A CORUÑA / González-Monjas, Bostridge y Gómez Naval: naturaleza(s) y poesía

A Coruña. Palacio de la Ópera. 1-XI-2024. Ian Bostridge, tenor. Nicolás Gómez Naval, trompa. Orquesta Sinfónica de Galicia. Director: Roberto González-Monjas. Obras de Britten y Beethoven
Tenía todo el sentido del mundo programar en un mismo concierto la Serenata para tenor, trompa y orquesta de cuerdas de Britten y la Sexta Sinfonía de Beethoven. Separadas por ciento treinta y cinco años sus lazos con la naturaleza —aparentemente plácida, incluso con su tormenta, en el alemán; gótica y nocturnal en el inglés— las relacionan estrechamente. Para Beethoven la música describe y retrata mientras para Britten es respuesta a y glosa de unos versos que reflejan, además, su exquisito gusto literario: Cotton, Tennyson, Blake, Ben Jonson, Keats y un anónimo del siglo XV, de esos que dan en el clavo en lo que dicen y en el cómo. Una obra, pues, que es un clásico de nuestro tiempo como la de Britten y otra, como la Pastoral, que cualquier titular debe trabajar para que la propia tradición de su orquesta en el repertorio imperecedero crezca verdaderamente y, de paso, para que el público conozca el concepto de ese mismo titular, en este caso lo suficientemente joven como para que evolucione y madure, como, con él, la propia formación que dirige. Elemental, querido Watson.
El nombre de Ian Bostridge (Wandsworth, 1964) enriquece cualquier temporada que se precie. El tenor británico —que presenta en su biografía detalles tan curiosos como ser bisnieto de un primo de James Joyce— es, por encima de todo, un artista de primera clase, de esos que da la sensación de que lo sería igualmente en cualquier cosa a la que pudiera dedicarse. Desde su atractiva presencia escénica a su capacidad para dar vida verdadera a la música toda su acción en el escenario conduce a la revelación plena de lo que esté cantando, sea ello un Lied de Schubert o este ciclo genial de Britten que es su Serenata, de la que, dicho sea de paso, dejó referencia absoluta en su grabación de 2005 con Radek Baborák, la Filarmónica de Berlín y Simon Rattle.
Bostridge domina la materia con autoridad y con la flexibilidad propia de quien la ha transitado durante años. Le ha acompañado en su propia evolución como cantante y como artista, en ese cada vez un poco mejor aquí y allá, haciendo virtud de las posibles limitaciones propias del paso del tiempo. Cualquier aficionado conoce sus limitaciones, lo ligero de una voz a la que en ocasiones le cuesta llegar a los extremos, pero también su legato cuando no se necesitan esas exigencias y, en el repertorio que nos ocupa, la incomparable plenitud estilística, del encanto al horror, como los mismos poemas proponen. A todo eso respondió la versión escuchada, verdaderamente ejemplar, emocionante de veras, con un Roberto González-Monjas al mando de unas concentradísimas cuerdas de la OSG, con los contrabajos situados en la parte superior del conjunto, y que volvió a demostrar lo impecable arropador de cantantes que es.
El otro protagonista de la obra britteniana fue Nicolás Gómez Naval, uno de los dos trompas principales de la orquesta y alumno entre otros de Radovan Vlatkovic y Michael Thompson. El viveirense estuvo espléndido en una pieza nada fácil, que se toca en armónicos naturales y en la que Britten otorgó al instrumento un papel decisivo desde el primer momento, no en vano fue escrita ad hoc tanto para el trompa Dennis Brain como para el tenor Peter Pears. El propio Britten afirmaría que había pasajes imposibles hasta para el mítico Brain, que los ensayaba hasta la extenuación antes de pedir alguna modificación. Decía también el compositor que durante un tiempo pareció que nadie más podría hacerla adecuadamente, pero poco a poco “otros desarrollaron lentamente los medios para tocarla a través de su ejemplo”. Ya sabemos que luego vendrían Barry Tuckwell o Dale Clevenger. Pues bien, ya puede presumir Gómez Naval de haberse ligado a esa tradición de grandes solistas de trompa hechos a esta partitura que exige tanto poder como querer. Fue la suya una actuación al mismo tiempo virtuosística y valiente, arriesgó y ganó sin duda, desde un inicio seguro a esa conclusión —brillantísima idea— que Britten pide fuera de escena. Bravo.
La segunda parte la ocupó una versión muy luminosa, muy cuidada, muy refrescante —esta música puede serlo— de la Pastoral beethoveniana. Y muy ajustada también en lo que pareció deseo de González-Monjas de que hubiera un verdadero diálogo entre atriles, aquí fundamental. La disposición de las cuerdas fue 12/10/8/6/4. En eso me atrevería a decir que cuenta mucho la experiencia del maestro como titular en dos formaciones de tamaño medio como son la Orquesta del Mozarteum de Salzburgo y la suiza Musikkollegium Winterthur. De hecho, la atención a los aspectos camerísticos fue constante. Por supuesto se parte de la base de las indicaciones que titulan cada movimiento, pero a estas alturas ya nadie hace puro descriptivismo, como tampoco Beethoven se lo propuso en realidad. González-Monjas opta por el equilibrio, por la claridad, y el pathos que aparece en el cuarto movimiento lo hace con intensidad no con drama, es una naturaleza bella, no verdaderamente amenazadora y el estupendo resultado concluye con lógica tan meteorológica como musical. Excelente la OSG en todo momento y sobresalientes la flauta Claudia Walker-Moore, el clarinete Juan Ferrer, el oboe David Villa, el trompa David Bushnell y la fagot Mary Ellen Harriswangler, dialogadores precisos y sensibles.
Luis Suñén


