A CORUÑA / Giancarlo Guerrero y la OSG firman un Bruckner macizo

A Coruña. Palacio de la Ópera. 13-VI-2025. Orquesta Sinfónica de Galicia. Director: Giancarlo Guerrero. Bruckner: Sinfonía nº 8.
A lo largo de su historia, la Orquesta Sinfónica de Galicia ha ido haciendo de Bruckner uno de sus compositores de elección a la hora de mostrar sus cualidades y su amor por un repertorio determinado. Eliahu Inbal, Víctor Pablo Pérez, Dennis Russell-Davies, Stanislaw Skrovaczewski, Jeús López Cobos, Christoph Eschenbach, Dima Slobodeniouk, Leif Segerstam, Juanjo Mena o Markus Stenz firmaron versiones excelentes y alguna hasta memorable —precisamente de memoria se citan aquí, lo que supondrá, seguro, ausencias indeseadas— de varias de sus sinfonías en tiempos más o menos lejanos o más o menos recientes. Por eso, y a partir de la muy buena sensación dejada por Giancarlo Guerrero —un habitual siempre bien recibido y con razón— en su Séptima de Mahler hace dos temporadas, parecía muy oportuno clausurar esta con música y maestro tan apreciados por público y profesores.
En entrevistas previas concedidas a la prensa local, Guerrero hablaba de su afinidad con la música de Bruckner, de quien lleva en repertorio todas sus sinfonías aunque hacía diez años que no dirigía la Octava, trabajada, por cierto, según afirmaba igualmente, con Günter Wand y el citado Skrowaczewski. Falta de frecuentación de la partitura y ganas de alcanzar los resultados de la Séptima mahleriana con una orquesta plenamente fiable y con la que el director nicaragüense se entiende a la perfección eran, pues, elementos de partida en lo que habría de ser una lectura que, en cierta manera, reflejó esas dos intenciones pero también, naturalmente, la medida real del logro apetecido.
Ya en el Allegro moderato se pudo comprobar que las líneas fundamentales irían más por el ajuste mecánico que por el vuelo efusivo, que a la grandeza le iba a sustituir el volumen —demasiados decibelios en más de alguna ocasión— y a la claridad una superposición de planos no siempre bien resuelta por mor de una suerte de clima apabullante, que no sobrecogedor, en el que primaba la línea vertical sobre la horizontal. Y ahí arrancó una de las claves de una versión que —ojo, que ahí entramos en terreno poco firme— no logró conmover a este crítico en ningún momento. En el Scherzo se resolvió muy bien el trío, tan distinto de los habituales en el autor, mucho más una reflexión que una danza cuya ambigüedad vio muy lúcidamente Guerrero. El Adagio resultó lo mejor de la velada, aun a pesar de algún emborronamiento puntual y de la reiteración de esa prudencia expresiva que llevó a que el crescendo que lo culmina expresivamente no alcanzara la intensidad que se le pide y que se espera. El Finale volvió al mecanicismo del arranque y fue boicoteado salvajemente por un teléfono móvil que lanzó una especie de reguetón justo en el silencio que precede a una coda que resultó adecuadamente triunfal.
La OSG, con Pedro Rodríguez como concertino invitado, lo dio todo y respondió con arrojo al concepto de Guerrero, quien dirigió de memoria y situó la cuerda grave a su izquierda, con segundos violines, violas y arpas a su derecha. A título meramente informativo, digamos que su Octava duró ochenta y un minutos, es decir, lo mismo prácticamente que la de Skrovaczewski con Saarbrücken, cuatro más que la de Barenboim con Staatskapelle Berlín y once y dieciocho menos, respectivamente, que las de Wand con Filarmónica de Berlín y Celibidache con Filarmónica de Múnich.
Luis Suñén
(Foto: Pablo Sánchez Quinteiro)


