A CORUÑA / OSG, Ibáñez y Stenz: virtuosismo e intensidad

A Coruña. Palacio de la Ópera. 17-I-2025. Orquesta Sinfónica de Galicia. Joan Ibáñez, pícolo. Director: Markus Stenz. Obras de Farrenc, Liebermann y Schumann
Hace poco menos de dos años se presentaba Markus Stenz (Bad Neuenahr-Ahrweiler, 1965) al frente de la Orquesta Sinfónica de Galicia con una memorable Séptima de Bruckner. Por fortuna no ha tardado demasiado en cumplirse el anhelo de que volviera lo antes posible y, de paso, la confirmación de la gran clase que atesora el maestro alemán, titular que fuera de la Gürzenich de Colonia. Esta vez la pieza fuerte del programa ha sido la Segunda Sinfonía de Robert Schumann, una partitura habitual en los atriles coruñeses pues, en los últimos años, se ha dado, si no recuerdo mal, en 2020 dirigida por Antonio Méndez, en 2021 por James Conlon y en 2022 por Anja Bilhmaier. La de Stenz —sin batuta, manos expresivísimas— ha sido una extraordinaria versión, por concepto y por realización, intensa, honda pero también bien aireada, en la que ese aspecto emocional a que hace alusión Teresa Cascudo en sus, como siempre, estupendas notas al programa, citando a Anthony Newcomb, quedaba expuesto sin necesidad de recurrir a ese cierto goticismo que a veces aparece por ahí. La inevitable dialéctica entre impulso y bajón, tan schumanniana, se aclaraba sin forzar, de la mano de un discurrir sonoro que pareciera bastarse a sí mismo, aun sabiendo de dónde procedía cada palpitación.
El soberbio trabajo de Stenz —adalid, por cierto, de la música de Detlev Glanert, de tanto éxito en el segundo concierto de la presente temporada con Moser y Rakitina— surgía también de la evidente química que le une con una orquesta que echó el resto siendo fiel a sí misma. Es muy gratificante ver cómo la OSG —magnífica en todo momento con mención especial para maderas y timbal— responde a un director que no va a conformarse con una faena de aliño, en el que parece confiar a ojos ciegas y viceversa. Esa atención se mostró desde el primer momento —ahí donde los metales sufren en una introducción que casi siempre sale regular— y hasta el último compás de la coda. Muy a destacar todo el devenir del movimiento inicial, de un trazo bien bruñido, la gracia controlada del Scherzo antes féerico a su manera que innecesariamente engañoso, la altura anímica del premahleriano Adagio espressivo y el control, sin perder un átomo de fuerza, del Finale, todo en un equilibrio que jamás cedió a la tentación de exacerbar el componente, por así decir y para entendernos, puramente romántico. Y, hablando de Mahler, no deja de ser curioso que Stenz vuelva el próximo fin de semana con la Quinta del bohemio, como sabemos orquestador, sin demasiada fortuna, de las sinfonías de Schumann.
La sesión se abría con la Obertura nº 1 de Louise Farrenc, una pieza de mucho carácter, con más del academicismo de Reicha y compañía —recuerda por momentos la sinfonía de su casi estricto contemporáneo Arriaga, de formación parecida— que de la libertad de Mendelssohn, pero muy bien construida y que vuelve a revelar lo interesante de la música de la compositora francesa tras escuchar a finales de 2021 su Tercera Sinfonía dirigida por Carlos Mena.
El protagonista principal de esa primera parte fue el solista de la OSG, Joan Ibáñez, en el Concierto para pícolo y orquesta de Lowell Liebermann (Nueva York, 1961), escrito en 1996 y que se ha convertido en pieza de bravura por antonomasia para el instrumento tras las grabaciones de dos de sus grandes figuras, Jean-Louis Beaumadier y James Galway. La obra, que siendo relativamente corta se hace decididamente larga, es tan difícil para el solista como carente de verdadera sustancia para el oyente. Está bien hecha, pues no en vano su autor acumula experiencia por arrobas, pero al fin y al cabo es una especie de recuelo de posos diferentes, todos descafeinados por cierto: el lirismo de Barber, un minimalismo de baja graduación y un homenaje no menos suave a Shostakovich en un tercer movimiento al que se suman sin saber por qué y sin gracias mayores Beethoven, Mozart y Sousa. La labor de Ibáñez, a la que hay que añadir la de la arpista Celine Landelle y la pianista Alicia González Permuy, fue extraordinaria, una de esas demostraciones que enseñan cosas al público, en este caso que el pícolo puede hacer mucho más que jugarse la vida en la Cuarta de Chaikovski, que posee una expresividad propia y que no lo toca así quien quiere sino quien puede. Para completar su exhibición, ofreció como encore la Fantasía nº 1 de Telemann.
Luis Suñén
(Foto: Pablo Sánchez Quinteiro)


