A CORUÑA / Orquesta Joven, Coro de la OSG y Caballé Doménech: uniendo a los contrarios

A Coruña. Palacio de la Ópera. 5-IV-2026. Rocío Martínez, soprano. José Manuel Guinot, tenor. Guillém Batllori, barítono. Coro, Coro Infantil y Orquesta Joven de la Sinfónica de Galicia. Director: Josep Caballé Domenech. Obras de Shostakovich y Orff.
Los programas de los conciertos suelen hacer extraños compañeros de viaje. Esta vez nada menos que la Primera Sinfonía (1925) del entonces recién soviético Dmitri Shostakovich y Carmina Burana (1937) del contemporizador de los nazis Carl Orff. La sinfonía fue el trabajo de graduación de un Shostakovich de diecinueve años y una de las obras tempranas más sorprendentes de todo el repertorio. Sorprendente, audaz, imaginativa, con ella iniciaba una carrera que en la Unión Soviética no podía ser sino gravemente arriesgada y que le llevó en alguna ocasión a temer por su propio pellejo. Mientras, Orff cuidaba el suyo con cosas como una versión alternativa a El sueño de una noche de verano del judío y prohibido Mendelssohn o estos Carmina Burana, una suerte de reconstrucción de un mundo sonoro y social muy bien admitida por un régimen al que esta pedagogía ayudaba en su afán uniformizador.
El miedo es libre, unos lo negocian mejor y otros peor y, en estos dos casos, ambas piezas se programan con asiduidad, bien que sus esencias sean tan distintas que unirlas en un concierto tenga algo de ducha escocesa musical. También hay que reconocer que enfrentan al público a una doble sensación: la que produce lo que hace pensar seriamente —en este caso la creación de un joven de la edad de los músicos que lo interpretaban— y la de aquello que se recibe previamente digerido. Este crítico puede recordar la primera vez que escuchara Carmina Burana, muy joven, y hasta reconocer su influencia en su propia perseverancia inicial pero, con el paso del tiempo, cada vez ha tenido menos ganas de volver a ella. Como diría el del chiste, le estraga un poco. Mucho mejor el original del medievo.
El resultado del programa doble correspondió a su propia jerarquía cualitativa. Así, Caballé Domenech firmó una estupenda Primera de Shostakovich, llevada en todo momento —desde un brillante inicio que despertó una atención que no decaería en toda la obra— con un cuidado máximo, como teniendo en cuenta siempre que trataba con material altamente sensible: jóvenes talentosos haciendo música de excelente calidad y teniendo en cuenta los límites de unos y de otra. Desde el principio destacó la implicación de todos, mostrando el maestro ese cuidado en las dinámicas que forma parte esencial de su técnica, y los chicos y chicas —clarinete, concertino, violonchelo, piano, trompeta, timbal…— arriesgando de veras en la expresividad individual. Como momento de mayor interés, quizá ese Lento en el que todos se la jugaron en el mantenimiento de la línea. Ya sabemos que las jóvenes orquestas dependen, como los vinos, de las características de cada cosecha y que estas varían en cantidad y en calidad. La OJSG de este concierto ha estado a la altura de lo que se espera y se desea de ella en una ciudad que sabe valorar su trabajo desde siempre.
En Carmina Burana la orquesta mantuvo el buen tono de la primera parte —espléndido el tuba—, el Coro de la OSG se entregó en lo que fue un inteligente planteamiento de una obra que puede abordarse con más empuje que virtuosismo, el Coro Infantil respondió a lo que se espera de su manipulada transparencia y los solistas vocales —a los que maltrata Orff— cumplieron con algo más que suficiencia. Caballé Domenech controló ritmos, equilibró teatralidad y lirismo y condujo todo con mano firme hacia el descontado triunfo final. Por cierto, el 30 de mayo, el Coro de la OSG y la Orquesta Joven harán Carmina Burana en Andorra la Vella dirigidos de nuevo por el maestro barcelonés.
Luis Suñén
(Foto: Pablo Sánchez Quinteiro)


