A CORUÑA / La OSG y el sorpresón de Ana María Patiño-Osorio

A Coruña. Palacio de la Ópera. 7-XI-2025. Orquesta Sinfónica de Galicia. Directora: Ana María Patiño-Osorio. Obras de Schumann, Dvorák y Brahms.
Coincidieron en este programa de la Orquesta Sinfónica de Galicia dos muy buenas noticias. Una, que el mismo día se daba a conocer la prolongación del contrato como titular, hasta 2029, de Roberto González-Monjas, una decisión bien razonable y más a la vista del resultado de los primeros conciertos de esta temporada. Lo otro, más que noticia fue una sorpresa, un sorpresón, diríamos, aunque la palabra no la contemple el diccionario de la RAE: la presentación en esta plaza de la directora colombiana Ana María Patiño-Osorio. Créanme si les digo que este crítico recuerda pocas primeras impresiones como esta en su larga carrera en el oficio. Es verdad que la colombiana (Medellín, 1995), discípula de Alejandro Posada y Johannes Schlaefli, titular en la Filarmónica de su ciudad natal y asistente de Jonathan Nott durante dos temporadas en la Suisse Romande, está empezando a lucir una interesante agenda —Los Ángeles (Beca Dudamel), Dallas, Berlín…— pero no lo es menos que a la vista de los resultados vistos y oídos en A Coruña no debiera extrañarnos demasiado.
El programa elegido por Patiño-Osorio se centraba en poco más de treinta años de música, los que van desde la composición de Genoveva de Schumann (1847) a la de la Serenata para cuerdas de Dvorák (1879) pasando por la Primera Sinfonía de Brahms (1876). La propia maestra explicó antes del concierto la línea de relaciones personales que une a los tres compositores para después poner en práctica unos conceptos muy claros así en lo expresivo como en lo técnico. La visión verdaderamente de preludio para una acción que otorgó a la obertura de Genoveva —excelentes las trompas—, dramática y siempre expectante, hizo que nos preguntáramos por qué esta pieza aparece tan poco en unos programas que, sin embargo, cada vez tienen más a Schumann como protagonista.
Tampoco suele aparecer demasiado la Serenata para cuerdas de Dvorák y, sin embargo, el respetable la conoce de sobra, quien sabe si por esa suerte de herencia genética que se da en la subespecie de los aficionados a la clásica. La obra, al mismo tiempo bella y grácil, exquisita, de un lirismo contenido en el que nada es superficial pero tampoco demasiado hondo, es como un epítome de la felicidad convertida en música. A todo ello atendió con precisión y buen gusto la directora, que tuvo frente a ella una sección de cuerdas de la OSG que pasa por un momento dulce. Hubo seguridad y complicidad, hubo estilo y un Tempo di valse y un Scherzo excepcionales. Se incrementaban, pues, las buenas sensaciones.
En la Primera de Brahms esas sensaciones se confirmaron sin duda y la sorpresa devino en sorpresón. Fuerza, energía, concentración, capacidad para dibujar, articular y sostener una arquitectura sinfónica que desde su solidez nada pesante —el elegante lirismo de los movimientos intermedios— consiguió volar sin respiro. Una versión fresca, intensa, como si Brahms hubiera dicho algo así como “por fin, ahí queda eso”, después de rematar lo que le parecía imposible. La maestra controló pero también supo arriesgar, sabiendo que la orquesta responde, y extremó sin miedo los tempi en el finale —muy bien los trombones, a los que Brahms mantiene en silencio hasta ahí. Hemos escuchado cien veces esta sinfonía y es muy difícil que alguien nos muestre a estas alturas algún aspecto nuevo de la misma. Pero también que lo oído en tantas ocasiones nos conmueva como antaño y la colombiana lo consiguió con la colaboración de una orquesta que parecía muy feliz y en la que destacaron el oboe David Villa y la concertino Olatz Ruiz de Gordejuela en el Andante sostenuto, el clarinete Juan Ferrer en el Un poco allegretto e grazioso y el timbalero Fernando Llopis al principio y al fin. El éxito fue enorme, tan claro y evidente como la sensación de haber descubierto un nombre que ojalá vuelva pronto.
Luis Suñén


