Vivir soñando

El mes pasado nos referíamos en nuestro editorial a la triste historia del Palau de les Arts. Pues bien, en los días finales del año volvía a vivir aquella casa dejada de la mano de Dios un nuevo despropósito con la dimisión de María Inmaculada Pla como directora general. Llevaba dieciocho días en el cargo y en unos minutos, tras comunicar su decisión, era nombrado su sustituto, José Monforte Albalat, se supone que adornado de parecidos méritos. A pesar de tanta peripecia, una comisión de músicos de la Orquesta de la Comunidad Valenciana, que cree que el optimismo es la esperanza de los desahuciados, ha manifestado que “se están sentando las bases para un futuro estable desde el punto de vista organizativo y de excelencia artística para el Palau de Les Arts”. Naturalmente, hacen alusión a las dos palabras que se han convertido en varita mágica en Madrid pero que, como algunos enchufes cuando se viaja, no sirven para todos los territorios: sociedad civil. Cuando se escriben estas líneas se debiera haber iniciado, además, el juicio contra Helga Schmidt y otros gestores de la primera época del Palau de les Arts, cuatro años después de que Anticorrupción denunciara el caso. Tarde, muy tarde, pues, con la bruma que el tiempo acumula ante los hechos, las verdades, las mentiras y los intereses económicos y políticos que este teatro, que nunca debió funcionar como lo hizo, henchido de vanidad arquitectónica y de la otra y apoyado muchas veces por unos medios poco críticos, pero bien tratados que prefirieron en su día mirar para otro lado. Pero el juicio se ha suspendido, a causa de problemas de salud de la señora Schmidt, nada menos que hasta el 4 de noviembre, con lo que ello conlleva de menoscabo institucional y de perjuicio personal para quienes, caso de una sentencia favorable, podrían ya dormir tranquilos. Quién sabe si hasta soñar.

La propia Helga Schmidt escribió en 2016 definiendo al Palau de les Arts: “Una aventura sin precedente en las culturas española y europea”. Y, como aparecerá irremediablemente en el juicio, una forma de hacer que creó escuela en las relaciones entre política y cultura. Pero quizá lo peor, a efectos de autocrítica gremial, sea que la frase de Schmidt hubiera sido firmada por muchos analistas del clásico en España cuando el Palau de les Arts comenzó su andadura y más allá. Analistas o críticos que desconocen lo que es pagar por una entrada en un concierto y que por eso están dispuestos a juzgar con gratuita alegría o con no menos irresponsable aversión aquello que supone para sus creadores una doble responsabilidad, precisamente política y artística.

Y es que muchas veces nos falta sentido crítico desde la propia información cultural. Hay un dejarse llevar por el fin en detrimento de la pertinencia de los medios, un pensar que a esa parte de la sociedad que disfruta con el arte le debiera dar igual que tal disfrute llegue a través de procedimientos poco transparentes o de presupuestos que priman el brillo sobre la verdadera eficacia real de las propuestas y que, no lo olvidemos, al fin desfavorecen al común de la sociedad. Es muy tranquilizador juzgar como si no hubiera pasado nada entre la idea y su realización. Lo vemos cada año con el Concierto de Año Nuevo y su origen. Es ese síndrome que doña Concha Piquer cantaba en copla memorable con palabras de Rafael de León: “De lo que me está pasando yo no me quiero enterar / Prefiero vivir soñando a conocer la verdad”.

(Editorial publicado en la revista SCHERZO, nº 348, de febrero de 2019)