Ferrández, hoy una estrella rutilante del violonchelo internacional. Aquí, pues, hay talento, mucho talento con el que su poseedora puede llegar muy lejos. Sí le recomendaría modestamente a Arderíus que no se precipite a la hora de conceder un encore. La primera salida a saludar sin el maestro es para recibir los aplausos del público. Luego, en la segunda, que regale lo que le parezca oportuno si así lo pide el nivel de las ovaciones. A Coruña es plaza muy dada a los regalos, así que se le hubiera agradecido igual y ella quedado un poco mejor. Cosas, en cualquier caso, propias de la inexperiencia y bien fáciles de resolver. O de crítico un poco mayor ya, quién sabe. La vertiginosa Black Run de Svante Henryson sirvió para mostrar la versatilidad de la solista y aumentar aún más el entusiasmo de la audiencia y los aplausos de la propia orquesta.
Del rendimiento de aquella y su maestro digamos que se daba por supuesto a la vista de resultados anteriores. El entendimiento entre ellos es total y la entrega mutua fuera de cualquier duda. Así, una vez más, Litton volvió a mostrarse como un músico que domina tanto la arquitectura general de cada pieza —en la obertura de Los maestros cantores o en los movimientos extremos de la Sinfonía del Nuevo Mundo— como esos detalles que la explican en sus rincones más íntimos, sin forzar nunca la expresión más allá de lo razonable —evitó perfectamente lo melifluo a que tantos tienden en el Largo de la citada obra de Dvorák y resolvió muy bien el octeto de cuerdas— y sirviéndose de su seguridad técnica para obtener unos resultados de una indudable intensidad. Contó una vez más con la complicidad de los sinfónicos coruñeses: magníficos en Dvorák la corno inglés Carolina Rodríguez Canosa y el timbalero José Trigueros, las flautas María José Ortuño y Juan Ibáñez, el oboe David Villa y el clarinete Juan Ferrer.
Lo que no dejó de sorprendernos esta vez fue la acusada tendencia a una presencia de los metales un punto excesiva y que desequilibró por momentos el conjunto sonoro, así en Maestros como en Nuevo Mundo. No dejaba de resultar extraño, pues Litton conoce bien las grandes carencias acústicas del Palacio de la Ópera, en el que unas cuantas filas de butacas arriba o abajo significan ya un cambio considerable en la perspectiva auditiva, lo que experimentó el firmante y alguien más que no ocupaba su localidad habitual. Quizá la razón fuera el estar pensando en la muy diferente condición sonora del Palacio Euskalduna en el que actuará estos días la OSG con las mismas obras excepto las Variaciones de Chaikovski que serán sustituidas por el Concierto de Elgar con Asier Polo. Creo que ello hizo que se resintiera el resultado general, quedando por momentos un tanto borrosa la fusión del conjunto —por lo demás excelente en su rendimiento sección a sección, como en todo el concierto— en Wagner y algo agresivos trombones y trompetas en determinados compases en Dvorák.
Luis Suñén


