A CORUÑA / OSG, Gugnin y González Monjas: comienza la temporada más deseada

A Coruña. Palacio de la Ópera. 10-X-2025. Orquesta Sinfónica de Galicia. Andrey Gugnin, piano. Director: Roberto González-Monjas. Obras de Prokofiev, Chaikovski y Rimski-Korsakov.
Al margen de su programación —excelentemente articulada con los mimbres económicos de que se disponen—, de las figuras de más o menos lustre que acudan al escenario del Palacio de la Ópera, de si son tantos o cuantos conciertos, lo importante en esta temporada de la Orquesta Sinfónica de Galicia era empezar. No estaba tan claro si se podría o no hasta hace bien poco. La llegada del nuevo gerente, Juan Antonio Cuéllar, su trabajo para encauzar la tremenda deuda, los equilibrios para ajustarse a la realidad económica bajando cachés o imaginando fórmulas más factibles, ha dado el fruto de ofrecer un abono que parecía imposible. Añadamos a ello el apoyo de un Roberto González-Monjas que sabe que el proyecto no puede caer y el de unos músicos que ya el día de la presentación de la temporada anunciaban que iban a darlo todo y que cerraban filas con el equipo artístico y gestor. Los resultados de esta deseada e ilusionante primera cita se resumen en haber encontrado a una OSG a la altura de sí misma, sabedora de que su autoestima se corresponde con sus enormes posibilidades, excelente en cada atril y en su conjunto, encantada con su maestro —y viceversa— y, al fin y al cabo, haciendo aún más apetecible lo que nos queda de aquí a junio del año que viene.
Como ninguna dicha es completa, al inicio de la semana se caía del cartel por enfermedad quien iba a ser protagonista del Concierto nº 3 de Prokofiev, Alexander Kantorow, uno de los grandes de entre los jóvenes y que debía recalar en a Coruña antes de emprender una gira por Estados Unidos y otra por Japón —con Mäkelä y la Concertgebouw, que no está mal. Su sustituto fue Andrey Gugnin (Moscú, 1987), nuevo en esta plaza y firmante de algunos discos muy interesantes para Hyperion —Stravinski, Chaikovski, Grieg, Shostakovich, Scriabin— en los que demuestra algunas de las cualidades que lució en su presentación coruñesa. El virtuosismo está descontado —uno de esos discos está dedicado nada menos que a obra escritas para Leopold Godowski— y precisamente por eso no deja de resultar un tanto sorprendente que su acercamiento a una de las piezas concertantes del piano del siglo XX que más lo demandan fuera tan finamente diseñado más allá de esa mecánica que demostró dominar. De acuerdo con el concepto de González-Monjas la lectura quiso ir más allá de lo dinámico, lo percutivo o lo intensamente rítmico para ofrecer un Prokofiev situado con precisión en la encrucijada de la modernidad que le tocaba en aquellos primeros años veinte del siglo pasado. Todo fluyó, si podemos decirlo así, con una serenidad medidamente tensa hasta que —cómo no— un móvil, a la altura del inicio del Allegro ma non troppo, interrumpió por tres veces. A la tercera un espectador gritó “¡que se vaya!” y González-Monjas tuvo que volverse al público para pedir que se desconectaran los teléfonos. La conversación en el intermedio acabó, así, yendo más por el tema de los inhibidores que por lo bien que había tocado Gugnin quien, como encore, ofreció un superlativo Precipitato de la Sonata nº 7 de Prokofiev.
El resto del programa también fue ruso, con un par de obras tan distintas entre sí como cercanas en el tiempo: Romeo y Julieta de Chaikovski y Capricho español de Rimski-Korsakov. Excepto sus sinfonías, se interpreta poco la obra para orquesta de Chaikovski, de manera que a veces las audiencias tienden a comparar obras como esta Romeo y Julieta o Francesca da Rimini con determinados movimientos de aquellas. Por eso es importante, como hizo el titular de la OSG, partir de la base de un título que enmarca la historia de amor como Obertura fantasía. Ya sabemos que nunca hubo por parte del autor una ópera sobre este asunto y que como obertura su duración excedería la costumbre. Sin embargo, como fantasía —y, sí, desde cualquier punto de vista— la pieza es magistral, puro Chaikovski resumiendo el drama shakespeariano desde su estilo a la vez teatral y, siempre con las reservas propias del caso, sentimental. González-Monjas supo muy bien colocarse en el espacio justo y narrar la historia con la intensidad necesaria y esa claridad que le permiten los mimbres de una orquesta en magnífica forma.
Cerró la sesión otra obra maestra que se diría que el aficionado conspicuo tarda años en valorar en su justa medida: el Capricho español de Rimski-Korsakov. La versión de los sinfónicos coruñeses y su titular dejó bien claras las virtudes de su autor, empezando por esa forma de orquestar a la que tanto deben Stravinski o Ravel y continuando por la evocación de lo popular con justeza dentro de esa condición exótica que le tocaba a lo nuestro en aquella época. Admirable la conclusión, lo que ya habíamos observado en Prokofiev. En ambos casos hay que ordenar el tráfico sonoro con mucha pericia y aquí se logró también que todo se escuchara en su sitio, sin que nada se perdiera en el magma de una sonoridad tan plena.
Cada una de las secciones de la Sinfónica de Galicia merecería un párrafo aparte pues toda la orquesta destacó por su entrega y por su manera de mostrar su valía individual y colectiva. González-Monjas señaló a todos y no tiene sentido que aquí enumeremos a cada atril pero déjenme citar al concertino Masimo Spadano, el clarinete Juan Ferrer, el trompa Nicolás Gómez Naval, el percusionista Alejandro Sanz… e tutti quanti. Se ha podido empezar. Enhorabuena y a por todas.
Luis Suñén
Foto: Pablo Sánchez Quinteiro


