A CORUÑA / Moser, Rakitina y la OSG: excelencia en lo de hoy y en lo de siempre

A Coruña. Palacio de la Ópera. 25-X-2024. Orquesta Sinfónica de Galicia. Johannes Moser, violonchelo. Directora Anna Rakitina. Obras de Glanert y Chaikovski.
La ruso-ucraniana Anna Rakitina (Moscú, 1989) luce un impecable currículo formativo en el que figuran nombres como Stanislav Dyachenko, Bernard Haitink, Vladimir Jurowski o Gennadi Rozdhestvenski, un cruce de influencias que se advierte en su manera de abordar una partitura como la Quinta de Chaikovski, una suma en sus manos de equilibrio e intensidad. Partiendo de la base de una idea muy clara de lo que la obra tiene, como propia de su autor, de recorrido interior a punto de desbordarse, la maestra plantea, explica y saca sus conclusiones con una coherencia admirable. El desarrollo del primer movimiento —estupendo el clarinete Iván Marín— puso de manifiesto el sentido de cada frase, su intención última y, en definitiva, que estábamos asistiendo a una lectura poco convencional, de esas que le complican a uno la vida y que le hacen comprobar, como sucede pocas veces, que no se puede dar nada por sentado. En el Andante cantabile el arco que abre la trompa —sobresaliente Marta Montes— se cerraba con toda lógica pero, sobre todo, con la intensidad necesaria para que nos encontráramos a continuación con un Vals tan real como engañoso, con esas dudas que nos van a llevar a un Finale en el que el triunfo aparente no es sino el preludio de la Patética. A la idea correspondía como artífice eso que llamamos técnica de batuta, la que le permite a Rakitina, por ejemplo, controlar las dinámicas sin amilanarse ante el riesgo de una preponderancia de los metales —escuela rusa al fin y al cabo— e insistir en una expresividad sin artificios. Aún ha de crecer —alguna mínima caída de tensión en el último movimiento fue peccata minuta— esta estupenda directora, de maneras ágiles y claras, menuda de estatura pero grande en capacidad comunicadora, que está hoy, con todo merecimiento, en las carteleras de las mejores orquestas del mundo y cuya vuelta al podio de la OSG esperamos desde ya.
En la primera parte de la velada se estrenaba en España el Concierto para violonchelo y orquesta de Detlev Glanert (Hamburgo, 1960), dado por vez primera en enero de este año por la Orquesta Filarmónica de Luxemburgo dirigida por su titular, Gustavo Gimeno, con el mismo solista que en A Coruña, el muniqués de 1979 Johannes Moser. Muy en la línea de las de autores extranjeros de hoy mismo que la OSG ha ido incorporando a sus programaciones, es de un efecto inmediato, desde la primera a la última nota. Un efecto que nace de la sabiduría de un compositor que se formó con Hans Werner Henze pero que apela también a Mahler o a Ravel. Glanert es un dominador absoluto de la orquesta a pesar de que buena parte de su producción tenga que ver con la ópera.
El Concierto es un gran discurso dramático en el que el violonchelo es un protagonista que atraviesa toda clase de obstáculos en una peripecia que le conduce de la exaltación al silencio, del crescendo al morendo —magnífico final tras la conversación postrera entre violonchelo solista y concertino, esta vez la invitada Sara Areal. Empezamos en un ambiente que nos resulta conocido, un toque ligero casi imperceptible del concierto de Elgar y luego Hindemith, Henze en efecto, algo aquí o allá que nos evocaría a Rihm. A partir de ahí crece la historia con su propio tema y crece la presión instrumental con unas fanfarrias nada triunfales que anticipan una semicadencia —que desemboca en una suerte de segundo motivo más lirico— que será sólo un aviso de las dos grandes que vendrán después, exigentísimas y, al mismo tiempo, muestra bien clara de la sabiduría del compositor, convencido sin duda de que, a estas alturas, el virtuosismo o es pura expresión o no es nada. El espectacular episodio intermedio paga un evidente peaje a Shostakovich. No es una cita sino casi pareciera un homenaje, como componer con una falsilla que brindara las generalidades mientras el autor se reservara esos detalles a la manera de un no es lo que parece pero sí.
Una obra a la vez bella e inquietante, demostración casi abrumadora de oficio pero al mismo tiempo ejemplo de eso que llamamos inspiración cuando cae en terreno tan bien abonado: poner de manifiesto las virtudes de un modo de componer que ayuda a la consideración de lo contemporáneo como presente en un tiempo que lo abarca todo, que hace que determinadas piezas como esta sean consecuencia tanto de la modernidad aun actuante del siglo XX como de la vanguardia histórica que es hoy academia. Es de suponer que, a pesar de las evidentes dificultades para el solista, pase a formar parte de un repertorio en el que será sin duda bienvenida. Johannes Moser, para quien el Concierto ha sido escrito, demostró ser un violonchelista tan descomunal como el sonido de su Guarneri de 1694. Fue la suya una de esas interpretaciones que cuesta pensar que puedan ser superadas. Su grado de implicación con la partitura es enorme, como su pericia para resolver, con naturalidad pero también con una eficaz puesta en escena, las dificultades sin número que le plantea la escritura. El acompañamiento de Rakitina y la OSG fue, simplemente, ejemplar, exactamente lo que exigía semejante despliegue. El éxito fue clamoroso para todos al finalizar el estreno y la sinfonía: en lo de hoy, pues, y en lo de siempre.
Luis Suñén
(foto: Pablo Sánchez Quinteiro)


