A CORUÑA / OSG, Ferschtman y Stenz: El concierto como acontecimiento irrepetible

A Coruña. Palacio de la Ópera. 24-I-2025. Orquesta Sinfónica de Galicia. Liza Ferschtman, violín. Director: Markus Stenz. Obras de Schumann y Mahler.
Que Markus Stenz es mahleriano conspicuo quedó de manifiesto en su integral de las sinfonías del bohemio grabada con la Gürzenich para la firma Oehms y que se iniciaba, en 2010, precisamente con esta Quinta que proponía a la filarmonía coruñesa —previo concierto el jueves en Santiago de Compostela— en su segunda semana consecutiva con la Orquesta Sinfónica de Galicia. Ya la había grabado con su anterior orquesta, la Sinfónica de Melbourne (ABC Classic) en 2002, y en ambos casos con resultados sobresalientes. Hay también un video de 2012 con la Bundesjugendorchester en Berlín. Mi colega Norman Lebrecht destacaba en su libro ¿Por qué Mahler? aquella versión coloniense que ha eclipsado un poco injustamente a la australiana que le precediera. Para el conocedor de ambos registros, la coruñesa ha supuesto la demostración de la importancia que para el maestro alemán tiene la evolución del concepto, el estudio permanente, la escucha del propio interior a lo largo del tiempo que transcurre entre cada concierto y que desemboca en ese presente en el que no hay vuelta atrás. Si parecían resolverse algunos interrogantes otros se abrían más o menos palpablemente a lo largo de una lectura siempre viva, fulgurante, clara y pendiente tanto del relato —ya carga el diablo la palabra, qué le vamos a hacer, pero digámoslo en el sentido más narrativo posible, la peripecia interior, por ejemplo— como de su discurrir sonoro, de su único apoyo al fin y a la postre. El concierto como acontecimiento irrepetible por el que abogaba un Sergiu Celibidache a quien, por cierto, nunca le interesó Mahler.
El discurso mahleriano es siempre proteico por más que las intenciones parezcan certeramente dirigidas. El amor, la pasión, la desilusión, la esperanza o el autoengaño no acaban de ser unívocos y definitivamente dejan de serlo a partir de la Quinta, con el paréntesis posterior, tan especial, de la Octava. Stenz pone en juego todas las cartas de la baraja mental y expresiva del autor e incide, desde el ensayo, en la teoría. Pero también, palpablemente, desde el podio del concierto en la práctica, en los acentos que ahí y en ese momento surgen del propio desarrollo de la escritura no para ilustrarla sino para profundizar en ella, mientras, per aspera ad astra, se hace trabajar por igual a orquesta y a audiencia. Es uno de esos maestros a los que hay que agradecerles que nos compliquen la vida porque consiguen que exaltación e introspección no sean tan unidireccionales.
Respecto de los testimonios fonográficos citados uno diría que en esta ocasión, agazapado en el equilibrio entre objetividad y fuerza motriz, aparecía un cierto guiño expresionista, un apoyo en el gesto y el color que destacaba aún más la intensidad de la propuesta, que radicalizaba en cierto modo el panorama a partir de un primer movimiento —iniciado espectacularmente por el trompeta Manuel Fernández Álvarez— que en algún momento parecía como de tanteo frente a lo que se avecinaba. Desde el segundo la versión se asentó con absoluta seguridad hasta hacerse poderosísima sin perder en su grandeza nada de lo que se pide con tanta exigencia a cada atril de la orquesta. Extraordinaria Marta Isabella Montes en la trompa en el Scherzo y sensacional la cuerda —como durante toda la sinfonía, los violonchelos negociando las dificultades técnicas que se les proponen, los contrabajos excelsos— en un Adagietto simplemente ejemplar, a años luz de la imagen viscontiniana que tanto daño le ha hecho. Admirable igualmente el Rondo-Finale en la claridad de las citas y en la construcción de su culminación con una coda emocionante que cerraba lo que se nos había ofrecido como una historia personal a compartir, llena de cosas, de episodios, de estados de ánimo, con la dosis necesaria de objetividad para dejarnos respirar y de alma —ay, Alma— para emocionarnos. Una versión sensacional que confirma a Markus Stenz como un favorito indiscutible del público coruñés.
Uno tenía sus dudas a la hora de pensar si realmente hacía falta otra obra antes de la Quinta de Mahler, que basta y sobra para una sesión de alto voltaje. Stenz consideró el Concierto para violín de Schumann como un complemento ideal y, dado lo bien que salió la Segunda Sinfonía la semana pasada, tampoco la cosa iba a ser tan grave. Al fin, las posibles dudas cayeron ante la estupenda versión de Liza Ferschtman, alumna, como Leticia Moreno o Roberto González Monjas, de David Takeno en Londres. Con un acompañamiento magnífico de Stenz y la OSG, la holandesa mostró técnica sobrada y perfecta puesta en estilo, acorde con el concepto del maestro, dándole al instrumento solista el protagonismo que no le otorga explícitamente la partitura —no hay cadenze— aunque al fin tenga que trabajar lo suyo en esos momentos en los que se funde con la orquesta de manera especialmente sutil —en eso el segundo movimiento fue modélico. El primero es puro Schumann sinfónico y como tal se expuso y el algo reiterativo tercero fue resuelto con la gracia necesaria y con ese leve toque que hace que cada repetición parezca distinta a la anterior. No es pieza que cautive a los públicos de inmediato, pero sí es puro Schumann y como tal se nos presentó antes de su en cierta manera especular Gustav Mahler. Ferschtman ofreció como encore el Largo de la Sonata nº 3 para violín solo de Bach.
Luis Suñén
(Foto: Pablo Sánchez Quinteiro)


