A CORUÑA / OSG: Del oficio al genio

A Coruña. Palacio de la Ópera. 7-XI-2024. Yulianna Avdeeva, piano Orquesta Sinfónica de Galicia. Director: Roberto González-Monjas. Obras de Dubugnon, Liszt, Lutoslawski y Richard Strauss.
Una de las consecuencias de una programación coherente consigo misma es ir generando zonas de interés entre el público a quien se le propone. Por ejemplo, la Orquesta Sinfónica de Galicia lleva un tiempo estrenando en España obras de autores contemporáneos que responden a estéticas en buena medida tradicionales o, mejor, que transitan por esa vía relativamente cómoda que asume una modernidad sin sobresaltos a través de una gratificante capacidad de comunicación. A veces, como en el Concierto para violonchelo y orquesta de Detlev Glanert dado hace quince días, esa comunicabilidad llega por la vía de un compromiso estético que sabe conducirse por la senda de la competencia técnica para desembocar en el logro de una emoción que justifica el trabajo de la escucha.
Pero esta vez, no ha sido así. El resultado de la Suite Arcanes symphoniques op. 30, del suizo Richard Dubugnon (Lausana, 1968), proveniente de una obra más amplia basada en las cartas del tarot marsellés —en esta reducción son cuatro las que se seleccionan: La luna, La estrella, La fuerza y El sol— se queda muy a ras de tierra, lejos de esas implicaciones estéticas que propone estos días la exposición La torre invertida. El tarot como forma y símbolo en La Casa Encendida en Madrid. No se trata de creer en las cartas sino de opinar sobre esta su traslación en solfa, una sucesión de clichés sin especial interés, armados con oficio, pero escasos de significación estrictamente musical. Por lo demás, a este crítico nunca le ha atraído el asunto y seguramente eso lastra su opinión. Sépase, por otra parte, que la producción de Dubugnon ha interesado a Esa-Peka Salonen, a Janine Jansen a Gautier Capuçon y a una buena pléyade de estrellas del clásico, y le ha hecho decir a Thierry Hilleriteau en Le Figaro que “se trata del heredero espiritual de Ravel, Messiaen y Dutilleux”. Algo exagerada suena aquí la afirmación tras la escucha de los Arcanos. De Messiaen hay retazos leves, de Dutilleux algo de atmósfera y de Ravel ni un átomo. Mensaje leve en opulenta carrocería. Uno se pregunta, y enseguida pasamos a otra cosa, si no hubiera hecho mejor papel en esa apertura de concierto, en la que ni siquiera la orquesta brilló como acostumbra, algo de buena música española.
El resto de la sesión fue magnífico. Yulianna Avdeeva anduvo sobradísima en esa extravaganza maravillosa que es el Concierto nº 1 de Franz Liszt, el más loco de todos sus homólogos románticos. González-Monjas se metió de lleno en esa locura desde el principio, con un acompañamiento tan intenso como la personalidad de la solista, de enorme sonido pero también capaz de hacer lo que la pieza pide, que es moverse de la bravura a la intimidad sin transición. Y sin perder en ningún momento el acento lisztiano, ese que a veces parece algo vulgar pero enseguida se hace exquisito. Claro que para vulgaridad la del poseedor o poseedora del teléfono móvil que se encargó de truncar el arranque del segundo movimiento. Pianista y director se tomaron con tranquilidad un episodio que a otros —imagínense un Zimerman— les hubiera hecho coger el portante Para empezar la segunda parte, las breves pero intensas Variaciones sobre un tema de Paganini de Lutoslawski, una obra maestra cuya duración la hace incómoda de meter en un programa digamos normal —se agradece el detalle—, y que se nos dio en inmejorable versión. De un lado la agilidad mayúscula de Avdeeva y de otro la pericia rítmica de González-Monjas con una OSG que parecía por momentos a punto de despegar de puro swing.
Cerró la velada esa hermosura absoluta que es la Suite de “El caballero de la rosa” que preparara en su día un presunto anónimo que respondía al nombre del talentoso y peculiar director de orquesta Arthur Rodzinski. Hay pocas músicas tan bellas como esta, por más que siempre se quede algo corta frente al original operístico —el maravilloso terceto del tercer acto no es el mismo sin las voces y Rodzinski no quiso saber nada de unas transiciones más sutiles que eliminaran el efecto de recorta y pega. González-Monjas y la OSG ofrecieron una grandísima versión, sobre todo por lo que tuvo de continuidad expresiva —aquí la dramática no procede, pero sí el mantenimiento de las emociones— y, de nuevo, rítmica. No todo es el vals, el paso dirían los bailarines de salón, pero sí el mantenimiento del ritmo, la continuidad, la fluidez del discurso puramente musical aun en el cambio de clima, desde esa introducción que en la ópera es la suma del amor y las obligaciones de una Mariscala, oficiando como tal, a las delicias del enamoramiento de los dos jóvenes, primero en la presentación de la rosa, luego en la declaración en ese terceto del tercer acto que es uno de los grandes momentos de la historia de la música, contemplados por la misma mujer que sabe que su tiempo ha pasado. Y, claro, unos ligeros toques de la zafiedad del chasqueado Barón Ochs. La OSG y su maestro volvieron a dar prueba de lo feliz de su unión artística. Hubo un extraordinario control de las dinámicas, así los pianissimi con su bien administrado rubato tras la escena de la presentación de la rosa, o la inefable cima del terceto —que, recordemos, “es un sueño” en una escena que empieza con un nombre, precisamente el de la Mariscala— y la llegada a la conclusión en una coda intensa y poderosa tras la opulencia de la última y festiva aparición del vals. Suma de poesía y ensueño en una historia que de tan poco creíble hay que seguir contando una y otra vez. La entrega de la OSG fue total, la concentración tan plena como la atención a los requerimientos de su maestro a la hora de perfilar detalles expresivos. Citar nombres cuando la calidad del conjunto brilla de tal manera no tiene demasiado sentido. Hagámoslo en esta ocasión con el concertino invitado, Pedro Rodríguez, en lo individual y, por secciones, el estupendo rendimiento de las trompas, a las que Strauss tanto pide.
Luis Suñén
Foto: Pablo Sánchez Quinteiro


