VIGO / ‘Madama Butterfly’: en busca de la almendra dramática

Vigo. Teatro Afundación. 27-X-2024. Vanessa Goikoetxea, Alejandro del Cerro, Cristina del Barrio, Manel Esteve, César Gutiérrez, Cristian Díaz, Marina Penas… Orquesta Sinfónica Vigo 430. Coeo Rías Baixas. Director musical: Diego García Rodríguez. Directora de escena: Eugenia Corbacho. Puccini: Madama Butterfly.
Una nueva producción en torno a este drama eterno y ejemplar que aborda tantos temas y cuestiones alusivas al comportamiento humano, a las costumbres, a los prejuicios y a los sentimientos. Una actitud dominadora, encuadrada en la estela del que conquista un territorio, geográfico y humano, del invasor que se apropia de lo que no es suyo. En paralelo y en aparente contradicción con el que se deja gobernar, a veces gustosamente para romper con una pesada losa, con unas ataduras atosigantes. Una situación, tantas veces repetida a lo largo de la historia en la que además se establece la contraposición entre culturas.
Ese es el escenario en el que se desarrolla esta ópera pucciniana, en torno a cuya consecución tantas dudas se le presentaron al compositor. El conquistador, un oficial de la marina estadounidense, Pinkerton, frente a la geisha, Cio-Cio-San, que quiere volar, física y mentalmente, y acepta entregarse en cuerpo y alma a su conquistador. Una situación tantas veces repetida a lo largo de la historia en las más diversas localizaciones. Puccini acabó trazando magistralmente, con una música de una modernidad extraordinaria para su tiempo y para el género, esta tragedia que, en abstracto, puede plantearse, y se ha planteado, en cualquier época y lugar, aunque tenga mayor veracidad en los tiempos en los que originalmente se sitúa: Japón a principios del siglo XX.
El trasladar a nuestros días ‒tentación permanente de los directores de escena operísticos actuales‒ la acción puede resultar por ello contraproducente; aunque eso sea lo de menos. Lo de más es aproximarse a la narración con equidad y moderación, sin forzar ni exagerar las situaciones, bastante claras desde el inicio. Cio-Cio-San quiere salir de su cerco tradicional y Pinkerton, el conquistador, quiere gozar y conocer nuevas experiencias. Y recurre a un procedimiento al uso: seduce a la joven, se casa con ella a la usanza oriental, quiere en su momento a la muchacha y regresa a su país. Una aventura que cree no tendrá más efectos. Lo que ocurre es que la japonesita se ha tomado la cosa muy en serio y aguarda impertérrita la vuelta de su amado, que es, sí, como tantos, un irresponsable, un seductor, pero no un malvado. Y se da cuenta al final de su falta de sensibilidad; se arrepiente de verdad; y la música lo expresa fidedignamente: ese pesaroso Addio fiorito asil lo demuestra: Fuggo, fuggo, ah, son vil. Addio non reggo al tuo squallor. Ah, son vil.
El enfoque teatral de Eugenia Corbacho se atiene fidedignamente a esos parámetros y nos dice en sus notas al programa ‒que, por supuesto, hay que leer en el móvil y no en el escueto programa de mano‒ que “esta ópera nos muestra que los actos destructivos no siempre provienen de una maldad intencionada y desmedida, sino que a menudo surgen de la inconsciencia y del deseo de satisfacer intereses personales de quien tiene algún tipo de status superior frente a otro”.
Sea como sea, lo cierto es que la vida de la geisha queda rota y determina, tras el descubrimiento de que Pinkerton ‒tan torpe e insensible‒ regresa casado, que se suicide ‒en este caso cortándose el cuello‒. La tragedia queda de este modo cerrada y nos deja abierta la posibilidad de extraer conclusiones. Corbacho nos lo facilita a través de una puesta en escena lineal, clara y precisa, recurriendo a veces a proyecciones más o menos aclaratorias y no siempre necesarias, con soluciones generalmente lógicas. Y con modestos medios. En este sentido su concepto nos acerca en mayor medida al sentido de lo escrito por Puccini y sus libretistas de lo que lo hacía la aparatosa y millonaria producción de Michieletto hace poco exhibida en el Teatro Real.
Es cierto que la intervención de un actor al principio y al final de la ópera, en funciones, luego lo entendemos, de futuro hijo de Cio-Cio-San, es un detalle innecesario (y que en un muy reciente libro ‒Bufón‒ utiliza casualmente Álvaro del Amo). Como tampoco es especialmente relevante la proyección de imágenes con la llegada de Pinkerton y su esposa americana y su encuentro con el cónsul. Lo importante es la escueta y estricta narración, con sus ricas apoyaturas y los matices de los miedos, las esperanzas y desesperanzas, la evolución de la protagonista, adornada con mil luces gracias a la cuidada dirección de escena y a la magnífica interpretación actoral de Vanessa Goikoetxea, una lírica bien esmaltada, de timbre homogéneo de dorados reflejos, acentos justos y emoción a raudales. Entrega absoluta y verídica. Solo algún que otro agudo resultó estridente y forzado, así los de los finales del dúo de amor y de Un bel dì vedremo, aria delineada con un gusto y una ductilidad raros.
La porción de escenario utilizado fue mínima, quizá demasiado. Quedaba espacio para las proyecciones alusivas, las telas colgantes, las luces expresivas. Dos rectángulos con imágenes variadas nos permitían percibir detalles y subrayados a veces innecesarios. Con todo ello hubo temperatura y calor, aunque no nos convencieran algunas soluciones. Por ejemplo, la excesiva luz cenital que caía sobre la pareja protagonista en el maravilloso y lírico dúo de amor, en plena noche estrellada. Y también la utilización del niño durante tanto tiempo. Innecesaria.
Pinkerton fue el siempre valiente y arrostrado Alejandro del Cerro, que debutaba en el papel. Cantó por derecho con agudos fáciles y bien emitidos, fraseo generoso y resuelto, a falta de una mayor regulación. Con su timbre no especialmente rico. Manel Esteve fue un Cónsul ‒ataviado, curiosamente, como un campesino con gorra campera (¿)‒ eficaz. Es un barítono lírico con hechuras y un centro bien provisto, timbrado y resuelto. Esperamos verlo en cometidos de mayor enjundia. Prometedora y de ricos reflejos la voz de Cristina del Barrio, mezzo lírica bien provista a falta de unos graves más consistentes. Goro fue el tenor César Gutiérrez, algo mate tímbricamente, que hizo un estupendo trabajo actoral bien orientado por Corbacho. Cumplieron bien los secundarios.
Para que todo llegara a buen puerto, nunca mejor dicho, se contó con la experta y flexible batuta de Diego García Rodríguez, que extrajo matices de color, acentos delicados y fraseos intencionados de una orquesta modesta y algo pálida. Conjuntó y dio relieve a los instantes más definitorios subrayando a veces con apasionamiento momentos clave: el dúo de amor, Tu?, Tu?, Tu?, piccolo Iddio!, por ejemplo. Coro, El Rías Baixas, tímido y cumplidor. Colaboraron bien Alejandro Contreras (Escenografía, video e iluminación) y Ana Ramos (vestuario).
Arturo Reverter


