Scherzo | CRÍTICAS / HERNANI / Messiaen en Chillida-Leku: la mirada de Bertrand Chamayou, por Ana García Urcola

HERNANI / Messiaen en Chillida-Leku: la mirada de Bertrand Chamayou

HERNANI / Messiaen en Chillida-Leku: la mirada de Bertrand Chamayou

Hernani. Museo Chillida-Leku. 3-IX-2022. Festival Ravel. Messiaen: Les vingt regards sur l´Enfant Jésus. Bertrand Chamayou, piano.

El Festival Ravel cruzó la frontera del Bidasoa el pasado sábado, día 3 de septiembre, para ofrecer una de sus citas más relevantes de la presente edición: Bertrand Chamayou con Las veinte miradas sobre el Niño Jesús de Olivier Messiaen en el idóneo marco del Museo Chillida-Leku. Y cuando decimos idóneo nos referimos en primer lugar al emplazamiento dentro de ese caserío de Zabalaga, restaurado y adaptado para que el aire circule en torno a visitantes y obras y en el que se siente un silencio especial sólo truncado por el canto de los pájaros que tanto inspiraron a Messiaen rodeado por ese entorno natural precioso con las esculturas perfectamente integradas. Y en segundo lugar, es idóneo también por la impronta fundamental que la mística tiene en la creación de ambos artistas y que el escultor consideraba tan profundamente unida a la música. Ignoro si Chillida y Messiaen llegaron a conocerse en aquellos años finales de los 40 y primeros de los 50 en los que el donostiarra vivió en París y alrededores, pero reconozco que me resultó grato pasearme por allí e imaginarles juntos charlando. Si esa conversación nunca tuvo lugar, lo que está claro es que Chamayou los unió en las esferas.

Bertrand Chamayou se sintió atraído desde niño por la escritura y la música de Messiaen y su descubrimiento se hizo precisamente a través de esta misma obra, que interpretó por primera vez en concierto en 2009, aunque no la había grabado hasta este mismo año. Esto significa toda una vida junto a estas miradas y también, todo un camino, una auténtica ascesis en el sentido etimológico del término, que implica el trabajo físico y por tanto el de toda la acumulación de la experiencia al piano también de otros compositores, y desde luego en el sentido que le damos hoy en día de camino de perfección espiritual, que diría nuestra más ilustre mística. Quizá sea todo ese recorrido junto a esta partitura y junto a la personalidad de Messiaen lo que explica esa versión absolutamente clarividente que tuvimos la ocasión de escuchar el otro día.

La interpretación de Chamayou destaca por muchas razones. Quizá la más impresionante, dejando a un lado el virtuosismo técnico absolutamente imprescindible para enfrentarse a este monumento y que en su caso es inconmensurable, es la clarísima visión de conjunto de las Veinte miradas que hace que comprendamos perfectamente todo aquello que es común a las piezas y aquello que las individualiza. Es decir, al escuchar a Chamayou, uno entiende la obra y reconoce los temas recurrentes, los procedimientos y recursos compositivos que unos podrán nombrar y otros quizás atribuirles colores o sensaciones. En segundo lugar, en su versión se puede oír la herencia de otros compositores y gracias a eso, vemos lo que de innovador tiene la escritura de Messiaen. Encontramos muchos retazos de Ravel, desde las mil gradaciones de las notas repetidas como sucede en El valle de las campanas o El patíbulo o esas cascadas de acordes desplegados como en Jeux d’eau; y también de Liszt, en esos acordes repetidos como en su Sonata o esas suertes de recitativos en el registro medio-grave. Esta aproximación a Messiaen desde la herencia hace que la versión de Chamayou sea menos seca y áspera, porque proviene de toda una tradición pianística previa, como es lógico por otra parte: Messiaen es un compositor decididamente moderno e inscrito en el XX y abierto a las vanguardias, pero su destreza técnica y su forma de escribir para el instrumento tiene mucho de todas esas partituras que tanto estudió y analizó. En definitiva, mucho de idiomático. Además de permitirnos oír todas esas filiaciones, esa visión desde las influencias pianísticas se materializa también en una lectura mucho menos vertical del texto, en destacar el aspecto polifónico de esas series de acordes. Las masas sonoras que se generan son sin duda muy atractivas tal cual, pero es aún mucho más interesante (y difícil tanto desde un punto de vista técnico como de la concentración) destacar diferentes planos con diferentes dinámicas e incluso, con diferentes duraciones al mismo tiempo. Un auténtico prodigio que precisamente ayuda a que entendamos la estructura de la obra incluso casi sin ser conscientes, de forma prácticamente subliminal. Qué decir de la claridad lograda en mitad de ese aparente caos de la Creación que es Por Él todo fue hecho, de una dificultad extrema, y en la que el orden va llegando con una especie de fuga que pone en juego todos los parámetros temáticos y rítmicos.

Chamayou hace un uso magistral de la repetición como procedimiento evocador. Siempre se plantea casi como axioma el que en música nunca se ha de hacer dos veces lo mismo de la misma manera. O sí. Depende del resultado que uno quiera obtener. Por ejemplo, puede ser un recurso estupendo para representar la inmutabilidad, la omnipotencia o la eternidad, como en La mirada del Padre, con esas octavas omnipresentes que sólo van diluyéndose al final, como algo que se aleja muy poco a poco. O crear un efecto de trance, tan propio de la música hindú cuya influencia está presente también en esta obra y que fue magníficamente recreado en La mirada de los profetas, los pastores y los magos. Un caso de lo contrario, de variación en la repetición se dio, por poner un ejemplo, en La mirada de la Virgen, en ese tema de ocho acordes que vuelve una y otra vez y que el pianista coloreó de todas las formas imaginables, como si la madre meciera al niño con miradas diferentes, la que descubre al hijo y la que sabe perfectamente quién es y lo que le depara el futuro.  Una de las maneras de variar una frase que se repite por parte de Chamayou es la utilización de un rubato muy delicado y natural pero que varía en intensidad o en amplitud, como las propias variaciones de una respiración y que pudimos apreciar especialmente en esa oda al candor que es El beso del Niño Jesús. Sobre esas respiraciones de la música y tras los muros de piedra y cristal cantaba un pájaro, como una voz ornitológica más de la partitura.

El uso de los contrastes también es fundamental en la interpretación de Chamayou para clarificar las cosas. Por ejemplo, utiliza las diferentes densidades sonoras para obtener colores y timbres instrumentales distintos, como en La mirada de la Cruz, donde destaca la claridad de las octavas de los extremos que hacen pensar en la salvación, frente a un timbre mucho más oscuro en esos acordes intermedios que representan ese peso del madero del sacrificio.  O esa multitud de cambios de articulación de La mirada del Espíritu de la alegría, que recorre precisamente todas las variaciones del gozo, desde la placidez seráfica hasta el grito de felicidad. Para qué hablarles del control de las dinámicas, de esos ataques perfectamente ejecutados con todo el brazo en un crescendo que va desde el mezzo forte hasta el límite de las posibilidades sonoras del instrumento en La mirada de la Unción terrible, mientras juega con las resonancias y nos descubre todas las gamas del pianissimo hasta la práctica desaparición en Yo duermo pero mi corazón está en vela. E insuperable el equilibrio conseguido entre registros y densidades completamente alejados pero con la misma dinámica en La mirada de la Iglesia del amor.

La mirada del Silencio. ¿Cómo es la música del silencio? Me preguntaba yo. “Atravesar el espacio silenciosamente, conseguir la vibración muda”, son las palabras de un verso de Eduardo Chillida. No me dirán ustedes que estos dos artistas no estaban hechos para entenderse. “Silencio en la mano, arco-iris del revés”, dice Olivier Messiaen en el pre-texto de su decimoséptima pieza. ¿Cómo dar la vuelta al arco-iris? Además de lo poético de la imagen, la cosa tiene su truquillo con un procedimiento compositivo que produce una especie de frase en espejo, para simplificar. En cuanto al arco-iris en sí mismo, conocida es la capacidad sinestésica de Messiaen que asociaba acordes y colores. Pero ¿y el silencio en la mano? Pues Chamayou lo hizo: llenó sus manos de silencio y consiguió ese pianissimo ‘impalpable’ que pide la partitura. De la pura materialidad de pulsar unas teclas con los dedos a la inmaterialidad de un acorde de ocho notas diferentes. Tan difícil como conseguir la vibración muda. Como conciliar lo divino y lo humano.

 Quizá ahí radique el poder singular de Messiaen, en haber sido capaz de conciliar lo divino y lo humano en su fe y trasladarlo a su música. Uno no puede sino enternecerse con indicaciones como “con los brazos tendidos hacia el amor” o con esas palabras que presiden La Primera Comunión de la Virgen: “Tras la Anunciación, María adora a Jesús en su interior, Dios mío, Hijo mío, mi Magnificat… mi amor sin ruido de palabras”. O sonreírse ante unos ángeles sorprendidos porque “Dios no se ha unido a ellos, sino a la raza humana” y en su música oímos que más que sorprendidos están claramente celosos.  Hay una inocencia y una verdad inherentes a su fe y a su música que realmente desarman al oyente, dos características que parece que deberían entrar en conflicto con la exuberancia, el colorido, la sensualidad y hasta la carnalidad nada oculta de sus recursos compositivos. Y sin embargo, todo eso convive en armonía y, lo más sorprendente de todo, llega al público, se sea creyente o no, precisamente por esa sinceridad absoluta y también por esa forma tan gozosa y casi infantil de vivir su creencia. Messiaen dijo que su tragedia era el ser un compositor religioso en una época de desintegración de la fe. Sin embargo, tras la trascendente interpretación de Chamayou se hizo un largo y precioso silencio antes de prorrumpir en aplausos. Y ya en el exterior, dos comentarios cazados al vuelo: “Uno sale transformado” y “No se sale indemne de algo así”. Si existe la gracia, Messiaen participa de ella.

 Creo que es la primera reseña en la que hablo más del compositor que del intérprete. Espero que Bertrand Chamayou no se sienta molesto conmigo. Si ha sido así es porque gracias a su interpretación vivimos una especie de Pentecostés del legado de Messiaen. A las Veinte miradas hay que añadirle una: la mirada de Bertrand Chamayou.

 Ana García Urcola