ZARAGOZA / Recreación trovadoresca en la Aljafería

Zaragoza. Palacio de la Aljafería. 24-VI-2025. Festival Manlor. L’Incantari. Obras de los siglos XI al XIV del Hymnarium oscense, el Llibre Vermell de Montserrat, las Cantigas a Santa María de Alfonso X y otros.
El aspecto actual del Palacio de la Aljafería es, indudablemente, medieval, con esa fachada majestuosa, con sus torreones almenados que parecen haber vigilado la ciudad de Zaragoza durante siglos. Nada más lejos de la realidad, pues esa fachada solo es visible desde hace unos cincuenta años, cuando se derribaron las dependencias castrenses que habían cubierto las antiguas murallas medievales. El foso también fue descubierto y los arcos reconstruidos para que el conjunto recuperara ese aspecto vetusto.
Así ocurre a menudo con lo medieval, ya sea en Zaragoza, en Carcasona o en la mismísima Roma. El paso del tiempo resulta inexorable y, aquello que se pierde, aunque se recupere, nunca será igual que el original. Por eso, lo que hacemos los medievalistas es jugar con la probabilidad. Nunca es “¿cómo sonaba esta música?”, sino, “¿Cómo es más probable que sonase?”. Las partituras de época medieval son más similares a las obras de John Cage o Steve Reich que, por ejemplo, a Haydn o Brahms. El artista tiene una gran libertad para dejar volar su imaginación sobre un material melódico habitualmente escueto. Eso sí, hemos logrado conservar algunos tratados que nos enseñan las formas más populares de improvisar y adornar esta música y, en este aspecto, L’Incantari nos ofrecieron una auténtica clase magistral.
Los himnos del Hymnarium oscense son monódicos, sin embargo, los escuchamos a dos y hasta tres voces gracias a la aplicación de la técnica denominada organum, que consistía en añadir una melodía más grave paralela a la original, pero manteniendo los acordes que en la época medieval eran considerados consonantes, lo que le da esa sonoridad tan característica. Lucía Samitier sería la encargada de la vox principalis, la melodía. Su técnica, muy depurada, elimina completamente el vibrato de la voz y le da una flexibilidad muy necesaria para los pasajes más melismáticos y los ornamentos melódicos tan característicos de esta música. Arturo Palomares y, posteriormente, también Ana Cerezo, se suman con la vox organalis, manteniendo una afinación absolutamente precisa y manteniéndose por debajo de la melodía, complementando y dando más cuerpo a la melodía, pero sin taparla.

Otra de las técnicas más habituales es la sustitución de las melodías pensadas para cantar por instrumentos, ya sea bien para incluir una introducción instrumental o para prestar un acompañamiento diferente a la melodía, como realizó L’Incantari con la canción de peregrino Mariam Matrem del Llibre Vermell del monasterio de Montserrat, en el que fídula y clavisimbalum acompañaron la voz de Lucía Samitier, a quien doblaría también la flauta en algunas repeticiones.
Y es que, las posibilidades son prácticamente infinitas. Por supuesto, en las partituras no aparece nunca nada de percusión y tanto Samitier como Palomares recrearon acompañamientos justos y elegantes con panderos y panderetas. Muy interesantes los intermedios musicales improvisados por el clavisimbalum de Jordi Reguant que además de darle unidad a los distintos bloques temáticos del programa, sirvieron para que Ana Cerezo pudiera afinar sus fídulas sin tener que parar la música. Los distintos timbres de las flautas de pico de Olga Rodon sirvieron también para recrear distintas sonoridades, desde la más grave, con las que acompañó la monodia, hasta las más aguda y ágil, ideal para el Saltarello.
L’Incantari nos brindó música sacra, canciones de peregrinos, Cantigas a Santa María y música de trovadores. Estas últimas fueron quizás las favoritas del público, mezclando voces e instrumentos en unas composiciones muy originales y estilísticamente correctas que también añadieron un toque popular, quizás excesivo para lo que hoy en día entendemos como un concierto, pero probablemente más correcto históricamente.
Despojados de los estereotipos de música tétrica, oscura y con excesiva reverberación al que algunos medievalistas nos han malacostumbrado, la música de L’Incantari da esplendor a una época brillante, injustamente tratada por la historiografía, también la musical. Aunque nunca sabremos cómo realmente sonaba esta música, o cómo lució exactamente el Palacio de la Aljafería, ambas son versiones que vale la pena apreciar, tanto por el conocimiento de causa de sus recreadores, como por el mimo que le han puesto a su trabajo.
David Santana Cañas
(fotos: Julia Castaño, Cortes de Aragón)


