A CORUÑA / La OSG y Slobodeniouk: Beethoven a toda máquina

A Coruña. Palacio de la Ópera. 17-X-2025. Orquesta Sinfónica de Galicia. Director: Dima Slobodeniouk. Obras de Beethoven.
Tras su ausencia en la pasada temporada, Dima Slobodeniouk volvió para el primero de sus dos programas en esta que acaba de comenzar. Su agenda contempla de aquí a fin de año actuaciones con la Sinfónica de Boston —cuyo abono clausurará con la Novena de Beethoven—, la Filarmónica de Nueva York y el concierto de Nochevieja y Año Nuevo con la Sinfónica de Viena. Y el próximo le esperan Cleveland, WDR, Houston, San Luis, Dresde, Pittsburgh, San Francisco… todas ellas orquestas señeras en el panorama internacional. Por eso para un público que le ha visto hacer crecer a la Orquesta Sinfónica de Galicia como él lo ha hecho en sus años como titular, el reencuentro supone no sólo un cierto orgullo por haberlo tenido entre nosotros sino la posibilidad de escuchar a la formación coruñesa regida por un maestro de verdadero prestigio por el mundo adelante. Un maestro con el que, por lo demás, aquella da todo lo que sabe que es capaz, como lo demuestran actitud y gesto, intención e intensidad y esa suerte de energía interior que se filtra inevitablemente en esas miradas cómplices lo suficientemente evidentes como para que la audiencia sepa que no estamos en un concierto cualquiera.
Todo ello se unió para que entre la OSG y Slobodeniouk se tramara una versión inolvidable de la Séptima de Beethoven, segunda parte de un programa que incluía igualmente la Cuarta. Esta fue dicha con un orgánico algo más reducido como vehículo de lo que parecía una intención de sublimar ese modelo clásico que había alcanzado el culmen en una Heroica que lo trasciende pero que aquí pareciera pedir otra oportunidad menos marmórea. La lectura estuvo muy bien trabajada, con una magnífica transición entre el Adagio y el Allegro Vivace, un eficaz trabajo en la gama dinámica, una expresividad suficiente y nunca forzada, pero faltando un algo indefinible para que la faena rematara a la altura esperada.
En la segunda parte, la Séptima puso en evidencia la madurez del Beethoven de Slobodeniouk y lo bueno que es para una orquesta como esta volver a un repertorio en el que verdaderamente se templa ese acero tan bien forjado. De nuevo la transición en el primer movimiento -esta vez del Poco sostenuto al Vivace— resultó ejemplar, como lo fue igualmente en toda la pieza la redondez de un sonido poderoso que se nos había hurtado algo en la Cuarta. A ese sonido se unió una implacable pulsión rítmica, una carrera hacia la conclusión que no se dejaba nada por el camino, que en el Allegretto se remansaba sin perder tensión —dejando Slobodeniouk la batuta sobre el atril— y que en el Presto daba sentido a cada aparición del Trío —incluido el guiño magistral en la coda del movimiento—con eso que esperamos siempre de los grandes beethovenianos y que no es otra cosa sino la distinción sutil entre lo que parece idéntico. La orquesta, como decíamos, se entregó a fondo, a tumba abierta, a toda máquina. Las maderas con esa consistencia técnica que les pertenece tanto como la elegancia habitual de su estilo, trompas y trompetas sin mácula, un timbalero fiel a sí mismo y unas cuerdas que volaron literalmente en un Allegro con brio de infarto que cerraba en triunfo toda una demostración de poderío.
Luis Suñén


