A CORUÑA / Dausgaard y la OSG: Bruckner completo y feroz

A Coruña. Palacio de la Ópera. 12-I-2024. Orquesta Sinfónica de Galicia. Director: Thomas Dausgaard. Bruckner: Sinfonía nº 9 (versión en cuatro movimientos).
Hace dos años, Juanjo Mena firmaba una gran versión de la Novena de Bruckner con la Sinfónica de Galicia. Una versión en la que se ponía de manifiesto la consideración tradicional de que era imposible ir más allá de esa interrogación que constituye el Adagio que la concluye. Aquella lectura de muy alta intensidad —como las que cada oyente guarde en su corazón, así sean Celibidache, Wand o Giulini— pesaría sin duda en la audiencia a la hora de enfrentarse ahora a la propuesta de lo que pudiera haber sido la pieza una vez completada. Pero ya sabemos que no se completó. Del total de los compases del posible cuarto movimiento, Bruckner, que andaba en sus dos últimos años de vida atareado en su infinita revisión de alguna de sus sinfonías, escribiendo alguna obra nueva y, por tanto, sin demasiadas posibilidades de rematar de una vez su Novena, dejó escritos en la partitura el 68 por ciento de los compases totales y abocetados el 12 por ciento, siendo lo restante fruto, y no sólo el único, del admirable trabajo de Nicola Samale, John Alan Phillips, Benjamin-Gunnar Cohrs y Giuseppe Mazzuca, es decir, de la edición de 2012 revisada y “puesta al día” en varias ocasiones, la última en julio de 2025, que es la utilizada en esta ocasión por Thomas Dausgaard.
Un esfuerzo de este tipo —lo que Teresa Cascudo llama en sus notas al programa “musicología forense”— debe batirse el cobre en el doble escenario de, precisamente, esa musicología que tiene como herramientas lo cerrado y lo abierto, lo decidido y lo no tanto, lo claro y lo algo confuso, y la sala de conciertos en la que al final se demuestra hasta qué punto esa nueva conclusión traspasa la frontera de la indagación para llamar a la puerta de la emoción. En cualquier caso, el resultado no deja de ser tremendo, con pasajes en los que se llega a palpar el mismo misterio que en el Adagio, quién sabe si a punto de dar el paso que parecía imposible tanto en lo formal —con la atonalidad a veces a la vuelta de la esquina— como en lo anímico, con otros en los que la lógica del autor permite pensar que, en efecto, se repitan motivos ya escuchados que sirven también para dar solidez a la especulación o evocaciones como las del “Non confundar” o el “In te Domini speravit” del Te Deum. Es evidente que Bruckner quiso concluir la obra, la muerte le llegó trabajando en ella, pero también que, como señala el propio Cohrs, hablamos de “una pieza musical que, en sentido estricto, debe considerarse perdida… pues la propia visión de Bruckner de un final espléndido murió con él. Cualquier versión de interpretación de otra mano sólo puede ser provisional, un trabajo en progreso, porque no es en absoluto imposible que el material ahora perdido pueda resurgir”. Cohrs se remite a la edición facsímil del manuscrito del propio Bruckner que, por mucho material que contuviera, no quedó listo para su publicación por más que la edición, entre lo literal y lo especulativo, sí sea posible.

Interpretación editorial, reconstrucción necesariamente parcial, lo que queramos, pero, en todo caso, cualquier amante de la música de Bruckner debe conocer este Finale, no reconstruido pues nunca se construyó del todo. Aproximativo, como sucede con Mahler y la fabulosa realización de la Décima por Deryk Cooke, sobre todo, precisamente, con su sobrecogedor quinto movimiento conclusivo. ¿Funciona el de los cuatro musicólogos para la Novena de Bruckner? Pues cabría decir que sí hasta que se piensa en serio, como Harry Halbreich, en la (im)posible continuación del clima abrumador y abrasador del Adagio. La pregunta es bien simple. ¿Lo hubiera hecho así el autor? No lo sabemos, pero las pistas que deja sí parecen suficientes para que el intento de los citados expertos —que incide y con razón en la situación del lenguaje de Bruckner a veces en los límites de una tonalidad que habría que relacionar muy directamente con lo que sucede en la culminación del Adagio— sea digno de escuchar, invite a la reflexión y no resulte gravoso sino estimulante para los irredentos de la versión en tres movimientos.
El público coruñés —y el de Santiago, pues el pasado jueves se dio en el Auditorio de Galicia por los mismos intérpretes— ha tenido la suerte de encontrarse con alguien que tiene ya una buena experiencia con la partitura. Thomas Dausgaard (Copenhague 1963) —que dirigirá a la Orquesta de RTVE la Décima de Mahler-Cooke la semana entrante— la estrenó en España, al frente de la Orquesta de Valencia, el 9 de mayo de 2014, utilizando la entonces última edición del cuarto movimiento de los cuatro musicólogos. En estos conciertos gallegos el director ha usado para los tres movimientos de toda la vida la Orel-Nowak. Valga como curiosidad decir que, sin embargo, se ha servido en otras ocasiones —Edimburgo, en 2016 con la Orquesta de la BBC de Escocia, de la que fue titular, por ejemplo— de la del resto de la sinfonía a cargo de Cohrs, que hace correcciones mínimas a la ofrecida esta vez. Hubiera tenido su gracia haberla estrenado también por estos lares.
La aproximación de Dausgaard a la Novena bruckneriana parte de una absoluta, inmediata y casi se diría que feroz urgencia expresiva sin perder para nada ni la idea motriz ni el control de las herramientas que lo hacen posible. Un amigo melómano me hablaba de expresionismo y se acordaba de Horenstein al comentar juntos lo escuchado. Desde el primer compás sabíamos que el viaje iba a ser extremo, que no habría prácticamente reposo y que debíamos olvidarnos de los meditativos Celibidache o Giulini. Un buen ejemplo pueden ser las duraciones de cada movimiento definitivo: 21’30”, 9’45” y 21’ de Dausgaard frente a los 28’07”, 10’45” y 29’29” de Giulini con la Filarmónica de Viena. Sin embargo, y en efecto, casi coincide con Horenstein, que emplea con la Sinfónica de Viena 21’43”, 9’55” y 20’52”. En lo que respecta al último movimiento le dura 19’05” frente a los 22’41” que emplea Rattle en su tan convincente grabación de 2012 con la Filarmónica de Berlín. No son las duraciones el pie de rey con el que juzgar una versión, pero sí ilustrativas de esa urgente intensidad a que hacíamos alusión.

Partiendo de esa idea de ir a tumba abierta desde el primer momento, Dausgaard resolvió muy bien algo que podría complicar las cosas por muy fácil que parezca en su enunciado: no es lo mismo tener el Adagio como meta que como tercer movimiento de una sinfonía de cuatro. Tras él hay que pensar en que la obra no concluye, aunque a muchos amantes de Bruckner les parezca que sí. No se cortó el danés a la hora de llevarnos al borde de ese abismo que el movimiento inconcluso debiera permitir explicar hasta cierto punto o no explicar en absoluto acerca de qué creyó ver el autor en semejante trance. El Scherzo fue absolutamente brutal, sin paliativo alguno, y el Finale se resolvió con pleno convencimiento expresivo, sirviendo a sus editores con absoluta fidelidad, ayudando a las apelaciones a lo que podía valer, a lo simplemente esbozado y hasta a esos momentos que hay que poner de la propia cosecha para que el hilván se convierta en costura bien armada. Como le sucede a Rattle, Dausgaard dejó bien claro lo que el fragmento tiene de mirada hacia el futuro, su anticipación mahleriana y, sobre todo, lo que pudo haber hecho él mismo. Esa cercanía a la atonalidad, esa sensación de que casi parece imposible formalizar tanta vida interior estuvo muy presente a lo largo de su visión del Finale. La orquesta siguió tan extremada propuesta con concentración absoluta, con el virtuosismo que caracteriza a sus primeros atriles y con ese sonido pleno que es marca de la casa. No tiene sentido destacar a nadie cuando todos estuvieron a una altura sobresaliente.
Que Dausgaard es un magnífico director de orquesta había quedado bien de manifiesto con su magnífica Sexta de Mahler hace dos temporadas y en la que jugó las mismas cartas que ahora, unas cartas que, parece claro —lo comprobamos en su Cuarta de Nielsen con la OSRTVE en Madrid en noviembre pasado—, son inequívocamente suyas y, lo que es más importante en lo que nos ocupa, plenamente compartibles. Se trata, además, de uno de esos maestros, como sucede con otros igualmente queridos aquí como Markus Stenz o Andrew Litton, que no han necesitado de carreras rutilantes para convertirse en músicos de primera, que trabajan seriamente con las orquestas que dirigen y que, además, tienen ideas propias. Por eso parece haberse convertido, con todo merecimiento, en uno de los favoritos del respetable coruñés. Y, por cierto, no se oyó una mosca en todo el concierto, a pesar de que estamos en plena temporada de tos, ni un móvil, nada. El silencio siguió también a la última nota y aún pudo prolongarse más si no fuera por un impaciente que rompió con muy poquito tino esa última meditación antes de tiempo. El triunfo fue memorable para todos en una sesión que al traer al abono de la OSG por vez primera esta realización en cuatro movimientos de la Novena de Bruckner merece el reconocimiento no sólo de los convencidos de antemano sino de los escépticos. Unos y otros salieron del Palacio de la Ópera con mucho que pensar.
Luis Suñén
(Fotos Pablo Sánchez Quinteiro)


