A CORUÑA / OSG, Hornung y Scaglione: emociones del (otro) siglo XX

A Coruña. Palacio de la Ópera. 13-II-2026. Maximilian Hornung, violonchelo. Orquesta Sinfónica de Galicia. Director: Case Scaglione. Obras de Elgar y Rachmaninov.
El programa de abono de este fin de semana de la Orquesta Sinfónica de Galicia permitía sobre el papel dos lecturas inmediatas: la de quienes se alegraban de que acogiera dos compositores que representan un gusto no amigo, por así decir, de los sobresaltos y la que se quejaba de que se trata de autores fuera de su tiempo. La primera opinión es perfectamente respetable pero no creo que sea demasiado riguroso considerar a Elgar y Rachmaninov como creadores ajenos a su época por el hecho de ser perfectamente tradicionales en su lenguaje, más aún cuando este presenta logros tan evidentes como los que íbamos a escuchar. El primero escribe su Concierto para violonchelo, que es la última de sus obras mayores, en 1919, después de la Gran Guerra y en un momento personal difícil, incluso en lo económico y más allá de que siga sin conseguir que lo hagan lord. Las Danzas Sinfónicas son también la última gran obra de un Rachmaninov que ha vivido los últimos años del zarismo, la revolución bolchevique, el exilio inconsolable, las dificultades iniciales, la gloria como pianista. Y en 1949, cuando la concluye, estamos ya en la mitad del siglo XX. Ambos músicos contribuyen a explicar precisamente lo que ha sido ese siglo desde su experiencia personal, pues los dos, además, la vuelcan en estas sus obras postreras con una estética que, en resumen, lo que hace es otorgar aún más valor a la variedad extraordinaria de propuestas artísticas que, englobables o no en la modernidad o en la vanguardia o en lo que queramos, otorga a ese tiempo una riqueza descomunal.
La idea ha estado maravillosamente servida en lo que ha sido un concierto redondo y, de nuevo, capaz de sorprender a la audiencia con nuevos nombres. El violonchelista Maximilan Hornung (Augsburgo, 1986) ha ido construyendo sin prisa una carrera que empieza a dar sus frutos con apariciones con grandes orquestas tras centrarse sobre todo en la música de cámara —por cierto, ahora forma trío nada menos que con Vilde Frang y Denis Kozhukhin. El aficionado coruñés se ha encontrado con un solista excepcional, de sonido poderoso, amplio y bello, de técnica impecable, enormemente musical y capaz de desentrañar todo lo que el Concierto de Elgar lleva dentro, detalle a detalle, matiz a matiz, guiño a guiño. En una obra en la que aparecen referencias como la histórica de Jacqueline Du Pré o la más reciente de Sheku Kanneh-Mason, el violonchelista alemán ha lucido una personalidad admirable, un perfecto conocimiento de la materia y un saber descubrir lo que aparenta y lo que esconde. El encore —el Preludio de la Suite nº 1 de Bach—, que suele venderse tan barato, llegó esta vez con pleno merecimiento.
El tejano Case Scaglione (1982) se mostró ya como interesantísimo maestro en el acompañamiento a Hornung y lo confirmaría en su atenta y muy esclarecedora lectura de las Danzas Sinfónicas de Rachmaninov. Con las ideas muy claras y elegante en el podio, explicó muy bien que la obra es tanto una mirada crepuscular a lo que fue y no volverá como a lo desconocido que la muerte preludia. Una reflexión en la que los viejos cantos litúrgicos se suman a la presencia, tan habitual en el ruso, de ese Dies irae que hay que saber subrayar hasta que acaba por adueñarse de la situación en el último movimiento. Lo entendió perfectamente el director estadounidense que tampoco dejó de lado la intensidad que requiere la capacidad única del autor para la melodía. Magnífico en el relato interior y en su retórica tan especial, cuidadoso en las dinámicas, sin forzar nunca arriba pero brillante cuando se debe y extremadamente expresivo siempre, dejó para el final el gran momento de la tarde, cuando el golpe de tam-tam —José Belmonte esta vez— queda como colofón acongojante de todo el edificio sonoro. Por su parte, la OSG —que se unió a la audiencia en las ovaciones a Scaglione— volvió a mostrarse al altísimo nivel de toda la temporada: concertino, oboe, corno inglés, clarinete bajo, flauta y, por supuesto, el saxo alto de Alberto García Noguerol en el Non Allegro. Estupendos los metales en ese cruce entre lo fantasmal y lo brillante que pide para ellos Rachmaninov.
Luis Suñén
Foto: Pablo Sánchez Quinteiro


