A CORUÑA / OSG, Denève y McAllister: música para ser felices

A Coruña. Palacio de la Ópera. 20-XII-2024. Timothy McAllister, saxofón. Orquesta Sinfónica de Galicia. Director: Stéphane Denève. Obras de Bernstein, Connesson, Poulenc y Gershwin
Lo primero que cabe destacar del concierto con el que la OSG cerraba el año es lo bien pensado de su programa. Nada frecuente —a pesar de su popularidad, ni la obertura de Candide de Bernstein ni Un americano en París de Gershwin son piezas que suelan aparecer en los programas de abono de nuestras orquestas—, coherente en la integración de sus cuatro capítulos —siglo XX y XXI, modernismo sin vanguardia, expresión natural de cuatro inspiraciones distintas— y pleno de una música no ya excelente sino, además, capaz de suscitar en quien la escucha esa sensación de felicidad que en tiempos como este casi le hace a uno sentirse culpable.
Como artífice para llevar a buen puerto tan refrescante idea se contaba con Stéphane Denève (Tourcoing, 1971), un director que hace poco más de dos años causaba una magnífica impresión en un programa con música de Dutilleux, Connaisson y Rachmaninov. El maestro galo posee una muy buena hoja de servicios, pues es titular de la Sinfónica de San Luis y de la New World Orchestra en Miami —la que fundara Michael Tilson Thomas— y lo ha sido de la Nacional de Escocia y la SWR de Stuttgart —dos orquestas muy ligadas a discográficas como Chandos o Hänssler con las que ha trabajado frecuentemente—, así como principal invitado en Filadelfia.
No ha defraudado Denève en su nueva visita al noroeste. Para empezar, nos proponía una de las músicas más afirmativas, directamente alegres y mejor escritas —una obra maestra de cuatro minutos y medio— de ese estupendo compositor que fue Leonard Bernstein: la obertura de Candide, su opereta de 1957, el mejor remedio para el malhumor por mucho que sepamos que la sombra de Pangloss es alargada aunque se quiebre de continuo. La versión fue brillante pero algo maciza de más y por eso muy distinta de la ejemplar que dirigiera Leonard Slatkin —pura escuela—, quien fuera, además, uno de sus antecesores en San Luis, en noviembre de 2013 y que la orquesta atesora en su página web por si algún lector quiere comprobarlo.
Siguió A Kind of Trane, el concierto para saxofón y orquesta de Guillaume Connesson (Boulogne-Billancour, 1970), estrenado en 2015. El título hace alusión naturalmente a Miles Davis —su disco fundacional Kind of Blue— y, sobre todo, a John Coltrane, pues se trata de un homenaje al genio del autor de A Love Supreme —el primer movimiento se titula There is no Other y el último Coltrane on the Dancefloor— entre otras maravillas. Por sus discos y sus programas sabemos de la devoción de Denève por la música de Connesson, que fue compositor en residencia en la Real Orquesta Sinfónica de Escocia cuando su titularidad, de quien ha grabado unas cuantas obras y de quien, en su primera visita, nos había presentado Le tombeau des regrets, de la que decíamos en nuestra crítica en SCHERZO que se trataba de “un ejercicio retórico, aparentemente ambicioso pero de escaso vuelo, muy bien construido —como todo lo que de él conocemos— pero de muy limitado alcance emocional”. Este crítico prefiere A Kind of Trane, tal vez por menos aparentemente ambiciosa —lo es para el solista, que ha de lidiar con toda una plétora de dificultades técnicas, con el saxofón soprano y el alto, a las que se añaden los tempi en los movimientos extremos—, basada en una expresión si más ligera no peor armada. A la Ballade central le hubiera favorecido acercarse un poco más, a su manera, claro, a esa suerte de sentimental mood —Ellington— que evoca su título. Timothy McAllister, tejano de 1972, fue un protagonista impecable, inmejorable se diría. La técnica es apabullante, el sentido del ritmo sensacional y la belleza de su sonido simplemente admirable. Por algo ha estrenado ya más de 250 obras. Curiosamente, el conjunto de la interpretación me pareció menos logrado que el de la grabación en Deutsche Grammophon de sus dos protagonistas con la Orquesta Filarmónica de Bruselas, una formación, sin embargo, de clase inferior a la Sinfónica de Galicia.
Siguió esa preciosidad que es Les Biches de Francis Poulenc, estrenada en 1924, con su mezcla de francofonía de pura cepa, neoclasicismo, toques de Stravinski y, sobre todo, asomos claros de la personalidad de un compositor siempre estimulante, siempre fiel a sí mismo. Se interpretó la suite —el ballet completo requiere un coro— y con ella se logró uno de los grandes momentos de lo que llevamos de temporada. La claridad expositiva, la definición de líneas, el coloreado de cada parte, la diferenciación de planos, las dinámicas y la pertinencia evocadora de las citas fueron otras tantas características de la impecable dirección de Denève. La orquesta se mostró como el formidable conjunto que es, con cada principal rindiendo a plena satisfacción, gustándose y al mismo tiempo sabiendo que se rendía a una concepción muy inteligente de la partitura por parte del maestro. Para que se hagan una idea quienes estuvieron el concierto de hace dos años, a la altura de sus Danzas Sinfónicas de Rachmaninov.
Concluyó la velada con Un americano en París de George Gershwin, dada por primera vez cuatro años después que Les Biches, y que cada vez que se escucha demuestra cuán superadas están ya esas tesis acerca de la ingenuidad de la inspiración de un autor a quien Ravel le diría que no necesitaba de sus clases de composición —como Nadia Boulanger a Astor Piazzolla. Rutilante lectura la de Denève —que, salvo en el caso de la obertura de Candide, que sustituirá por La creación del mundo de Milhaud, repetirá este programa de A Coruña con la Orquesta de Cleveland a principios de enero— y los sinfónicos gallegos, a los que esta clase de música que pide una rítmica verdaderamente participativa parece irles como anillo al dedo. Todos estuvieron en estilo, con destacadísimo papel de trompeta, trombón y tuba, concertino, maderas, percusión, trompas, los tres saxos en Gershwin e tutti quanti. Gran concierto, pues. Nada habitual en su propuesta y protagonizado por una orquesta y un director que saben entenderse, más un solista de los que entran pocos en temporada.
Luis Suñén


