A CORUÑA / Javier Fajardo: El Coro de la OSG en su propio espejo

A Coruña. Palacio de la Ópera. 23-V-2025. Coro y Orquesta Sinfónica de Galicia. Director: Javier Fajardo. Obras de Haydn y Cherubini
No pudo, por enfermedad, hacerse cargo, como estaba previsto, de este penúltimo concierto de abono de la Orquesta Sinfónica de Galicia el director artístico de su Coro, Carlos Mena, quien cedió el podio al director musical de la agrupación, Javier Fajardo (Viveiro, 1993). Los dos comandan un empeño nada fácil como es el de afrontar la renovación y el crecimiento de una formación no profesional que en esta temporada ha intervenido en solo dos conciertos del abono de la OSG y que, por diversas razones ve su actividad —y por tanto su desarrollo digamos normal— seriamente limitada. El fichaje del tándem Mena-Fajardo fue una apuesta por una mejora entonces imprescindible y que, a la vista de los resultados del concierto que aquí se comenta, empieza a dar sus frutos en determinados aspectos a través de lo que llamaríamos una estrategia realista y cuidadosa.
El Coro se presentó en el Réquiem en do de Cherubini —ese compositor tan interesante como malaimé— con todo su contingente, lo que convertía el escenario del desagradecido Palacio de la Ópera en una suerte de abarrotada manifestación musical que ilustraba físicamente todos los problemas de acústica y las carencias espaciales que la sala presenta. De ahí también la cierta descompensación siempre favorable al coro respecto de la orquesta. El planteamiento por parte del tándem citado, y la ejecución del mismo por la batuta de Fajardo, fue sacar el máximo partido a lo que mejor podía dar de sí el nutrido grupo. Desde el principio se vio que la expresividad iba a primar por encima de la brillantez, lo que ayudó a que no hubiera bajadas de tensión ni fatigas perceptibles, que las voces corrieran sin forzarse demasiado y que la efusión fuera más lírica que dramática. Ello no le va mal en absoluto a esta música con pretexto contrarrevolucionario en lo político pero, en realidad, más devota en el sentido tradicional que retóricamente exaltadora. Fajardo nunca forzó la maquinaria que llevaba entre manos, sabedor de la verdadera potencia de esta. Por eso, valga como ejemplo, se llegó en buenas condiciones para resolverlos como es debido al Pie Jesu y al sorprendentemente recogido Agnus Dei conclusivo.
A lo largo de la obra se notó cómo se mantiene una característica que define también al Coro de la OSG: la superioridad de las voces femeninas sobre las masculinas. Saben crecer y crecerse mejor aquellas mientras estas tienden a diluirse en los momentos más difíciles. En cualquier caso, y en términos generales, cualquier crítica ha de tener en cuenta las limitaciones para su desarrollo de una agrupación que, en lo técnico, tal vez necesite adelgazar para crecer mejor —una poda cariñosa a tan poblado árbol— y, con toda seguridad, cantar más para creer en sí misma y ajustarse a las necesidades de una orquesta de la calidad de la OSG. Hacer, en suma, que llegue el momento feliz en que sus actuaciones no sean el enésimo examen acerca de si progresa o no adecuadamente sino la constatación de un objetivo logrado y, así se sustituya el espejo autorreferencial por una ventana abierta a un horizonte al que mirar de frente.
En la primera parte, conformando un programa coherente, Fajardo sorprendió con una excelente Sinfonía nº 44 de Haydn, la llamada Fúnebre. Con un orgánico convenientemente reducido —y esta vez sin el fagot optativo—, un vibrato muy controlado, una orquesta muy pendiente y todo muy en estilo se obtuvo un sonido denso y hondo, pero al mismo tiempo ágil y moderadamente dramático en una pieza que es una de las joyas de un catálogo repleto de ellas.
Luis Suñén


